BERLÍN 28/08/06 (La Razón) «Nunca fue mi amo, yo era tan fuerte como él». Así de contundente se mostraba ayer Natascha Kampusch en una carta leída por uno de sus psiquiatras. La joven que permaneció encerrada durante ocho años en una casa de las afueras de Viena sin tener contacto con nadie más que su secuestrador, asegura que no perdió su juventud y exige respeto.
Cinco días y cientos de rumores, crónicas y debates después de haber recuperado su libertad, Natascha ha querido exponer su perspectiva de lo ocurrido en una misiva abierta dirigida a los periodistas y la «opinión pública mundial». «Nunca le llamé mi amo, a pesar de que él lo quería», explica sobre el hombre que la secuestró cuando tenía 10 años y que se suicidó pocas horas después de que la joven lograra escapar. Wolfgang Priklopil se confundió si esperaba una rehén sumisa, apunta Natascha. «Hablando simbólicamente, él me llevaba en palmitas y me pisoteaba al mismo tiempo.
Miedo a la soledad:
Toda una adolescencia junto a su raptor han dejado huella. «Fue una parte de mi vida», reconoce al hablar de él, «su muerte no hubiese sido necesaria en mi opinión; un castigo no habría supuesto el fin del mundo». «En cierto modo, me apena su desaparición», admite Natascha, quien siempre tuvo «miedo a la soledad» durante su encierro.
Como ya habían explicado en los últimos días los especialistas que le atienden, la joven evita presentarse como una víctima. «Es cierto que mi juventud es diferente a la de otros, pero no tengo la sensación de haberme perdido algo», explica.
«He podido ahorrarme algunas cosas, no he empezado a fumar o a beber y tampoco he tenido malas amistades». Una lógica aplastante que hace dudar si la joven cuenta con un extraordinario instinto de supervivencia o padece un profundo síndrome de Estocolmo que le lleva a identificarse con su captor.
En la carta leída durante una conferencia de prensa por el psiquiatra Max Friedrich, subraya que «me he convertido en una joven mujer interesada por la cultura y con necesidades humanas». Y demuestra que el horror puede convertirse con el tiempo en cotidianeidad. «Mi vida transcurría normalmente, de forma ordenada. Desayunábamos juntos, porque él casi nunca trabajaba, hacía mis tareas, leía, veía la tele, cocinaba, así durante años».
Años en los que apenas abandonó un minúsculo cubículo subterráneo sin ventanas que ella misma ayudó a decorar después del secuestro. «Era mi cuarto y no está destinado a la opinión pública», destaca en lo que parece ser una reprimenda ante las fotografías publicadas del «zulo».
Natascha puede entender la expectación y «lo atemorizador que resulta pensar que algo así es posible», pero exige acto seguido respeto y advierte a todo aquel que sobrepase las fronteras de su privacidad «que se prepare».
«Quizás lo cuente algún día»
A los periodistas, la joven les recuerda que «a nadie le incumbe» su intimidad. «Quizás se lo cuente todo algún día a un psicólogo o quizás no», concluye Natascha después de que en los últimos días se especulara si fue víctima de abusos sexuales o mantuvo relaciones consentidas con su captor. La austríaca, que continúa atendida por los psicólogos en un lugar secreto y podría trasladarse pronto a un piso tutelado, quiere despejar dudas sobre supuestos cómplices. Priklopil lo hizo todo solo, asegura la joven. Si es cierto lo que dice, fue él quien adquirió la furgoneta blanca en la que introdujo por la fuerza a Natascha a la salida del colegio.
Las investigaciones policiales parecen apuntar también en la misma dirección. No existen por el momento indicios que inculpen a la madre, ni el mejor amigo del secuestrador, las dos personas con las que Priklopil, un hombre extremadamente reservado, mantenía contacto regular. En la carta abierta Natascha también tiene palabras de consuelo hacia ambos. «Siento compasión hacia la madre de Wolfgang, puedo entender en qué situación se encuentra», comenta.
La odisea terminó cuando Natascha aprovechó un descuido para escapar. Ahora, la joven austríaca sólo quiere un periodo de tranquilidad: «Dejadme tiempo hasta que yo misma pueda contar lo ocurrido».