Análisis Digital, 01/12/06 (España).
Turquía es hoy un país abrumadoramente musulmán. Sin embargo, ello no nos debe hacer olvidar que
este país fue la puerta de entrada del cristianismo a Europa. A Pablo de Tarso, judío nacido en la
actual Turquía, debemos los europeos nuestro encuentro con Cristo, así como el nombre de cristianos.
Ésta es sólo una parte de las raíces que Benedicto XVI y Bartolomé I han compartido en la vieja
ciudad de Bizancio, la otra Roma, hoy llamada Estambul. En esta ciudad, han firmado hoy una
declaración conjunta, a la que deberá seguir un intenso trabajo teológico.
Ha transcurrido casi un milenio desde que el Cisma de Oriente quebrara la unidad de los católicos.
Las circunstancias históricas que llevaron a la ruptura están superadas y ello hace más fácil el camino
que debe llevar a la comunión eucarística. Mientras llega el día, católicos y ortodoxos deben
empeñarse en cumplir con la misión que les ha sido encomendada: proclamar el Evangelio de
Jesucristo a un mundo secularizado en el que acampan el relativismo y el nihilismo, anunciar el valor
sagrado de la vida humana y defender la integridad de la Creación al servicio del hombre.
Los cristianos responden a este desafío abriendo la cultura a las verdades cristianas. Ésta es su
aportación al mundo en el que viven y al que le piden el reconocimiento y garantía efectiva de la
Libertad Religiosa, así como la defensa escrupulosa de los derechos de las minorías culturales y
religiosas.