Forum Libertas, 21/07/06 -
Antes en los seminarios se enseñaba retórica y oratoria. Se consideraba que el sacerdote, hombre de la Palabra, no sólo debía tener los necesarios conocimientos de teología sino que debía ser capaz de comunicarla.
Nunca se intentó poner la forma por encima del contenido aunque en la historia se hayan conocido exageraciones. Al contrario, se buscaba mover al auditorio pero desde la Palabra. Ya Aristóteles, y los clásicos latinos, habían conocido la importancia del arte de persuadir, y la Iglesia aprendió de ellos sabiendo que lo que debía comunicar era de suma importancia: mensaje de salvación.
La oratoria conoció fases de esplendor y decadencia hasta quedar relegada al olvido. El deseo de hacerse más cercano a la gente, dio la puntilla final a un arte que se consideraba legado del pasado y superfluo en los nuevos tiempos. Sin embargo, los fieles se suelen quejar de que sus curas no predican bien.
¿Habrá que reinventar la elocuencia? En el debate nunca cerrado sobre la predicación, ya Agustín hace jugosos comentarios al respecto aún en medio de sus sermones, está de enhorabuena, porque ha visto la luz un libro excelente.
El Padre Humbrecht desarrolla de forma exhaustiva el tema de la elocuencia aunque, en las páginas finales insiste en que el tema de la retórica cristiana aún está por inventar. Lo dice desde la perspectiva del Espíritu Santo, que mueve a todos los cristianos a hablar, incluso en el martirio, pero que ha de estar atenta a las almas.
El discurso cristiano no busca la exhibición, sino comunicar la Palabra de Dios de la que el predicador es el primer oyente y de la que ha de ser, también en su misión, contemplativo.
Por la naturaleza del tema el autor empieza su discurso sobre el Dios que se revela. A partir de ahí se abre la posibilidad de hablar con Dios y, después, de hablar de Dios. Para ello, aparte de los dones carismáticos con que el Espíritu santo quiera adornar a algunos, se exige el estudio, que conlleva una verdadera ascesis. Y esta es una de las mayores dificultades de nuestro tiempo: entrar en la entrega del tiempo para adquirir esa verdad que es ardua y que pone en juego todas nuestras facultades. Aunque, es cierto también, conduce al gozo.
El autor pasa después revista a las circunstancias de la predicación, señala abusos a corregir y da criterio para acertar. Insiste en la importancia del estilo y en como preparar bien un discurso (homilía). Al mismo tiempo no deja de indicar los diferentes resultados con que puede encontrarse el predicador. No siempre el éxito acompaña a la buena predicación. A veces puede darse el fracaso que puede, para el ministro de la Palabra, convertirse en escuela de humildad.
Ciertamente estamos ante un gran libro sobre elocuencia cristiana. El autor desgrana en él los grandes temas dando indicaciones preciosas y, sobretodo, suscitando un renovado interés por el arte de la predicación. Al respecto, por si alguien duda de leerlo, quizás sea bueno que empiece por algunos de los últimos apartados dedicados a la improvisación, esa amiga que cuenta con tantos adeptos.