Por L. Sevilla
Es un lugar de paz, de tranquilidad, un sitio para el retiro, la calma, la historia y la cultura... Es un valle verde y fértil que, lejos de ocultarlo, muestra orgulloso un monasterio cisterciense habitado desde 1992 por seis monjes, los peregrinos que ocupan sus dos hospederías y los obreros que se afanan en lavarle la cara a esta joya monástica cuyas primeras construcciones tienen su origen en el siglo IX.
Son ya veinte años de andamios que en junio llegarán a su fin. El día 1, si los retrasos no lo impiden, se pondrá punto y final a su larguísima restauración, iniciada en 1986. Hay mucho trabajo detrás, porque el complejo monástico lo exige. Porque fue en el siglo IX cuando se levantó la iglesia de San Salvador (el Conventín), porque en el XIII vio la luz Santa María, porque en el XVI se levantaron las plantas baja y primera del claustro. Porque después se construirían la sacristía, la sala capitular, la hospedería.... Porque hasta llegar esta reforma iniciada en el XX y concluida en el XXI se cambió de ubicación el coro, se construyó un atrio de entrada, se creó otro claustro cerrado, se instalaron retablos barrocos....
La joya del valle del Valdediós en Villaviciosa conserva mucha historia y mucha fe. Sus piedras hablan de Alfonso II el Magno, quien ordenó la construcción del prerrománico Conventín, que ya quería convertir entonces en un lugar de retiro, y hablan también de Alfonso IX de León y su esposa Berenguela que en 1200 fundan el monasterio en ese mismo enclave. La Orden del Císter se encargó de iniciar allí la vida monacal y, poco a poco, se fueron ampliando las construcciones que hoy atraen a miles de turistas. «Hace dos años, durante el verano, se pudo calcular la afluencia de junio a setiembre, y fueron 16.000 personas», dice Jorge Gibert, prior del monasterio desde el año 1992.
Recuerda bien el padre catalán aquella fecha. Después de 22 años de servicio en Roma, dejó el Vaticano para disfrutar del retiro en Valdediós. No había monjes en el complejo desde 1835, cuando la desamortización hizo que cesara la vida monástica. Antes pasó otros mil avatares: desde un tremendo incendió allá por el siglo XIV hasta inundaciones que causaron daños irreparables dos siglos después, sin olvidar a la peste, que redujo en el XVI la población de Valdediós a un abad y a un monje.
Así que, con el peso de la historia a cuestas, se plantaron Gibert y otros cinco monjes cistercienses en el olímpico 92 en el monasterio dispuestos a recuperar el esplendor perdido. «Aquello era una ruina», dice hoy mientras pasea por un suelo casi impecable y muestra la sala en la que dormían a su llegada, hoy convertida en comedor. «Montamos unas camarillas para que pudiéramos dormir», dice y rememora que aquel lugar era precisamente el que ocupaban los boys scouts. Eso no fue todo, también la lluvia ha jugado malas pasadas a los monjes. «Dos veces me ha llegado el agua hasta aquí», dice el prior mientras señala a la altura del pecho y dibuja un mohín en el rostro.
Rutina diaria
Luego, mientras veían avanzar la obra, la vida se fue haciendo rutina. «Nos levantamos a las seis y a y cuarto es la primera oración; luego hay una hora de estudio; a las ocho menos cuarto es la oración de la mañana; hasta las doce, la hora de la misa, es tiempo de trabajo, hasta que llega la comida a la una y media....», relata el padre prior, que se acompaña en el monasterio de otro monje catalán, un italiano, un inglés, un madrileño y un asturiano.
Ellos se encargan de las dos hospederías del complejo monástico, que han continuado funcionando con normalidad a pesar de las obras prolongadas en el tiempo. «Tenemos una hospedería interna para varones, vienen muchos muchachos a preparar exámenes, oposiciones o simplemente a descansar y participar de nuestra vida», explica Gibert, quien aclara después que más de un centenar de hombres han tratado en alguna ocasión de vivir cómo ellos lo hacen, pero ninguno ha dado el paso de quedarse de forma definitiva. «Son gente joven, mayor, de mediana edad... Los que piden entrar quieren vivir una experiencia, ver cómo es nuestra vida», aclara, y señala después que no hay un tiempo medio de estancia, que quienes prueban fortuna en medio de tanta calma lo mismo pueden estar «una noche que semanas o meses». «La idea de la vida monástica les atrae, pero luego cuando ven la realidad...», advierte Jorge Gibert, sabedor de que convivir no es sencillo, ni siquiera en un convento.
Más sencillo es visitar Valdediós en la hospedería mixta, donde cualquiera con interés por la historia puede disfrutar de esa misma calma que ni siquiera la cada vez mayor afluencia de visitantes ha logrado romper.
La autovía del Cantábrico ha acercado a muchos asturianos, que también han sido conscientes del auténtico valor de este complejo arquitectónico que es también sede del Círculo de Valdediós, lo que ha abierto sus puertas de par en par a la cultura. La programación de conciertos y conferencias reúne a numerosas personas en el monasterio.
Son muchas sus bellezas, pero el padre prior elige una: «Para la vida del monasterio lo más importante es la iglesia, es donde se celebra la liturgia y donde los monjes nos encontramos varias veces al día». De Santa María, de su iglesia, pronto desaparecerán los andamios y volverá por fin la calma.