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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Discriminaciones ocultas : contra los fracasados

21 de abril de 2006
Identificamos, fácilmente, los fracasos de los otros, pero raramente reconocemos los propios. Humildad, la madre de las virtudes, decía San Agustín: he aquí la disposición de ánimo esencial para combatir esta idolatría del éxito, este endiosamiento s

Froum Libertas, 11/01/05 (España) - En la sociedad del éxito, no sólo no está bien visto fracasar, sino que casi está prohibido. ¡Prohibido fracasar, prohibido equivocarse, prohibido meter la pata!. En esta sociedad de superhombres y supermujeres, que también se ha definido como la cultura de la exigencia, sólo pueden fracasar los otros, ellos; pero nunca nosotros y menos aún yo.

El fracaso se esconde, se centrifuga, se expulsa hacia fuera, se atribuye a otros sujetos, a esos que están más allá de mi círculo afectivo, de mi ámbito personal, puesto que reconocer que uno ha fracasado o alguno de los nuestros, en la tarea de fuera, significaría reconocer que ha fallado, que se ha equivocado y en la sociedad del éxito, donde todo el mundo, desde que nace hasta que muere, está obligado a tener éxito, a ser el primero, el más inteligente, el más rápido, el más audaz, el más guapo, nadie está dispuesto a apuntarse al “club de los fracasados”.

Y, sin embargo, el fracaso es una experiencia humana, una experiencia que está íntimamente relacionada con la constitutiva vulnerabilidad de la persona. La posibilidad de equivocarse no es extraña en un ser frágil e indigente como el ser humano, sino que es una posibilidad real y fácilmente puede hacerse realidad. Sería algo insensato si se tratara de un ser omnipotente, de una especie de dios, pero tratándose del ser humano, el fracaso, como la enfermedad, el dolor o la muerte son experiencias-límites previsibles, aunque, no por ello, deseadas.

La ocultación del fracaso expresa, en el fondo, la incapacidad de asumir la propia vulnerabilidad, es la consecuencia inmediata de haber interiorizado el mito de éxito y la estúpida idea de que el ser humano es un dios y nada puede obstaculizar su libre desarrollo. Todos ocultamos nuestros fracasos, tanto de orden laboral como de orden afectivo. Buscamos excusas para evadirnos y sobre todo necesitamos chivos expiatorios que exculpen nuestra conciencia de haber fracasado. Pedir perdón es un ejercicio demodé y sentir en el pecho el peso de la culpa o del remordimiento se contempla como un estado patológico, pero no como un estado de ánimo propio de un ser lábil.

Esta tendencia a ocultar el fracaso responde a la incapacidad de contrición, de aceptación de los propios límites y posibilidades. Nos han vendido un modelo de hombre y de mujer que se funda en el carácter ilimitado de sus potencialidades. Nos han dicho, una y otra vez, que lo podemos todo, que nada es imposible, que el éxito está a nuestro alcance e imitamos modelos que se supone gozan de un éxito total en todas las facetas de la vida; lo cual, humanamente, es imposible.

En sociedades competitivas como las nuestras, el fracaso, el error, la equivocación se pagan muy caros. La excelencia se exige en todos los niveles y cuando el error irrumpe y se hace evidente, uno tiene que pensar mecanismos para quitarse el marrón de encima. En un contexto de esta naturaleza, donde la precariedad laboral y la tensión darwinista son el pan nuestro de todos los días, ¿quién se dispone a reconocer abiertamente y sin tapujos que se ha equivocado? ¿Quién es capaz de reconocer sus fracasos?

Herméticos y narcisistas, los ciudadanos postmodernos nos alimentamos del mito de la autosuficiencia y nos miramos con piedad a los que han fracasado; sentimos lástima por ellos, compasión por sus errores laborales, afectivos, familiares o sociales. Esta lástima es, en el fondo, un modo de autocomplacencia, un susurrro en el oído que nos dice: “Yo no soy como él”, o “A mi no me puede pasar”.

Identificamos, fácilmente, los fracasos de los otros, pero raramente reconocemos los propios. Humildad, la madre de las virtudes, decía San Agustín: he aquí la disposición de ánimo esencial para combatir esta idolatría del éxito, este endiosamiento sin límites. Quien es humilde, reconoce sus fracasos y quien reconoce que se ha equivocado, está en el camino de la verdad, en la senda para enmendar lo lastimado y rehacerse de nuevo.

Los fracasados son discriminados, objeto de marginación, no de un modo directo, pero sí indirectamente. Nadie quiere sentarse en la mesa de los fracasados, ni desea que sus amigos formen parte de este club y; sin embargo, todos, absolutamente todos, ya sea por una razón u otra, en un u otro momento de nuestras vidas, somos miembros de ese extraño club, aunque lo llevemos muy mal.

Francesc Torralba Roselló

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