Forum Libertas, 29/07/06 - Cuando no se tiene fe todo se convierte en objeto de mofa, incluso lo más terrible. Por eso no es extraño que la coincidencia de ciertas fechas o algunos acontecimientos muevan a los incautos a la blasfemia y la broma.
El Anticristo, es decir el enemigo final de Cristo que vendrá a la tierra para intentar seducir a los hombres e impedirles la salvación (tema mucho más importante que el Ibex 35 o el índice Nasdaq), aparecerá en los últimos tiempos y, aunque finalmente será derrotado, impondrá su reinado durante un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo, lo que según los entendidos equivaldría a tres años y medio.
El cine y cierta novelística de baja estofa, más formada en el consumo de hierba que en el estudio de las profecías, ha pintado un Anticristo por lo general bastante feo y cruel.
Ciertamente será cruelísimo, pero su discurso se parecerá mucho más al que describe Hugo Wast, seudónimo de Gustavo Adolfo Martínez Subiría (lo del cambio de nombre fue todo un acierto), en las dos novelas publicadas ahora conjuntamente: Juana Tabor y 666.
Hugo Wast conoce bien los textos de la Sagrada Escritura y sus interpretaciones. Las páginas de estas dos novelas rezuman textos de Isaías, Daniel, los evangelios, san Pablo y el Apocalipsis.
Según esos textos, y la interpretación habitual, el Anticristo será un hombre capaz de seducir a las multitudes con un lenguaje de tolerancia y democracia. Parece que no se impondrá por el terror sino seduciendo a los hombres, como recuerda el Catecismo, al precio de la apostasía de la verdad. Lógicamente al final será derrotado, pero en el ínterin intentará marcar al máximo número de personas con su signo.
Es esta una novela apocalíptica. Novela y por lo tanto ficción, pero bien documentada. Y aunque todo lo que dice es opinión, confrontada en los textos, sin embargo resulta iluminadora y muy coincidente con lo que la Iglesia señala en su doctrina.
Hay fenómenos, también en nuestro tiempo, harto sospechosos y que parecen preparar la aparición de este personaje sisniestro cuyo único fin es destruir la Iglesia.
Como bien señala la novela, a través de algunos personajes, no faltarán eclesiásticos que antepondrán los valores democráticos a las verdades del Evangelio, ni quienes en nombre de una alianza de civilizaciones se opondrán a toda doctrina que se firme como segura y pretenda una salvación que esté más allá de este mundo.
El texto, acabado de redactar en 1941, tiene la limitación de los hechos históricos. En algunos puntos Hugo Wast arriesga demasiado. Por ejemplo al denominar a la extinta URSS como Satania. Pero más allá de lo anecdótico las líneas generales de la obra, dentro del marco de la ficción, me parecen clarividentes.
En los hechos de la historia hemos aprendido a descubrir un terror que se esconde en la máscara del progreso y de la tolerancia y que en nombre de las luces y la pacificación produce los mayores derramamientos de sangre y enturbiamiento de las conciencias.
Es una suerte que Homo Legens haya recuperado a este autor, que tuvo éxito durante mucho tiempo y cautivó a personajes como Unamuno, pero que en nuestra época (y no debe ser casual) había quedado relegado al olvido.