El Escorial 24/07/06 (La Razón) Javier Muguerza (1936) es catedrático de Ética en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Discípulo declarado de José Luis Aranguren, se formó en España y se interesó por la filosofía analítica hasta que ésta «se terminó convirtiendo en escolástica». Entonces se marchó a Alemania. «La razón sin esperanza», «El fundamento de los derechos humanos» y «Desde la perplejidad» son algunos de sus libros más importantes. Esta semana dirige en los Cursos de Verano de la Complutense el ciclo «Occidente: razón y mal».
-En España, durante el siglo XX, muchos pensadores con un discurso importante tuvieron que exiliarse y, cuando regresaron, a menudo, su pensamiento tuvo ya poca incidencia. ¿Qué supone la ruptura, primero con Ortega y Gasset, y después con Julián Marías, para la articulación de una filosofía en español?
-Me gustaría puntualizar que la ruptura no es sólo en cuanto al exilio interior, también en cuanto el exilio exterior. Es decir, con quienes se marcharon a América y ya no retornaron, los que murieron allí, como José Gaos, Eugenio Imaz… Y luego está, efectivamente, el exilio interior de personas tan relevantes como Ortega, Rodríguez Huéscar, Marías o el propio José Luis Aranguren. En fin, el exilio de intelectuales en este país se remonta a los siglos de oro, y el balance es bastante desolador. Pero, respondiendo a su pregunta, esa ruptura supone un gran vacío para la Universidad española posterior a la Guerra Civil, que ha requerido un prolongado esfuerzo de puesta al día.
-¿Cuál es el recorrido y cuál es el estado hoy del pensamiento filosófico en español?
-Cuando se habla de exilio hay que distinguir entre sus aspectos políticos y la relación, o la falta de relación, con las instituciones del Estado, que entonces era una dictadura, y lo que sucede en el plano de la sociedad civil. Porque aquí el contacto con el exilio fue mucho mayor, necesariamente. Porque la sangría de artistas e intelectuales fue muy grande. Y ese contacto, al principio con grandes dificultades, se cultiva. De modo que no llega a perderse del todo el hilo y, paulatinamente, se restituye el diálogo. Aquí es clave la figura de Aranguren, que insta a superar el problema de las dos Españas. Entonces, a pesar de todos los obstáculos del franquismo, la obra de todos esos autores empieza a divulgarse y a conocerse. Nunca en la medida suficiente, pero de tal modo que, cuando se recupera la democracia, no se parte de cero. Progresivamente se van cerrando brechas, llenando lagunas… hasta hoy, en que creo que se vive una situación de entera normalidad.
-Julián Marías parece un personaje mal comprendido por unos y otros. ¿La izquierda hoy no le perdona su españolismo y su catolicismo?
-Julián Marías siempre tuvo un discurso muy propio. Siempre fue fiel a sí mismo. Para mí fue fundamental a la hora de dedicarme a la filosofía. Yo venía de un colegio de curas, donde la filosofía era totalmente anafrodisiaca, y mi encuentro con él y con uno de sus libros fue determinante.
-Le veo a usted razonablemente optimista en cuanto al presente de la filosofía en español.
-Bueno sí, en cuanto al futuro de la filosofía en España, sí. No sé si razonablemente o no, pero soy optimista. Yo veo a mis alumnos, a los doctorandos, y creo que el nivel que tienen es parangonable al de los estudiantes de otras universidades europeas.
-Con anterioridad al siglo XX, ¿qué antecedentes reseñables encuentra en España en lo que respecta a la filosofía?
-No soy un historiador de la filosofía española, pero creo que en el siglo pasado hay figuras muy reseñables. Unamuno, Zubiri y Ortega realizaron una contribución muy importante. Y luego, personalmente, yo reivindico a un filósofo como Aranguren, que fue mi maestro. Creo en la filosofía española.
-Dirige usted aquí esta semana el curso «Occidente: razón y mal». ¿Le parecía necesario abrir un debate al respecto?
-A la vista está, ¿no? No hay más que asomarse a la ventana. El debate es antiguo, es verdad, pero hoy, en la caja de Pandora ni siquiera queda el consuelo de la esperanza. Sí, me parecía oportuno hablar del mal, pero el «mal» es una palabra que puede llevar a engaño. El mal es hoy algo muy concreto, es el daño que padecemos o el daño que causamos.