La Razón, 26/07/06 - Los sabios irán de dos en dos al infierno. Uno por decir gracias y el otro por reírlas. La sequedad intelectual de nuestra época quizás no sea cíclica, pero sí sistemática. Se han substituido los silencios de la reflexión por los foros de la opinión pública y nos estamos quedando sin concepto. Repetir no es malo si lo que se dice vale la pena. Cada día me llegan docenas de libros y cada día pierdo más amigos por regalárselos. Al final todos queremos una idea en la que pueda apoyarse todo. Cuando no hay síntesis, todo se vuelve complicado y la voluntad se debilita.
Nos hemos especializado en solucionar pequeños problemas y gestionamos la angustia de que algún día puedan llegar a ser grandes. Mientras, lo importante se nos escapa. Habita en cavernas a las que nadie quiere acceder por miedo a que se nos descubra en el papel de nuestra ignorancia. Citamos las citas de los demás que ya ni siquiera suenan a auténticas aunque vienen abaladas por ediciones críticas. El bostezo de una mula nos pone más en contacto con la realidad que los manuales de evasión en que se han convertido nuestros tratados.
Si hay alguien que tenga algo que decir que lo diga pronto, antes de que seamos arrastrados por la vorágine del pensamiento débil. Ya sólo leemos para saber que los demás saben tan poco como nosotros y de vez en cuando caemos en la cuenta de que sólo nos leemos a nosotros mismos. Hay quien incluso no da abasto para leer todo lo que escribe y sigue así enganchado a la cresta de la ola, en la marejada de los párrafos brillantes que provocan desolación cuando alguien los interioriza. Pensamos que pensamos cuando estamos pensando lo que otros piensan. Es un problema de humildad. De tomar el toro por los cuernos y partir de lo que ya sabemos cierto sin cuestionarlo por supuesto rigor intelectual que no es más que pose para que nos perdonen la vida. Está lo que tenemos delante y los artículos de la fe que lo iluminan. Si la Iglesia es Madre y Maestra, por qué pretender ir de sabios. A veces pienso en santo Tomás y que hubiera hecho en nuestro tiempo. De momento sólo sé, que de haber actuado como nosotros, en lugar de la «Summa» nos habría dejado «Las memorias de un mendicante napolitano». En librería de viejo, dos ejemplares a un euro.
David amado