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El Testigo Fiel
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El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
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Pedro el pescador

18 de mayo de 2006
Intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles dedicada a recorrer la aventura espiritual de «Pedro el pescador»

Benedicto XVI: «»

Intervención del Papa en la audiencia general

CIUDAD DEL VATICANO, 17 mayo 2006 - Zenit

Queridos hermanos y hermanas:

En la nueva serie de catequesis hemos tratado de comprender ante todo qué es la Iglesia, cuál es la idea del Señor sobre esta nueva familia. Después, hemos dicho que la Iglesia existe en las personas. Y hemos visto que el Señor ha confiado esta nueva realidad, la Iglesia, a los doce apóstoles. Ahora queremos contemplarles uno a uno para comprender a través de estas personas en qué consiste vivir la Iglesia, qué significa seguir a Jesús. Comencemos con san Pedro.

Después de Jesús, Pedro es el personaje más conocido y citado en el Nuevo Testamento: es mencionado 154 veces con el sobrenombre de «Pétros», «piedra», «roca», que es la traducción griega del nombre arameo que le dio directamente Jesús, «Kefa», testimoniado en nueve ocasiones, sobre todo en las cartas de Pablo. Hay que añadir, además, el nombre de Simón, usado frecuentemente (75 veces), que es la forma adaptada al griego de su nombre hebreo original, Simeón (dos veces: Hechos 15, 14; 2 Pedro 1, 1).

Hijo de Juan (Cf. Juan 1, 42) o, en la forma aramea, «bar-Jona», hijo de Jonás (Cf. Mateo 16, 17), Simón era de Betsaida, (Juan 1, 44), localidad que se encontraba a oriente del mar de Galilea, de la que venía también Felipe y, claro está, Andrés, hermano de Simón. Al hablar tenía acento galileo. Como su hermano, era pescador: con la familia de Zebedeo, padre de Santiago y de Juan, dirigía una pequeña empresa de pesca en el lago de Genesaret (Cf. Lucas 5, 10). Por este motivo, debía disfrutar de un cierto desahogo económico y estaba animado por un sincero interés religioso, por un deseo de Dios --deseaba que Dios interviniera en el mundo--, un deseo que le llevó a dirigirse con su hermano hasta Judea para seguir la predicación de Juan el Bautista (Juan 1, 35-42).

Era un judío creyente y observante, confiado en la presencia activa de Dios en la historia de su pueblo, y a quien le dolía el no ver la acción poderosa en las vicisitudes de las que en ese momento era testigo. Estaba casado y su suegra, curada un día por Jesús, vivía en la ciudad de Cafarnaúm, en la casa en la que también se alojaba Simón, cuando se encontraba en esa ciudad (Cf. Mateo 8, 14s; Marcos 1, 29ss; Lucas 4, 38s). Recientes excavaciones arqueológicas han permitido sacar a la luz, bajo el suelo de mosaico en forma octogonal de una pequeña Iglesia bizantina, los restos de una iglesia más antigua, edificada en esa casa, como testimonian los «grafiti» con invocaciones a Pedro. Los Evangelios nos dicen que Pedro se encuentra entre los primeros cuatro discípulos del Nazareno (Cf. Lucas 5, 1-11), a quienes se les une el quinto, según la costumbre de todo Rabbí de tener cinco discípulos (Cf. Lucas 5, 27: la llamada de Leví). Cuando Jesús pasa de cinco a doce discípulos (Cf. Lucas 9, 1-6), quedará clara la novedad de su misión: no es uno de los muchos rabinos, sino que ha venido para reunir al Israel escatológico, simbolizado por el número doce, el de las tribus de Israel.

En los Evangelios, Simón presenta un carácter decidido e impulsivo. Está dispuesto a hacer prevalecer sus razones, incluso con la fuerza (usó la espada en el Huerto de los Olivos, Cf. Juan 18, 10s). Al mismo tiempo, a veces es también ingenuo y temeroso, así como honesto, hasta llegar al arrepentimiento más sincero (Cf. Mateo 26, 75). Los Evangelios permiten seguir paso a paso su itinerario espiritual. El punto de inicio es la llamada por parte de Jesús. Tuvo lugar en un día como cualquier otro, mientras Pedro realizaba su trabajo de pescador. Jesús se encuentra en el lago de Genesaret y la muchedumbre le rodea para escucharle. El número de los que le oían creaba ciertas dificultades. El maestro ve dos barcas amarradas a la orilla. Los pescadores han bajado de ellas y están lavando las redes. Les pide poder subir a una barca, la de Simón, y le pide que se aleje un poco de tierra. Sentado en esa cátedra improvisada, enseña desde la barca a la muchedumbre (Cf. Lucas 5, 1-3). De este modo, la barca de Pedro se convierte en la cátedra de Jesús. Cuando terminó de hablar, le dice a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón responde: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes» (Lucas 5, 4-5). Jesús, que era un carpintero, no era un experto de pesca y, sin embargo, Simón el pescador se fía de este Rabbí, que no le da respuestas sino que le invita a fiarse. Su reacción ante la pesca milagrosa es de asombro y estremecimiento: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lucas 5, 8). Jesús responde invitándole a tener confianza y a abrirse a un proyecto que supera toda expectativa: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (Lucas 5,10). Pedro no se podía imaginar todavía que un día llegaría a Roma y que aquí sería «pescador de hombres» para el Señor. Acepta esta llamada sorprendente a dejarse involucrar en esta gran aventura: es generoso, reconoce sus límites, pero cree en quien le llama y sigue el sueño de su corazón. Dice «sí», un «sí» valiente y generoso, y se convierte en discípulo de Jesús.

Pedro vivirá otro momento significativo en su camino espiritual en las inmediaciones de Cesarea de Filipo, cuando Jesús plantea a los discípulos una pregunta concreta: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» (Marcos 8,27). A Jesús no le basta una respuesta de oídas. De quien ha aceptado comprometerse personalmente con Él, quiere una toma de posición personal. Por eso, insiste: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Marcos 8, 29). Es Pedro quien responde también por cuenta de los demás: «Tú eres el Cristo» (ibídem), es decir, el Mesías. Esta respuesta, que no ha sido revelada ni por «la carne ni la sangre» de él, sino que ha sido ofrecida por el Padre que está en los cielos (Cf. Mateo 16, 17), contiene como la semilla de la futura confesión de fe de la Iglesia. Sin embargo, Pedro no había comprendido todavía el contenido profundo de la misión mesiánica de Jesús, el nuevo sentido de la palabra: Mesías. Lo demuestra poco a poco, dando a entender que el Mesías al que está siguiendo en sus sueños es muy diferente al auténtico proyecto de Dios. Ante el anuncio de la pasión, se escandaliza y protesta, suscitando la fuerte reacción de Jesús (Cf. Marcos 8, 32-33). Pedro quiere un Mesías «hombre divino», que responda a las expectativas de la gente, imponiendo a todos su potencia: nosotros también deseamos que el Señor imponga su potencia y transforme inmediatamente el mundo; Jesús se presenta como el «Dios humano», el siervo de Dios, que trastorna las expectativas de la muchedumbre, abrazando un camino de humildad y de sufrimiento. Es la gran alternativa, que también nosotros tenemos que volver a aprender: privilegiar las propias expectativas rechazando a Jesús o acoger a Jesús en la verdad de su misión y arrinconar las expectativas demasiado humanas. Pedro, que es impulsivo, no duda en tomarle aparte y reprenderle. La respuesta de Jesús derrumba todas las falsas expectativas, llamándole a la conversión y a su seguimiento: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Marcos 8,33). No me indiques tú el camino, yo sigo mi camino y tú ponte detrás de mí.

De este modo, Pedro aprende lo que significa verdaderamente seguir a Jesús. Es la segunda llamada, como la de Abraham en Génesis capítulo 22, después de la de Génesis capítulo 12. «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Marcos 8, 34-35). Es la ley exigente del seguimiento: es necesario saber renunciar, si hace falta, a todo el mundo para salvar los verdaderos valores, para salvar el alma, para salvar la presencia de Dios en el mundo (Cf. Marcos 8, 36-37). Aunque le cuesta, Pedro acoge la invitación a seguir su camino tras las huellas del Maestro.

Me parece que estas diferentes conversiones de san Pedro y toda su figura son motivo de gran consuelo y una gran enseñanza para nosotros. También nosotros deseamos a Dios, también queremos ser generosos, pero también nosotros nos esperamos que Dios sea fuerte en el mundo y transforme inmediatamente el mundo, según nuestras ideas, según las necesidades que vemos. Dios opta por otro camino. Dios escoge el camino de la transformación de los corazones en el sufrimiento y en la humildad. Y nosotros, como Pedro, siempre tenemos que convertirnos de nuevo. Tenemos que seguir a Jesús y no precederle: Él nos muestra el camino. Pedro nos dice: tú piensas que tienes la receta y que tienes que transformar el cristianismo, pero quien conoce el camino es el Señor. Es el Señor quien me dice a mí, quien te dice a ti: «¡sígueme!». Y tenemos que tener la valentía y la humildad para seguir a Jesús, pues Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia el Papa saludo a los peregrinos en doce idiomas. Estas fueron sus palabras en castellano]

Queridos hermanos y hermanas:

Continuando la reflexión sobre el ministerio apostólico, profundizamos ahora en la personalidad de los Apóstoles. Pedro era natural de Betsaida, hermano de Andrés, pescador, casado. Hebreo confiado en la presencia viva de Dios en la historia de su pueblo. Decidido e impulsivo, aunque a veces también ingenuo y temeroso. Honesto y capaz de un arrepentimiento sincero.

Jesús le llama mientras trabajaba. Le dice: «Echa las redes». Simón se fía y reacciona ante la pesca milagrosa con estupor: «aléjate de mí que soy un pecador». Jesús responde invitándole a un proyecto: «desde ahora serás pescador de hombres». Pedro acepta y se convierte en su discípulo. Sus palabras: «Tú eres Cristo», son el germen de la futura confesión de fe de la Iglesia, aunque todavía no había entendido la misión de Jesús. Por ello, se escandaliza y protesta ante el anuncio de su pasión. Quería un Mesías «hombre divino» y Jesús se presenta como el «Dios humano» que desbarata todas las expectativas tomando un camino de humildad y sufrimiento.

Saludo a los peregrinos de España y América Latina, especialmente a los sacerdotes, a los Siervos del Hogar, a las Siervas de Jesús, a los fieles de San Claudio y Siscar-Santomera, a la Delegación de Educación de Alicante y a la Asociación de Técnicos en Protocolo de Galicia. También a los de México, Guatemala y Chile. Aprended, como Pedro, lo que significa verdaderamente seguir a Jesús. «Negarse a sí mismo, tomar la cruz y perder la propia vida por su causa y la del Evangelio».

fuente: Zenit
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