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El Testigo Fiel
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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Benedicto XVI: El don de la Comunión

29 de marzo de 2006
En la Iglesia el Señor sigue siendo siempre nuestro contemporáneo» (Audiciencia de los Miércoles)

Vaticano, 29/03/06 (ZENIT.org)

Queridos hermanos y hermanas:

A través del ministerio apostólico, la Iglesia, comunidad reunida por el Hijo de Dios hecho carne, vivirá a través de los tiempos, edificando y alimentando la comunión en Cristo y en el Espíritu, a la que todos están llamados y en la que pueden experimentar la salvación entregada por el Padre. Los doce apóstoles --como dice el Papa Clemente, tercer sucesor de Pedro, al final del siglo I-- se preocuparon por constituir a sucesores suyos (Cf. 1 Clemente 42, 4) para que la misión que se les confío continuara después de la muerte. A través de los siglos, la Iglesia, estructurada bajo la guía de los legítimos pastores, ha seguido viviendo en el mundo como misterio de comunión, en el que se refleja en cierto sentido la misma comunión trinitaria, el misterio del mismo Dios.

El apóstol Pablo menciona ya este supremo manantial trinitario cuando desea a sus cristianos: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2 Corintios 13, 13). Estas palabras, probable eco del culto de la Iglesia naciente, subrayan cómo el don gratuito del amor del Padre en Jesucristo se realiza y se expresa en la comunión que actúa el Espíritu Santo. Esta interpretación, basada en la inmediata relación que establece el texto entre los tres genitivos («la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo»), presenta la «comunión» como don específico del Espíritu, fruto del amor entregado por Dios Padre y de la gracia ofrecida por el Señor Jesús.

Además, el contexto, caracterizado por la insistencia en la comunión fraterna, nos lleva a ver en la «koinonía» del Espíritu Santo no sólo la «participación» en la vida divina de manera casi individual, como si cada uno estuviera por su lado, sino también lógicamente la «comunión» entre los creyentes, que el Espíritu mismo suscita como su artífice y principal agente (Cf. Filipenses 2, 1). Podría afirmarse que gracia, amor y comunión, referidos respectivamente a Cristo, al Padre y al Espíritu, son diferentes aspectos de la única acción divina por nuestra salvación, acción que crea la Iglesia y que hace de la Iglesia --como dice san Cipriano en el siglo III-- «una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» («De oratione dominica», 23: PL 4,536, citado en «Lumen gentium», 4).

La idea de la comunión como participación en la vida trinitaria es iluminada con particular intensidad en el Evangelio de Juan, donde la comunión de amor que une al Hijo con el Padre y con los hombres es al mismo tiempo el modelo y el manantial de la unión fraterna, que tiene que unir a los discípulos entre sí: «amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 15, 12; Cf. 13, 34). «Que ellos también sean uno en nosotros» (Juan17, 21. 22). Por tanto, comunión de los hombres con el Dios Trinitario y comunión de los hombres entre sí.

En el tiempo de la peregrinación terrena, el discípulo, a través de la comunión con el Hijo, puede participar ya en la su vida divina y en la del Padre: «nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Juan 1, 3). Esta vida de comunión con Dios y entre nosotros es la finalidad propia del anuncio del Evangelio, la finalidad de la conversión al cristianismo: «lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros» (1 Juan 1,3). Por tanto, esta doble comunión con Dios y entre nosotros es inseparable. Allí donde se destruye la comunión con Dios, que es comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruye también la raíz y el manantial de la comunión entre nosotros. Y donde no se vive la comunión entre nosotros, tampoco puede ser viva ni verdadera la comunión con el Dios Trinitario, como hemos escuchado.

Demos ahora un ulterior paso. La comunión --fruto del Espíritu Santo-- se alimenta del Pan eucarístico (Cf. 1 Corintios, 10, 16-17) y se expresa en las relaciones fraternas, en una especie de anticipación en el mundo futuro. En la Eucaristía, Jesús nos alimenta, nos une con él, con el Padre y con el Espíritu Santo y entre nosotros, y esta red de unidad que abraza al mundo es una anticipación del mundo futuro en nuestro tiempo. Dado que es anticipación del futuro, la comunión es un don que tiene también consecuencias muy reales, nos hace salir de nuestras soledades, de la cerrazón en nosotros mismos, y nos permite participar en el amor que nos une a Dios y entre nosotros.

Para comprender la grandeza de este don basta pensar en las divisiones y conflictos que afligen a las relaciones entre individuos, grupos y pueblos enteros. Y si no se da el don de la unidad en el Espíritu Santo, la división de la humanidad es inevitable. La «comunión» es verdaderamente una buena nueva, el remedio que nos ha dado el Señor contra la soledad que hoy amenaza a todos, el don precioso que nos hace sentirnos acogidos y amados en Dios, en la unidad de su Pueblo, reunido en el nombre de la Trinidad; es la luz que hace resplandecer a la Iglesia como signo alzado entre los pueblos: «Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros» (1 Juan 1, 6-7).

La Iglesia se presenta de este modo, a pesar de todas las fragilidades humanas que forman parte de su fisonomía histórica, como una maravillosa creación de amor, constituida para hacer que Cristo esté cerca de todo hombre y de toda mujer que quiera encontrarse con él verdaderamente, hasta el final de los tiempos. Y en la Iglesia el Señor sigue siendo siempre nuestro contemporáneo. La Escritura no es algo del pasado. El Señor no habla en el pasado, sino que habla en el presente, hoy habla con nosotros, nos da luz, nos muestra el camino de la vida, nos da comunión y de este modo nos prepara y nos abre a la luz.

fuente: Zenit
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