Forum Libertas, 28/07/06
Domingo de Soto es uno de los principales autores de la escuela de Salamanca que floreció durante el siglo XVI.
Lejos de ser un autor dedicado únicamente a la docencia y al estudio su vida conoció múltiples facetas. Participó en el Concilio de Trento como teólogo, y además de ser catedrático en la prestigiosa universidad salmantina, ejerció como Prior en el convento de san Esteban.
Precisamente, ocupando diversos cargos en el convento, hubo de atender a los pobres en los años de malas cosechas. Eso le permitió un contacto directo con la realidad.
Por eso, cuando escribe su tratado en defensa de los pobres, que quiere ser enmienda a un documento anterior firmado por él sin la debida atención, no se basa sólo en su ciencia filosófica, canónica y teológica, sino también en su experiencia.
En 1540 una comisión, presidida por el Cardenal Tavera, había establecido una serie de medidas destinadas a la atención de los mendicantes. Entre estas se señalaba que los pobres no podían salir de sus tierras para pedir auxilio o, por ejemplo, que se había de examinar si los mendicantes cumplían con los preceptos cristianos.
Soto, que había dado su conformidad a esas disposiciones, después escribió este breve tratado porque, a su modo de ver, no se había reflejado bien lo que habían hablado. Sea como fuere el caso es que escribió un bello tratado que es una verdadera defensa de los más pobres. Muchas de las cosas que dice nos parecen de sentido común y verdadero sentido cristiano por más que, aun teniendo éxito la publicación, no se atendiera a todas sus enseñanzas en la legislación posterior del Reino.
La actualidad del escrito se ve en algunos puntos. Por ejemplo, Soto se opone a que se prohíba la mendicidad puerta a puerta dejando la asistencia en manos de una organización. A pesar de la diferencia de época, y de que hoy es más fácil crear organizaciones asistenciales, sus argumentos siguen teniendo fuerza.
Así señala que el fin principal de toda normativa es atender mejor a los pobres y no evitar la molestia que puedan causar a otros ciudadanos.
Insiste también en que siempre pedirá más convenientemente a sus necesidades el propio pobre que no quien lo haga en su nombre, además de que más fácilmente moverá el corazón de los demás si se le ve en estado de necesidad. Por otra parte, atendiendo a que la limosna busca remediar las necesidades corporales, Soto considera que no es procedente someterlos a exámenes doctrinales.
Esta breve obra, escrita por un gran autor, no sólo tiene la fuerza de los argumentos sino que encandila por la apasionada defensa que Soto hace de los más necesitados.