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El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

La poesía mística y su actualidad

9 de diciembre de 2006
MADRID, sábado, 9 diciembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo escrito por Santiago Acosta Aide, secretario del Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística sobre «La poesía mística y su actualidad».

El Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística, convocado en su XXVI edición, nos incita de nuevo a unas reflexiones sobre la poesía mística. Importa señalar la vitalidad de lo que puede considerarse ya como un género poético con derecho propio, siendo como es, por otro lado, una manifestación literaria de larga prosapia. La pervivencia de la poesía mística, dentro del marco más general de la literatura de signo espiritual, no es fruto de la casualidad. Hay algo en la poesía que la hace especialmente apta para transmitir la vida mística.

Pedro Sainz Rodríguez, en su conocida «Antología de la literatura espiritual española» (Universidad Pontificia de Salamanca, Madrid, 1980), declaraba que «la espiritualidad ascético-mística no puede encerrarse en los tratados especiales de Teología mística o libros sobre la oración. La espiritualidad, ya ascética, ya mística, se derrama como una inundación a través de los sectores más diversos de la literatura religiosa» (p. 9), y a continuación se refería a los moldes literarios más variados en los que se ha vertido toda esa producción ascético-mística: sermones, cartas, comentarios exegéticos, vidas de Cristo y la Virgen, hagiografías, confesionarios, tratados de piedad. Curiosamente, se olvidó de mencionar la poesía mística. Que la poesía mística no es solo ornato verbal con vibraciones de emoción espiritual, sino también contenido teológico lo demuestran los comentarios que San Juan de la Cruz escribió sobre sus grandes obras.

La poesía mística busca, entonces, poner en clave estética la experiencia unitiva de amor con las personas divinas. Con ello podemos inferir que en este género literario pueden analizarse dos niveles expresivos: el de la vivencia interior y el de la composición lingüística. Se podrá señalar que ambos niveles están presentes en toda obra poética. Es cierto, pero en la poesía mística, cobran un protagonismo especial, que hace que la poesía mística siempre «diga algo más». Y como sucede en toda poesía, la autenticidad de lo que se dice queda cifrada en la originalidad y prestancia con que el poeta logra plasmar ese contenido en las formas poéticas.

Esto es así porque, si la poesía mística no acertase a comunicarse con suficiente pericia literaria, tampoco el contenido semántico quedaría adecuadamente plasmado para el lector. Y aquí radica la razón por la que el autor ha escogido la poesía (y no todas aquellas otras opciones de escritura que Sainz Rodríguez enumeraba más arriba): asociar a la belleza de la vida mística, la belleza de la lengua poética. La condición de la obra estética es ineludible: fondo y forma no son dos capas adheridas y superpuestas, sino que el fondo hace la forma, y la forma determina el fondo. Si esto es generalizable respecto de toda obra literaria, mucho más en la poesía mística.

Es por eso por lo que este género poético se resiste a asimilarse a las modas literarias. No queremos con esto decir que la poesía mística no se renueve permanentemente, alimentándose de nuevos cauces expresivos y técnicas compositivas, sino que el poeta místico, en su urgencia de ser fiel a la vida, no puede rendirse sin más a la corriente artística de turno. Su originalidad no está en auparse al vagón de las avanzadas poéticas, sino en lograr vencer la resistencia del lenguaje para transmitir con autenticidad el acontecimiento de su vivencia interior.

Un falso supuesto que puede crearse en lo que decimos, es que basta con tener una emoción espiritual para escribir poesía mística. Desde luego que todo el mundo tiene derecho a escribir lo que quiera, y a nadie le falta una emoción trascendente. Pero la simple emoción no da para producir verdadera poesía y verdadera mística. Los poetas saben que la composición es fruto de un largo quehacer artístico, que labrar un estilo propio es fruto de un arduo trabajo. Asimismo, la verdadera vida mística debe tener el signo de la perseverancia y el recogimiento. Así como la inspiración no se da al artista perezoso, la gracia de la vivencia espiritual no la alcanza el hombre disgregado e inconstante.

Aquí estriba el valor testimonial y necesario de la poesía mística. Al hombre de hoy, arrastrado por el afán consumista, agobiado por el ritmo desenfrenado de la sociedad moderna, hipnotizado por el despliegue visual de los medios de comunicación y la plástica subyugante del mercadeo publicitario, la poesía mística le invita a entrar en sí mismo, a sintonizar con un mensaje que no está hecho de artificios, a serenarse y contemplar. A la sensibilidad cultural moderna, atraída por los mensajes fragmentarios, por las propuestas conceptuales rebajadas, por todo lo que lleve la marca de la declinación del hombre como sujeto, la poesía mística supone un aguijón en la conciencia, un recordatorio de que lo que más vale la pena siempre acontece en el encuentro y la comunicación entre personas.

Ese «yo» del poeta místico es el sujeto lírico renovado por el contacto con el sujeto trascendental. Fernando Rielo afirma en su pensamiento metafísico que no hay ninguna noción que, distinta a la de persona, defina a la propia persona: una persona se define por otra persona. Las personas divinas se definen entre sí, y la persona humana es definida por la presencia inhabitante de las personas divinas en el espíritu creado. El frescor de este encuentro de personas, del místico con Dios como Padre, como Hijo o como Espíritu Santo (en la poesía cristiana) es el núcleo generador de esa potencia extática que da paso a la poesía mística, y a la ascesis compositiva. Este encuentro es siempre de amor, un amor que transita muchas veces por el dolor, por la soledad, el abandono, la aspereza… pero todo eso en un estado de «aflicción enamorada», parafraseando a uno de nuestros grandes clásicos.

Ese yo lírico es el de la mejor estirpe. Lejos del histrionismo del personaje, el yo de la poesía mística nos lleva al territorio dialogal con el tú divino que dilata la visión de una humanidad necesitada de poesía y de vida. En el encuentro con Dios, el poeta halla su voz y encuentra el camino seguro de su discurso:

No existe mundo en mí ni sé si ayer lo tuve

abierto a mis sentidos: nada afirmo de mi alma.

No sé qué me ha pasado. ¿Será vacío en calma?

¿O es tu sangre en mi sangre que en sacramento obtuve?

Mi mundo es otro mundo: de amor en amor sube

con alta en alta pena que amor descalzo ensalma.

Mi coagulado ayer, del cielo será palma.

Cierto de mi ventura, cúbreme última nube

[…]

(Fernando Rielo, «En las vírgenes sombras»)

En definitiva, si la poesía mística no pasa nunca, su vigente actualidad cobra hoy un perfil más acentuado. El mérito del Premio Mundial de Poesía Mística es el de poder dar cauce a este género poético que no vive de las rentas pasadas, sino que se encuentra anclado en la entraña mística que todo ser humano lleva en su asendereado transitar por este mundo.

Santiago Acosta Aide

Secretario del Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística

fuente: Zenit
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