Forum Libertas, 15/03/05 (España)
Uno de los mayores logros de la sociedad moderna es el reconocimiento de la libertad de credo. No ha sido fácil alcanzar el derecho a expresarse libremente, en el espacio público, las propias creencias, tampoco no ha sido nada fácil conseguir que ningún ciudadano sea objeto de exclusión por el hecho de adorar un determinado dios o de practicar un determinado culto.
Tenemos que enorgullecernos, como ciudadanos occidentales, de este gran logro, pues en muchos países del mundo, todavía es pura ciencia ficción. Esto no significa que en Occidente, la libertad religiosa, sea un derecho ejercido sin problemas, pero, cuanto menos, está reconocido en las constituciones, en los grandes documentos europeos, en la misma ordenación jurídica y también, como no, en el Tratado para la Constitución Europea que se ratificó en nuestro país hace poco más de un mes.
Sin embargo, persisten prejuicios, tópicos y estereotipos que están muy arraigados en el imaginario colectivo y que se convierten en auténticos obstáculos para la plena expresión de libertad religiosa y no sólo en nuestro país, sino también en Francia y otros lugares.
De un modo oculto, pero, en ocasiones, no tan oculto, se discriminan determinadas confesionalidades, se identifica al musulmán con el fundamentalista y se considera al devoto, en general, como a un ser demodé, anclado en el pasado, que representa una sociedad tradicional superada ya por el desarrollo de la ciencia y de la tecnología. Se discrimina a los devotos, no sólo de palabra, sino también gestualmente.
Hay estudiantes, en la universidad, que ocultan su ser cristiano por temor a la crítica y a la estigmatización. Hay chavales, en los institutos, que van de escondidas a misa, para que no se ha dicho en el grupo que practican esos ritos ya superados y anacrónicos que todavía cultivan sus abuelas. También en el ámbito de los adultos, se discrimina al devoto, aunque de un modo más sibilino.
Pensábamos que el laicismo había sido ya totalmente desterrado en nuestro país, pero nos equivocamos. No sólo subsiste. También renace y se retroalimenta. Estábamos convencidos que vivíamos en una fase de total indiferencia frente al hecho religioso y a las iglesias en particular, pero no es así. No sólo existe indiferencia, sino también un cierto desdén y, en ocasiones, desprecio con respecto a lo religioso.
Creíamos que, superado el clericalismo, el anticlericalismo no tendría razón de ser, pero observamos tanto en Francia como en el conjunto de Europa, actitudes públicas, tanto de nuestros representantes políticos, como de creadores culturales y de opinión de un cierto espíritu y tono belicoso. Estas actitudes respecto a la legítima libertad religiosa son, simplemente, incomprensibles y ponen en entredicho este régimen de libertades que con tan ahínco defienden estos mismos agentes sociales.
Es evidente que este desprecio y marginación de todo lo religioso, pero en particular, de lo cristiano, no debe ser puramente gratuito. Probablemente existen razones en la misma comunidad cristiana que se deberían analizar a fondo. El desdén y la discriminación pueden obedecer a actitudes prepotentes y imperativas, de las iglesias, pero también hay que indicar que subsisten muchos tópicos que se alimentan y magnifican a través de los medios de comunicación social de masas.
En cualquier caso, la acción contra el devoto genera, como consecuencia, una reacción visceral y ello no es nada positivo para la cohesión social y la creación de nuestro ámbito de convivencia. Detectamos esta discriminación, por ejemplo, en la estúpida idea de desarraigar nuestras tradiciones milenarias de su trasfondo religioso, en el sentido del humor hiriente que tan a menudo se cultiva en el ágora pública y que necesita del chivo expiatorio de lo religioso para provocar la más vulgar de las carcajadas.
Como dice atinadamente el teólogo católico Hans Küng: no habrá paz en el mundo, si no hay paz entre las religiones. No habrá convivencia social ni armonía en nuestras sociedades si los que ejercen legítimamente el derecho a la libertad religioso no son respetados por sus conciudadanos.
Afortunadamente ya nadie es perseguido por el hecho de ser ateo, agnóstico, masón o panteísta. Debemos preservar esta gran tesoro de la libertad con esmero y cautela y velar para que las generaciones venideras no sufran nuestros prejuicios y puedan vivir felizmente su universo de creencias. En esta tarea de futuro, la escuela tiene un papel primordial, pero también las familias, los medios de comunicación social, los políticos y, como no, las mismas instituciones religiosas.