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El Testigo Fiel
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Síntesis oficial de la encíclica “Deus Caritas est”

21 de mayo de 2006
Por su interés ofrecemos la síntesis oficial de la encíclica “Deus Caritas est” hecha pública hoy por la Santa Sede (traducción no oficial del original italiano, realizada por Veritas)

Roma (Italia) - 25/1/2006 - VERITAS

“Dios es amor; quien está en el amor, habita en Dios y Dios habita en él” (1 Jn 4, 16). Estas palabras, con las que comienza la encíclica, expresan el centro de la fe cristiana. En un mundo en el cual al nombre de Dios se le asocia a veces con la venganza o incluso el odio y la violencia, el mensaje cristiano del Dios Amor es de gran actualidad.

La Encíclica está articulada en dos grandes bloques. La primera ofrece una reflexión teológico-filosófica sobre el “amor” en sus diversas dimensiones -eros, philia, agape – precisando algunos datos esenciales del amor de Dios por el hombre y de la relación intrínseca que este amor tiene con el amor humano. La segunda parte trata del ejercicio concreto del mandamiento del amor al prójimo.

Primera parte

El término “amor”, una de las palabras más usadas y de las cuales más se abusa en el mundo de hoy, abarca un vasto campo semántico. Sin embargo, en la multiplicidad de significados, emerge como arquetipo del amor por excelencia el que se da entre el hobre y la mujer, que en la antigua Grecia recibía el nombre de “eros”. En la Biblia, y sobre todo en el Nuevo Testamento, se profundiza en el concepto de “amor” –un desarrollo que se expresa en la misa al margen de la palabra “eros”, en favor del término “ágape”, para expresar un amor oblativo. Esta nueva visión del amor, que es una novedad esencial del cristianismo, a menudo ha sido valorada de forma absolutamente negativa como rechazo del “eros” y de la corporeidad. Aunque ha habido tendencias de ese tipo, el sentido de esta profundización es otro. El “eros”, puesto en la naturaleza del hombre por su mismo Creador, tiene necesidad de disciplina, de purificación y de maduración para no perder su dignidad original y no degradarse en puro “sexo”, convirtiéndose en una mercancía. La fe cristiana siempre ha considerado al hombre como un ser en el cual espíritu y materia se compenetran mutuamente, extrayendo de esto una nueva nobleza. El desafío del “eros” puede considerarse superado cuando, en el hombre, cuerpo y alma se encuentran en perfecta armonía. Entonces el amor se convierte en “éxtasis”; pero “éxtasis” no en el sentido de euforia pasajera, sino como éxodo permanente del yo recluido en sí mismo, hacia su liberación en el don de sí, y precisamente de esta forma, hacia el encuentro de sí mismo, y también hacia el descubrimiento de Dios: de esta forma el “eros” puede elevar al ser humano “en éxtasis” hacia lo Divino. En definitiva, “eros” y “ágape” exigen que no se les separe nunca completamente al uno del otro, al contrario, cuano más ambos, aunque en dimensiones diversas, encuentran su justo equilibrio, tanto más se realiza la verdadera naturaleza del amor. A pesar de que el “eros” inicialmente es sobre todo deseo, al acercarse después a la otra persona, se preguntará cada vez menos sobre sí mismo, buscará cada vez más la felicidad del otro, si donará y deseará “ser para” el otro: así se inserta en él y se afirma el momento del “ágape”.

En Jesucristo, que es el amor encarnado de Dios, el “eros”-“agape” alcanza su forma más radical. En a muerte en cruz, Jesús, donándose para levantar y salvar al hombre, expresa el amor de la forma más sublime. A este acto de ofrecimiento, Jesús le ha asegurado una presencia duradera a través de la institución de la Eucaristía, en la que, bajo las especies del pan y del vino, se dona a sí mismo como nuevo maná que nos une a Él. Participando en la Eucaristía, también nosotros somos implicados en la dinámica de su donación. Nos unimos a Él y al mismo tiempo nos unimos a todos los otros a quienes Él se dona; nos convertimos así en “un solo cuerpo”. De esta forma, el amor a Dios y el amor al prójimo están verdaderamente unidos. El doble mandamiento, gracias a este encuentro con el “ágape” de Dios, ya no es sólo exigencia: el amor puede ser “mandado” porque primero se ha donado.

Segunda parte

El amor al prójimo enraizado en el amor de Dios, más que tarea para fiel, lo es para la entera comunidad eclesial, que en su actividad caritativa debe reflejar el amor trinitario. La conciencia de tal deber ha tenido relevancia constitutiva en la Iglesia desde sus inicios (cfr Hch 2, 44-45) y bien pronto se manifestó también la necesidad de una cierta organización como presupuesto para su cumplimiento eficaz. Así, en la estructura fundamental de la Iglesia, emergió la “diaconía” como servicio del amor al prójim ejercido de modo comunitario y de forma ordenada –un servicio concreto, pero al mismo tiempo también espiritual (cfr Hch 6, 1-6). Con la progresiva difusión de la Iglesia, este ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales. La íntima naturaleza de la Iglesia se expresa así en una triple tarea: el anuncio de la Palabra de Dios (“kerygma-martyria”), la celebración de los Sacramentos (“leiturgia”), y el servicio de la caridad (“diakonia”). Son tareas que se presuponen mutuamente y que no pueden separarse una de otra.

Desde el siglo XIX, contra la actividad caritativa de la Iglesia se ha levantado una objeción fundamental: ésta estaría en contraposición –se ha dicho- con la justicia, y acabaría por actuar como sistema de conservación del “status quo”. Con el cumplimiento de obras individuales de caridad, la Iglesia favorecería el mantenimiento del sistema injusto existente, haciéndolo de alguna forma soportable y frenando así la rebelión y el cambio potencial hacia un mundo mejor. En este sentido el marxismo había puesto en la revolución mundial y en su preparación la panacea para la problemática social –un sueño que con el transcurrir del tiempo se ha desvanecido. El magisterio pontificio, empezando por la Encíclica “Rerum novarum” de León XIII (1891), hasta la trilogía de las Encíclicas sociales de Juan Pablo II (“Laborem exercens” [1981], “Sollicitudo rei socialis” [1987], “Centesimus annus” [1991]), ha afrontado con creciente insistencia la cuestión social, y en la confrontación con situaciones problemáticas siempre nuevas, ha desarrollado una doctrina social muy articulada, que propone orientaciones válidas más allá de los límites de la Iglesia.

Con todo, la creación de un orden justo de la sociedad y del Estado es la tarea central de la política, por tanto no puede ser el cometido inmediato de la Iglesia. La doctrina social católica no pretende conferir a la Iglesia un poder sobre el Estado, sino simplemente purificar e iluminar la razón, ofreciendo su propia contribución a la formación de las conciencias, de manera que las verdaderas exigencias de la justicia puedan ser percibidas, reconocidas y también realizadas. A pesar de ello no existe ningún ordenamiento del Estado, por justo que sea, que pueda hacer superfluo el servicio del amor. El Estado que quiere proveer de todo se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar la contribución esencial de la que el hombre que sufre – cada hombre– tiene necesidad: la amorosa dedicación personal. Quien quiere desembarazarse del amor, se dispone a desembarazarse del hombre en cuanto hombre.

En nuestra época, un efecto positivo colateral de la globalización se manifiesta en el hecho de que la solicitud por el prójimo, superando los confines de las comunidades nacionales, tiende a alargar sus horizontes al mundo entero. Las estructuras del Estado y las asociaciones humanitarias secundan de diversas maneras la solidaridad expresada por la sociedad civil: así se han formado múltiples organizaciones con fines caritativos y filantrópicos. También en la Iglesia Católica y en otras Comunidades eclesiales han surgido nuevas formas de actividad caritativa. Entre todas estas instancias es de auspiciar que se establezca una colaboración fructífera. Naturalmente, es importante que la actividad caritativa de la Iglesia no pierda su propia identidad, disolviéndose en la organización asistencial común y convirtiéndose en una simple variante, sino que mantenga todo el esplendor de la esencia de la caridad cristiana y eclesial. Por ello:

- La actividad caritativa cristiana, más allá de su competencia profesional, debe basarse en la experiencia de un encuentro personal con Cristo, cuyo amor ha tocado el corazón del creyente suscitando en él el amor por el prójimo.

- La actividad caritativa cristiana debe ser independiente de partidos e ideologías. El programa del cristiano – el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús– es “un corazón que ve”. Este corazón vede dónde hay necesidad de amor y actúa de modo consecuente.

- La actividad caritativa cristiana, además, no debe ser un medio en función de lo que hoy viene señalado como proselitismo. El amor es gratuito; no viene ejercido para alcanzar otros objetivos. Pero esto no significa que la acción caritativa deba, por así decirlo, dejar a Dios y a Cristo aparte. El cristiano sabe cuçando es el tiempo de hablar de Dios y cuándo es justo hacer silencio sobre Él y dejar hablar sólo al amor. El himno a la Caridad de San Pablo (cfr 1 Cor 13) debe ser la “Carta Magna” del entero servicio eclesial para protegerlo del riesgo de convertirse en puro activismo.

En este contexto, y frente la inminente secularismo que puede condicionar también a muchos cristianos empeñados en el trabajo caritativo, hay que afirmar la importancia de la oración. El contacto vivo con Cristo evita que la experiencia de la desmesuración de las necesidades y de los límites del propio trabajo puedan, por un lado, empujar al trabajador a la ideología que pretende realizar lo que Dios, aparentemente, no consigue o, por otro lado, convertirse en tentación a ceder a la inercia y a la resignación. El que reza no desperdicia su tiempo, aunque la situación parezca empujar únicamente a la acción, y no pretende cambiar o corregir los planes de Dios, sino que busca –con el ejemplo de María y de los Santos- alcanzar en Dios la luz y la fuerza del amor que vence toda oscuridad y egoísmo presente en el mundo.

VERITAS AV06012502

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