Forum Libertas, 17/07/06 - Hay pueblos, y uno de ellos es el ruso, que inmediatamente nos hacen pensar en su alma. Es así porque algunos de sus personajes culturalmente más influyentes, como Gogol, Soloviev o Dostoievski, Tosltoi o Turguenev han hablado directamente del espíritu ruso y del destino de su pueblo.
Y aún cuando cayó el muro comunista y se mostró la realidad amorfa de las antiguas repúblicas soviéticas, el espectador occidental no dejaba de quedar pasmado ante reacciones que, de ninguna manera, respondían a los cánones occidentales.
Rusia plantea un problema que es a la vez geográfico y cultural. Se habla de la Rusia europea y de la asiática. Y, religiosamente, vive de la ortodoxia que a veces llega a ser la más auténtica y otras mera servidumbre del estado, y eso ya en época de los zares.
La misma identidad nacional, como muestra Orlando Figes en este extraordinario estudio de rasgos enciclopédicos, ha sufrido extrañas influencias que van desde las tribus esteparias hasta la fascinación por la moda francesa, que fue la máscara de la aristocracia a partir del reinado de Pedro el Grande.
Son muy sugerentes las imágenes que Orlando Figes nos ofrece de esa época, y de la de la zarina Catalina, desde la pérdida de influencia de Moscú a favor de San Petersburgo, ciudad fantasmagórica construida sobre el capricho y la magnificencia de un hombre, hasta la fascinación por el campesinado que surgió como respuesta al afrancesamiento y que inventó una imagen irreal de la vida en el campo.
Claro que todo ello no habría sido nada de no existir los grandes catalizadores, no sólo literarios sino también musicales como Rachmaninov, Chaikovsky o Rimsky-Korsakov, o pintores como Kandinsky o Goncharova.
La tesis del autor parte de que, a pesar de las diversas vicisitudes por las que ha pasado Rusia, existe un alma que subyace en todos los acontecimientos y que resulta incorruptible.
Ella explica el sometimiento a los zares y también el triunfo de la utopía comunista. Porque en el pueblo ruso hay un espíritu comunitario que algunos han sabido aprovechar.
Esa pervivencia la expone con una escena tomada de Tolstoi. La princesa Natacha Rostova. Después de una partida de caza entra en la cabaña de unos rusos que cantan al son de la balalaica. Y aquella joven, de educación francesa y que desconoce totalmente las tradiciones campesinas, se funde en aquella música y en su ritmo, como si le perteneciera en lo más profundo. Esta es la tesis del libro.
Pero el desarrollo va mucho más allá en un inigualable ejercicio de erudición que combina el conocimiento de todas las artes con la apreciación de los momentos históricos más relevantes y sugerentes acotaciones sobre la religión ortodoxa y la organización social.
Al finalizar la lectura de esta enciclopedia de la cultura rusa, que nos ofrece una panorámica sugerente y exhaustiva, conocemos mejor el alma de un pueblo aunque, es justo reconocerlo, Rusia sigue siendo algo que se nos escapa, que está más allá de lo que alcanzamos a comprender y, quizás por ello, seguirá ejerciendo sobre nosotros una extraña fascinación.
Pero, gracias a Orlando Figes, podemos rastrear las grandes líneas de ese alma, verdaderamente espiritual y que no deja de ser un contrapunto a la occidental, demasiado tentada de dejar de existir.