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El Testigo Fiel
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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Un nuevo curso: educar, educar y educar

5 de septiembre de 2006
Provocar para sembrar algo fundamental, la curiosidad intelectual

Forum Libertas, 05/09/06 -

Empieza un nuevo curso escolar. He aquí una nueva posibilidad, una ocasión para transmitir lo aprendido y comunicar lo sabido a los más jóvenes. Después del interludio del verano, las aulas se vuelven a llenar de vida y en ellas tiene lugar ese intercambio de palabras y de gestos que es, en esencia, la educación.

Empieza un nuevo curso y los profesores debemos combatir dos viejos fantasmas: la rutina y el desánimo. El primero nos lleva a la reiteración de lo mismo, a la reproducción mecánica de nuestra acción, vaciándola de su genio creativo y creador. El segundo nos conduce al desaliento, al escepticismo, a contar los días hasta el primer puente de octubre. Demos una oportunidad a nuestros alumnos; démonos una oportunidad a nosotros mismos.

La importancia de la educación en la vida y a lo largo de la vida es clara. Educar es saber pensar para saber ser y para saber hacer. Pero, ser y hacer no es tarea fácil, de ahí que la verdadera educación deba consistir en mejorar la inteligencia y en aprender a pensar como medio para ampliar nuestra mente y superar el aquí y el ahora compatibilizando el desarrollo de habilidades prácticas con los conocimientos y la crítica.

Sin conocimientos y sin crítica, el alumno se encuentra a la intemperie e inerme ante las continuas manifestaciones demagógicas que aparecen por doquier en esos otros educadores que son hoy los medios de educación de masas. No subestimemos, pues, nuestra labor como profesores. Queda mucho por hacer y nadie lo va a hacer en nuestro lugar. La tarea es titánica, pero debemos confiar en nuestras capacidades, experiencia y empeño. También tenemos que confiar en que algo de lo que vamos a transmitir va a calar en nuestros alumnos y que, al final, nuestro esfuerzo no habrá sido en balde.

Los conocimientos que se crean y se transmiten a través de la educación, desde la escuela hasta la Universidad, tienen que estar destinados a mejorar la vida humana, a transformar el sistema de valores que la sustenta, a hacer a cada uno de nosotros personas más equilibradas, responsables y solidarias. Tenemos que poner el conocimiento al servicio de la vida. Debemos confiar en que las ciencias del espíritu nos ayuden a vivir mejor y a revivir los contenidos que transmiten, haciendo posible que, el que los recibe, los incorpore a su ser.

Más allá de los manidos debates sobre el fin de la educación y la corresponsabilidad de padres y escuela en esta labor, no podemos olvidar jamás que el ámbito de la educación es el de la verdad y no el de la obediencia; es el de la libertad y no el del miedo; es el de la apertura y no el del fanatismo; es el del conocimiento y la crítica y no el de la superstición y el dogmatismo; es el de los valores democráticos y no el del autoritarismo y la discriminación.

La vida escolar debe ser algo que apasione, que entusiasme, que encante. Sabemos lo difícil que es todo eso. No podemos convertir la escuela en un parque temático, ni en un circo para entretener a los niños, mientras sus padres trabajan. Debemos dignificar moralmente a la escuela, convertirla en un ámbito de labor, de construcción de civilización, de desarrollo del sentido de la responsabilidad. Tiene que ser ese lugar donde cual descubra su vocación, su misión en este mundo, donde cada persona aprenda a ser quien verdaderamente está llamada a ser.

El primer acto de la moralidad superior -dice Fichte- consiste en apoderarse del propio destino y no querer ser otra cosa que aquello que yo y sólo yo, puedo ser. Lo que yo y sólo yo, debo ser. No querer más que aquello que realmente se quiere. En esto consiste la máxima genialidad, esto es, el señorío inmediato del genio. Y, por el contrario, querer ser algo distinto para lo que estamos destinados, aunque en apariencia sea algo grande, es la máxima inmoralidad. Lo propio de la vida educativa es, pues, despertar la vocación, el deseo de ser uno mismo, la tarea de estar cada uno en lo suyo.

Lo importante no es sólo qué materias se explican, sino cómo se enseñan. El cómo que se podría resumir en dos palabras: amor y provocación, que diría Juan de Mairena. Amor a los alumnos para que la palabra penetre hasta lo más hondo de su alma y haga surgir sus propios pensamientos; provocación para sembrar algo fundamental: la curiosidad intelectual. No se trata de convertirse en un histrión, ni intentar gustar a los alumnos. La cosa no está en llegar a ser el típico colega, ese profesor simpático que deambula por los pasillos y viste à la page. Lo fundamental es amarles de verdad, luchar por ellos, entregarse en el aula, sudar la camiseta. Eso es, a fin de cuentas, lo que el alumno reconoce y estima de un verdadero profesor. Seriedad, trabajo y entrega.

Los profesores de a pie deberíamos aspirar a ser maestros de verdad. Un maestro de verdad siempre tiende a potenciar la originalidad de cada uno de sus alumnos; nunca busca y se complace con que imiten su modelo de pensar, de hablar, de escribir. Un maestro de verdad no aparece en el aula pensando en el timbre liberador, ni ejecuta su lección como un cuento ya sabido, sino que crea en medio de ella y convierte ese acto en un acto único, lleno de valor, imposible de repetir. En él pone su vida, su voluntad, su ser.

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