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La Cruz

17 de julio de 2006
Más sencilla, más sencilla; haz una cruz sencilla, carpintero, pedía el poeta.

Forum libertas, 17/07/06 -

Casi tres años van ya desde que zetapé llegó al poder. Tres años tres, y parece que España haya retrocedido hasta el 33. ¡Pues no que anda quitando crucifijos de las escuelas y prohibiendo la asignatura de religión a aquellos padres que la quieren evaluable para sus hijos!

¡Qué tolerante! ¡Qué respetuoso! “Más deporte y menos religión”, ha dicho. Me suena la frase, ¿no la dijo antes Fidel Castro?

Y además pagando elevadas subvenciones para incentivar la memoria histórica. Aunque, eso sí, los socialistas recordamos lo que nos interese, si no nos conviene olvidemos y pasemos página: de los 5000 asesinados en Paracuellos del Jarama por ser católicos ya no nos acordamos; de las iglesias quemadas entre el 33 y el 36 mientras entonaban la “Internacional Socialista” tampoco hay que acordarse.

¡Pero qué manía les ha entrado con la Segunda República y la guerra civil! Siempre utilizando a sus muertos para sembrar odio y siempre olvidando a los muertos de enfrente. Ese es el juego de estos presuntos socialistas, y si no aceptáis pulpo como animal de compañía, es mi Scattergories y me lo llevo.

Esto no es memoria histórica, más bien es memoria selectiva. Pero ¡qué sectaria puede llegar a ser la progresía española! Pretenden reescribir la historia a su antojo cuando ya han pasado 75 años.

Ahora resulta que en un colegio de Baeza en donde más del 80% de los alumnos elige anualmente la asignatura de religión están quitando los crucifijos de las aulas porque el padre de un niño se siente ofendido. Y el gobierno regional andaluz, por supuesto muy socialista y muy progre, con el crucifijo al cuarto trastero. Nos falta por saber qué piensan hacer con el nombre del colegio, porque se llama San Juan de la Cruz, y como le quiten la cruz y el santo se va a quedar en Juanito. Ya sé, podrían llamarlo Colegio Camarada Juan.

Pero esta historia no es nueva. Alguno de nuestros antiguos maestros del cole del pueblo seguro que podrían contarnos anécdotas similares que acontecieron en los sangrientos años de la Segunda República de la que tanto presume el masón Zapatero. Y si no tras la muerte de Franco: ¿qué pasó con los dos crucifijos que había en las paredes de las antiguas?

Bueno, bueno. Ya me callo. Que parece que hay por ahí algún lector dolido por mis escritos. ¿O estará ofendido porque exista la libertad de expresión? En fin, pido disculpas por no tener pelos en la lengua. El caso es que, hablando del crucifijo, no voy a ser yo el que defienda su presencia en las aulas, sino una diputada comunista.

El 25 de marzo de 1988 apareció en el diario comunista L’Unità un artículo de la escritora y diputada Natalia Ginzburg. De origen judío y de pensamiento agnóstica, los nazis la persiguieron y su primer marido murió en la cárcel durante el control nazionalsocialista de Roma. Fue diputada por el Partido Comunista en el Congreso y vivía sola con su hija Susanna, gravemente enferma desde los primeros meses de vida. Murió en 1991 defendiendo la libertad religiosa.

“Dicen que hay que quitar el crucifijo de las aulas. El nuestro es un estado laico y no tiene el derecho de imponer que en las aulas haya un crucifijo. […] A mí me disgusta que el crucifijo desaparezca para siempre de todas las clases. Me parece una pérdida. […] Me desagrada que el crucifijo desaparezca. Si fuera profesora, querría que en mi clase no lo tocaran. […] No puede ser obligatorio ponerlo. Pero en mi opinión tampoco puede ser obligatorio quitarlo. […] Debería ser una elección libre. Sería justo también pedir opinión a los niños. Si uno solo de los niños lo quisiese, escucharlo y hacerle caso. A un niño que desea un crucifijo puesto en la pared hay que hacerle caso. El crucifijo en clase no puede ser otra cosa que la expresión de un deseo. Y los deseos, cuando son inocentes, se respetan.

[…] El crucifijo no genera ninguna discriminación. Calla. Es la imagen de la revolución cristiana, que ha difundido por el mundo la idea de la igualdad entre los hombres, hasta entonces ausente. La revolución cristiana ha cambiado el mundo. ¿Queremos acaso negar que ha cambiado el mundo? Hace ya casi dos mil años que decimos ‘antes de Cristo’ y ‘después de Cristo’. ¿O queremos acaso ahora dejar de decirlo así? El crucifijo no genera ninguna discriminación. Está allí mudo y silencioso. Lo ha estado siempre. Para los católicos es un símbolo religioso. Para otros puede no ser nada, una parte de la pared. Y finalmente para alguno, para una minoría mínima, o quizá para un solo niño, puede ser algo especial, que suscita pensamientos contrapuestos. Los derechos de las minorías deben respetarse. Dicen que por un crucifijo puesto en la pared, en clase, pueden sentirse ofendidos los alumnos hebreos. ¿Por qué se van a ofender más los hebreos? ¿Es que no era Cristo un hebreo y un perseguido, y no murió martirizado, como les ha ocurrido a miles de hebreos en los campos de concentración? El crucifijo es el signo del dolor humano. La corona de espinas, los clavos, evocan sus sufrimientos. La cruz, que imaginamos alzada en la cima de un monte, es el signo de la soledad en la muerte. No conozco otros signos que expresen con tanta fuerza el sentido de nuestro destino humano. El crucifijo es parte de la historia del mundo. Para los católicos Jesucristo es el hijo de Dios. Para los no católicos puede ser simplemente la imagen de uno que fue vendido, traicionado, martirizado y muerto sobre la cruz por amor de Dios y del prójimo. […] Porque antes de Cristo ninguno había dicho nunca que los hombres son todos iguales y hermanos, todos, ricos y pobres, creyentes y no creyentes, hebreos y no hebreos y negros y blancos, y ninguno antes de él había dicho nunca que en el centro de nuestra existencia debemos situar la solidaridad entre los hombres.

[…] Jesucristo ha llevado la cruz. A todos nosotros nos ha ocurrido o nos ocurre el llevar sobre las espaldas el peso de una gran desgracia. A esta desgracia le damos el nombre de cruz, aunque no seamos católicos, porque demasiado fuerte y desde hace demasiados siglos está impresa la idea de la cruz en nuestro pensamiento. Todos, católicos y laicos, llevamos o llevaremos el peso de una desgracia, derramando sangre y lágrimas y esforzándonos por no caer. Esto dice el crucifijo. Lo dice a todos, no sólo a los católicos. Algunas palabras de Cristo las pensamos siempre, y podemos ser ateos, laicos, lo que se quiera, pero vuelan siempre por nuestro pensamiento igualmente. Ha dicho: "Ama al prójimo como a ti mismo". Eran palabras escritas ya en el Antiguo Testamento, pero se han convertido en el fundamento de la revolución cristiana. Son la llave de todo. Son lo contrario de todas las guerras. Lo contrario de los aviones que lanzan bombas sobre la gente indefensa. Lo contrario de los adulterios y también de la indiferencia que tantas veces rodea a las mujeres violadas en las calles. Se habla tanto de la paz, pero qué decir, a propósito de la paz, aparte de estas sencillas palabras. Son justo lo contrario del modo como hoy existimos y vivimos. Lo pensamos siempre, encontrando extremadamente difícil amarnos a nosotros mismos, y amar al prójimo más difícil todavía, o quizá incluso completamente imposible, incluso sintiendo que ahí está la clave de todo. El crucifijo estas palabras no las evoca, porque estamos tan habituados a ver ese pequeño signo colgado y tantas veces nos parece nada más que otra parte de la pared. Pero si se llega a pensar que Cristo ha venido a decirlas, molesta mucho que deba desaparecer de la pared ese pequeño signo. Cristo ha dicho también "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados". ¿Cuándo y dónde serán saciados? En el cielo, dicen los creyentes. Los otros por su parte no saben ni cuándo ni dónde, pero estas palabras hacen, quién sabe por qué, sentir un hambre y sed de justicia más severos, más ardientes y más fuertes. […] El crucifijo es parte de la historia del mundo”. (Il crocifisso nelle scuole, L’unità 25.III.1988).

Pues eso, una comunista sí, más roja que Zapatero y defendiendo que el crucifijo siga en los colegios como signo de sacrificio y de amor por los demás. Yo no hubiera podido explicarlo mejor: a un niño que desea un crucifijo puesto en la pared hay que hacerle caso.

¿Y la asignatura de religión? ¿Qué tiene Zapatero contra la asignatura de religión? ¿Por qué si la gran mayoría de los padres la elegimos para nuestros hijos no respeta la libertad de educación consagrada en la Constitución? ¿Por qué no quiere el PSOE que la religión sea evaluable? Está claro: quieren convertir la clase de religión en opcional, no evaluable y sin ninguna relevancia académica: pretenden equipararla al recreo. Lo que no ha comprendido todavía el PSOE es que cuanto mayor sean sus ataques a “las cosas de Dios”, mayor será la resistencia de los corazones cristianos.

Pero otra vez me tengo que callar. La progresía prefiere que ciertos individuos permanezcamos calladitos: ¡cómo dejáis a tu hijo escribir esas cosas! Pues tampoco voy a ser yo el que defienda la asignatura de religión. Sí, va a ser un camarada de zetapé: e n 1919 el diario socialista de París «L’Humanité» publicó una carta dirigida por un padre socialista a su hijo:

“Querido hijo: Me pides un justificativo que te exima de cursar la religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos, y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas. Este justificativo, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás.

No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor. Cuándo tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre; pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían sin un estudio serio de la religión.

Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión; son, hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos, pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?

Dejemos a un lado la política y las discusiones, y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender la historia y la civilización de los griegos y de los romanos, y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización?

En el arte, ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen? En las letras, ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente en cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones?

Si se trata de derecho, de filosofía o de moral, ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal?—éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau.

Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampère era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas. ¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios?

Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización, y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencias preclaras.

Ya que hablo de educación: para ser un joven bien educado, ¿es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta. No fijándome sino en la cortesía, en el simple «savoir vivre», hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos, por lo menos, comprenderlas, para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.

Querido hijo: convéncete de lo que te digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión, pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de ordinario los hechos y el sentido común. Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad.

Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen facultad para serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión. La cosa es muy clara: la libertad, exige la facultad de poder obrar en sentido contrario.

Te sorprenderá esta carta, pero precisa, hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación”. ( L’Humanité, París 1919).

Poco he tenido que esforzarme escribiendo para esta entrega, dos camaradas me han hecho el trabajo: una comunista italiana defendiendo que en su país el crucifijo siga colgado en las aulas como signo de verdadera libertad religiosa y sacrificio en el trabajo diario, y un socialista francés explicando muy coherentemente a su hijo por qué siempre va a ser mejor estudiar religión que ser un ignorante en la materia. Ambos con sus propias ideas marxistas pero con un profundo y verdadero respeto hacia ese humanismo cristiano que no pocos tenemos por bandera. Algo impensable en nuestro país.

Un francés, una italiana y… como en los chistes, siempre tiene que llegar el español a meter la pata hasta el corvejón: ¡ay Zapatero!, si en tu infancia no hubieses estudiado religión no sabrías qué quiere decir la expresión “más falso que Judas”.

Otrosí: A aquellos que piensan que hay que tener “paciencia de callar” debo decirles que para acertar hay que equivocarse. El que está callado nunca se equivoca… pero tampoco habla. Además, ya que hoy no estoy yo muy por la labor de utilizar mis propias palabras, que sea el propio Quevedo quien les resuma lo que pienso: “ No he de callar, por más que con el dedo, ya tocando los labios, ya la frente, silencio avises o amenaces miedo. ¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”

Raúl Sempere Durá

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