Roma, (Italia), 18 Jul. 06 (AICA) Las Cruzadas no fueron un "ejemplo de imperialismo" sino un intento de los occidentales de defender los Santos Lugares y Jerusalén, sostuvo Jonathan Riley-Smith, profesor de la Universidad de Cambridge y uno de los mayores historiadores en el mundo sobre el tema, en una mesa redonda, organizada por la Universidad Europea de Roma, sobre el tema "Las Cruzadas, entre mito y realidad".
En el encuentro participaron 22 expertos de varias universidades europeas, que previamente se reunieron en el Centro Nacional de Investigaciones de Roma, para debatir sobre las nuevas perspectivas de investigación en este tema, respecto a las órdenes militares (templarios, hospitalarios, teutones, etc.).
El profesor Riley-Smith explicó que la interpretación que ha desprestigiado y despreciado las Cruzadas es fruto de las obras de sir Walter Scott (1771-1832) y de Joseph Francois Michaud (1767-1839).
El escritor escocés Scott representó a los cruzados como "intemperantes, dedicados a asaltar rudamente a los musulmanes más avanzados y civilizados", mientras que el escritor e historiador francés Michaud alimentó la opinión de que "las Cruzadas eran expresión del imperialismo europeo".
Según Riley-Smith, la idea de que la Cruzada era una empresa colonial tomó más fuerza hace 50 años y explicó que en la época en que tuvieron lugar las Cruzadas "la teoría de guerra se justificaba teológicamente en una sociedad que se sentía amenazada".
Por este motivo, afirmó, no debe escandalizar "ni que el Papado reconociera a las órdenes militares ni que al menos 5 concilios se pronunciaran en favor de las Cruzadas y que dos, el IV Concilio de Letrán (1215) y el Concilio de Lyón (1274), publicaran las constituciones "Ad Liberandam" y "Pro Zelo Fidei", dos documentos que definieron el movimiento cruzado".
"Es difícil ahora imaginar -precisó Riley-Smith- la intensidad del amor que se sentía entonces por los Santos Lugares y Jerusalén: la preocupación suscitada por la herejía y los asaltos físicos contra la Iglesia; el miedo de los occidentales a los invasores musulmanes, capaces de llegar al centro de Francia en el siglo VIII, y a Viena en los siglos XVI y XVII".
"Esto permite explicar -concluyó- por qué, durante cientos de años, papas, obispos y la mayoría de los fieles consideraron que combatir en las Cruzadas era la mejor arma defensiva que tenían y una forma popular de devoción; y esto puede haber oscurecido a sus ojos el hecho de que en realidad se podía confiar poco en ello".+