Análisis Digital, 01/12/06 (ABC) - EL viaje de Su Santidad Benedicto XVI a Turquía se ha cerrado con un balance que no invita al optimismo sobre el futuro de las relaciones entre el Islam y occidente. Nada de esta fría expectativa se deberá a la actitud del Papa, quien no ahorró gestos de concordia y aproximación a las autoridades religiosas turcas. La visita de Benedicto XVI a la espectacular Mezquita Azul, acompañado por el Gran Muftí, y el minuto de recogimiento que observó en dirección a La Meca, representan una muestra de la extraordinaria delicadeza del Santo Padre hacia el mundo musulmán y su voluntad de erradicar cualquier discordia entre las dos principales religiones del mundo. A pesar de este empeño del Santo Padre, el viaje no ha podido evitar el contagio del ambiente políticamente frío y socialmente indiferente, cuando no hostil, con el que fue recibido y acompañado hasta su despedida. Es evidente que el primer ministro turco, Recep Tayip Erdogán, cambió su decisión de no recibir al Papa sólo para limar la mala imagen que su negativa inicial había causado en Europa, precisamente mientras se recrudecía la oposición de buena parte de los países de la UE a la entrada de Turquía mientras no acredite un mayor desarrollo de los derechos individuales y las libertades públicas, aparte de otros cambios en su política exterior, como la que afecta a Chipre. Sin embargo, el propio oportunismo de los pocos minutos dedicados al Santo Padre y la propaganda posterior para aprovechar el supuesto apoyo vaticano a la entrada de Turquía en la Unión Europea, sólo han aumentado el escepticismo sobre la idoneidad de este ingreso. Mal ha gestionado esta ocasión quien se precia de ser copatrocinador de una Alianza de Civilizaciones, altamente improbable a la luz de este viaje.
El Vaticano aclaró que el viaje del Santo Padre iba a ser «pastoral, no político». Pero también era cierto que la estancia del Papa iba a medir valores que en cualquier democracia que se precie han de reputarse políticos, como la cordialidad diplomática o la tolerancia con las minorías religiosas. Si en lo primero Turquía no puede hacer un balance favorable -a pesar del ingente esfuerzo policial para garantizar la seguridad del Papa Benedicto XVI-, en lo segundo, el viaje papal ha mostrado el largo camino que le queda al Estado turco, a pesar de su laicismo oficial, para establecer un marco político y jurídico en el que se respete una de las primeras condiciones de los sistemas democráticos: la libertad religiosa. En el caso de que una autoridad religiosa musulmana de rango similar a la del Papa -inexistente desde la abolición del califato en 1923- hubiera precisado en su viaje a un país europeo del mismo dispositivo de protección que el aplicado por las autoridades turcas en estas cuatro jornadas de visita papal, sin duda ese país estaría tachado por la intolerancia y el radicalismo. Es cierto que las manifestaciones de oposición al Papa han contado con escaso respaldo popular, lo que demuestra, una vez más, que la intransigencia islamista es patrimonio de una clase religiosa dirigente y de determinados sectores políticos. En cualquier caso, tampoco el programa del viaje habría facilitado protestas masivas, al haberse limitado a actos con grupos reducidos y visitas en recintos cerrados.
Lamentablemente, el motivo ecuménico del viaje del Papa ha pasado a un segundo plano, aun cuando el impulso a la reconciliación entre Roma y la Iglesia ortodoxa era una prioridad de Benedicto XVI, como se pudo comprobar durante su encuentro con el Patriarca Ecuménico Bartolomé I. No pudo ser más sincero el Papa al afirmar que «las divisiones de los cristianos son un escándalo para el mundo». Sinceridad dramática porque esta separación sigue siendo un trauma para el cristianismo, casi un milenio después de producirse el cisma. Y, al mismo tiempo, generosidad ecuménica por parte del Papa al no basar su acercamiento a la Iglesia ortodoxa en la arrogancia o la altivez.