La Razón, 13/08/06 - Hay autores que te sorprenden si te asomas a su trayectoria profesional. Con Sarah Emily Miano experimenté esa sensación de sorpresa con su primera obra, «Enciclopedia de la nieve». Aquella misteriosa, exquisita y delicada espiral de historias de amor estaba escrita por alguien cuya experiencia profesional incluía actividades tan dispares, y apartadas del ejercicio de la literatura, como cocinera, investigadora privada o guía turística. Todo ello antes de cumplir los treinta años. El «curriculum» atípico fue completándose con un Master en Escritura Creativa bajo la dirección de W. G. Sebald, quien la consideró su mejor alumna, y la joven neoyorquina de Búfalo estuvo en condiciones óptimas de convertirse en una de las escritoras estadounidenses más originales del nuevo milenio.
«Rembrandt van Rijn», segunda y magnífica novela de Sarah Emily Miano, como «Enciclopedia de la nieve», también crece con el orden aparentemente desordenado de un «collage» en el que intervienen tres materiales diferenciados. Las peripecias de un escritor en ciernes que admira sin concesiones al maestro indiscutible de la pintura holandesa del siglo XVII, otorga coherencia al conjunto narrativo. Pieter Blaeu quiere conocer, a toda costa, al pintor encerrado en una misantropía de anciano arruinado. En ese empeño conoce a Clara de Geest, una joven rebelde ante las rígidas normas sociales y religiosas de aquella Holanda comercial, emparentada con Rembrandt. El joven Pieter Blaeu y el viejo Rembrandt entran en contacto de una extraña manera a la que no son ajenos el recelo de uno y el obsesivo interés del otro.
Una existencia marcada. Ahí se genera el segundo material en el «collage» narrativo: los capítulos de un supuesto texto autobiográfico redactado por Rembrandt en momentos clave de su vida. Sobre estos capítulos descansa todo el peso específico de una novela que hechiza desde la primera página por el tratamiento de los grandes actos (algunos de los cuadros más famosos) y de instantes íntimos de una existencia marcada por la muerte de los seres más próximos. Al final Rembrandt no identifica la felicidad con la fama o la riqueza, sino con los momentos compartidos con las personas queridas a las que, salvo su adolescente hija Cornelia, ha sobrevivido.
El material restante lo componen diversas visiones, fragmentos, poemas y relatos que, a través de una concepción fantástica o alegórica de la realidad, consiguen introducir otro matiz, luminoso u oscuro, en la globalidad del lienzo novelístico. En cualquier caso estos breves textos aportan una mayor riqueza en la línea narrativa. Entre los tres elementos se establece un equilibrio interno que hace del libro una obra singular y muy recomendable. Rembrandt fue el pintor que dominó la luz con su paleta, pero también fue uno de los mejores pintores de interiores. Y no me refiero a interiores arquitectónicos, sino a interiores humanos. En sus cuadros la luz se erige en aliada fundamental del artista para mostrar, en la expresión de un rostro, en el gesto de una mano o en la totalidad de una figura, todo el mundo psicológico del modelo.
Esta agudeza para captar y reflejar los caracteres le condujo a pintar una gran cantidad de retratos y autorretratos en los que expresa al primer golpe de vista todo lo que había detrás de una faz, y aún lo que había enfrente de ella, pues Rembrandt siempre dejó dicho lo que penaba de sus modelos. El amor que sentía por su esposa Saskia y, ya viudo, por Hendrickje, su amante y madre de los dos únicos hijos que consiguieron alcanzar la edad adulta, está patente en las pinturas que protagonizaron.
Igualmente, el amor de padre se manifiesta en los retratos que realizó a su hijo Titus, siempre con cierta tendencia a idealizar a un joven apuesto pero exactos en la interpretación de la bondad del hijo que llegó a tener a su cargo al padre en días aciagos de penuria económica. Pero no sólo expresó con precisión la personalidad de sus seres más allegados y queridos, sino que fue capaz de exponer la fatuidad, la intransigencia, el intelecto, la nobleza de espíritu o la incipiente locura en retratos unitarios, así como la efectividad en el trabajo («Los síndicos de los pañeros», 1662) o el concepto de heroísmo en la vida de la milicia, siempre dispuesta a defender la ciudad de Ámsterdam («La ronda de noche», 1642), entre los colectivos. Sin embargo, donde más profundizó fue en la interpretación de sí mismo. Sus numerosos autorretratos nos muestran, desde el joven pintor de Leiden, optimista y capaz de comerse el mundo, al hombre que se mira al espejo y le devuelve el reflejo desolado de alguien avejentado, a medias devorado por un mundo implacable que no supo controlar, pasando por la imagen alegre, pletórica y poderosa del pintor que a los treinta años había alcanzado la fama y la riqueza al ser el retratista más solicitado de Ámsterdam. Del mismo modo que Rembrandt exploraba y descubría el interior de sus retratados y escenas, así Sarah Emily Miano se interna por los pasadizos laberínticos del interior de Rembrandt para construir la figura colosal de un hombre sencillo y complejo a la vez, capaz de obsesionarse con la adquisición objetos raros (una de las causas de su quiebra económica, la otra fue el fracaso de sus negocios en ultramar), como de arrebatos de ternura infantil que le llevan en la ficción (¿quién sabe si en la vida real también?) a rogarle a Saskia que le deje probar la leche materna. Un laberinto que la antigua detective privada recorre indagando en la biografía del pintor, en la historia de la época y en las técnicas pictóricas empleadas, para concluir que «Rembrandt van Rijn» no es una biografía, ni una novela histórica, ni un tratado de pintura. Es todo eso y más. Es una novela en la que razón y pasión; realidad, ficción y fantasía; arte y ciencia avanzan de la mano para dar una visión deslumbrante, con sus luces y sus sombras, de un artista universal en el cuarto centenario de su nacimiento.
José Luis Charcán