Río Gallegos, (Santa Cruz-Argentina), 21 Jun. 06 (AICA)
"Quienes quieren transformar la historia lo hacen desde la comunión, la unidad, o no lo hacen", dijo monseñor Juan Carlos Romanín, SDB, obispo de Río Gallegos.
"En el pan y el vino se hacen presentes el cuerpo y la sangre de Cristo, sangre del nuevo sacrificio y de la nueva alianza que reconcilia y une con Dios a toda la humanidad", explicó.
El prelado se refirió a la Eucaristía como "el sacramento que expresa el amor de Cristo y el amor de la comunidad cristiana" y en ella se da "la expresión máxima del amor de Jesús, la entrega de su vida por todos los hombres".
"Jesús ha querido quedarse Él mismo en el Santísimo Sacramento para garantizar la continuidad de su proyecto de salvación, redención y fraternidad universal a través de nosotros, que participamos de su Cuerpo y de su Sangre".
"El lenguaje y las actitudes de dominio, de injusticia, de prepotencia, de violencia, de individualismo, de todo lo que engendra pobreza, sometimiento, abandono, marginación, destruye este proyecto de alianza con Dios y de fraternidad universal".
Monseñor Romanín señaló que "quienes quieren transformar la historia lo hacen desde la comunión, la unidad, o no lo hacen". Y agregó: "No somos sólo guardianes de sagrarios, sino responsables del proyecto eucarístico que se nos propone desde la misma Eucaristía: ‘Ámense los unos a los otros… Que todos sean uno, para que el mundo crea.’ El obispo dijo que el encuentro personal con Cristo, "cuando somos capaces de reconocer su presencia real en la Eucaristía, debe llevarnos también a una respuesta en gestos concretos de amor al prójimo".
"Como Iglesia que camina en la Patagonia -aclaró-, estamos llamados a ser servidores, a ser espacio sagrado donde las relaciones humanas de intolerancia y esclavitud se transformen en relaciones fraternas y libres, signo de la presencia siempre nueva de Dios entre nosotros. La Iglesia que camina en la Patagonia y que vive de la Eucaristía es aquella que se hace espacio sagrado, de amistad y de alianza, para ofrecer solidaridad y acogida".
Y concluyó: "Así como basta una sola hostia consagrada de los millones de hostias que hay en la tierra para alimentarnos de Dios, para adorarlo y para amarlo, del mismo modo basta un hermano -el que Dios pone a nuestro lado- para adorar, amar al Jesús que está vivo en cada prójimo y prolongar así cada una de nuestras Eucaristías".+