La Razón, 16/11/06 (España) - Prescindir de Dios. Negar a Dios. Peor: intentar arrebatarlo del corazón de los creados ilusionadamente por Él. Esfuerzo inútilmente repetido a lo largo de los siglos, pues el volcarse de Dios hacia los hombres no ha tenido límites ni en donación ni en tiempo. «Estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin de los tiempos». Él está presente en la creación entera y en muchas presencias multiplicadas y cercanas tras la encarnación del Verbo. Como cristiano y como sacerdote le he visto en muchas personas y lugares. Pero no tendría fin relatar el haberle visto y cómo en las montañas.
Allí, como en pocos lugares, la grandeza y la belleza de quien lo creó es un sentimiento avasallador que invade al montañero creyente, que se pregunta cómo se puede estar ante esas obras admirables de Dios sin que ellas lleven a presentirlo allí mismo. Se abre uno hacia la adoración, ante quien creó lo que se abre, inmenso ante nuestros ojos.
Como a todo creyente, me entristece el olvido del Buen Dios, pero, quizás más, el esfuerzo inútil, dada la promesa de Jesús de «estar con nosotros», pero dañoso, de quienes, de algún modo, pretenden inducir a las personas a la increencia. Dijo De Lubac, «los racionalistas de toda ralea les dan a los hombres piedras en vez de pan».Pero quien cree quiere dar pan a los espíritus, aunque sabe que todo lo fuerte, lo urgente penetra en el hombre a través de resistencias.
Ni podemos pensar que la predicación cristiana deje de ser «locura» y «escándalo» a los ojos del mundo, porque el cristianismo debe engendrar santos, es decir, testigos de lo eterno. Pero lo hace en un mundo en el que hace ya quinientos años el Maestro Eckhart avisaba que «la gente no debería reflexionar tanto en lo que tiene que “hacer”, sino más bien soñar con lo que debe “ser”». Lo cual no es un antídoto contra la acción, pues el hombre de acción debe hacer suyo el deseo del «ser» más que ningún otro.