Foru, Libertas, 27/09/06 -
La “conciencia misionera” de la Iglesia a partir del s.XVI condujo a muchos hombres a entregar su vida, a veces hasta el martirio, por esta arriesgada empresa. Muchos eran los que se enrolaban en las embarcaciones que cruzaban el Atlántico, camino del Nuevo Continente, pero no fueron menos los que, siguiendo antiguas rutas comerciales, se encaminaban hacia los lugares más recónditos del Extremo Oriente.
Este es el caso del jesuita italiano Mateo Ricci (1552 – 1610) que, habiendo manifestado a sus superiores sus deseos de ir a las misiones, fue destinado a las Indias Orientales con 25 años. Si exceptuamos las descripciones de los viajes de Marco Polo, Ricci llegaría a ser el primer sinólogo (estudioso de la cultura china).
La ciencia como instrumento evangelizador
Mateo Ricci fue alumno del P. Clavio en el Colegio Romano, aprendiendo matemáticas y astronomía de labios de uno de los mejores maestros del siglo XVI.
Una vez en tierra de misión, estando en Macao, se aplicó con esmero al estudio del chino, y tiempo después conseguía entrar en China para predicar el Evangelio. Una vez allí compuso el primer catecismo en chino de la historia.
Sus años junto al P. Clavio fueron de inestimable valor, ya que sus conocimientos de matemáticas y astronomía le hicieron ganarse el favor de los mandarines y la libertad para predicar durante un tiempo, hasta que se le expulsó.
Ricci lo siguió intentando. Consiguió llegar a presentarse ante el emperador, ataviado con el hábito de bonzo budista. Se ganó al emperador y a toda la nobleza gracias a la exposición de sus conocimientos científicos y de su fe, una fe que en todo se mostraba conforme con las enseñanzas de la ciencia. Llegar a ser el matemático de la corte le permitió actuar como evangelizador.