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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
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Sarajevo era un gran hospital

2 de enero de 2006
A esas ruinas viajaban sus antiguos habitantes ese día en varios autobuses, incluso desde Croacia, para reunirse, celebrar una misa en el campo, comer y bailar, y escuchar, una vez más, de parte del obispo, la necesidad de que volvieran.

Alfa & Omeega, 02/01/07 - Grbavica es el título de una emocionante película recientemente estrenada en España, ganadora del Oso de Oro del Festival de Berlín. Cuenta la historia de una niña, hija de mujer violada, y de su madre. Es una más de las muchas que se podrían recordar de la guerra de Bosnia y del cerco de Sarajevo (1992-1995). Mi trabajo de ayuda a niños víctimas de minas, dentro de un programa del Servicio Jesuita a Refugiados, me dio ocasión de acercarme algo a esa realidad.

Grbavica es el nombre de un barrio de Sarajevo, prácticamente el único del centro ocupado por los serbios, donde pasé varios meses en 1998. Viví, junto con varios jesuitas de diversos países europeos, en una casita junto a una pequeña capilla católica de la ciudad, necesitada entonces de protección militar día y noche. Durante la guerra, había sido saqueada -como todo el barrio-, y hasta libros de nuestra biblioteca se vendían poco más tarde en algún mercadillo de Belgrado.

Heridas abiertas

Dicen que las posguerras son casi tan malas como las guerras. De hecho, fue tras la guerra cuando aparecieron en muchos habitantes de Sarajevo enfermedades físicas y psicológicas reprimidas anteriormente. Dolores crónicos producidos por metralla, que taran para siempre, olvidos frecuentes, falta de concentración, ensimismamiento, cambios de carácter, deseos de suicidio... eran algunas de las más comunes. A pesar de que ya no había tiros, la ciudad, por dentro, continuaba siendo un gran hospital. Todos habían contemplado atrocidades durante cuatro años y, de un modo u otro, habían quedado tocados. Allí conocí a la madre de uno de nuestros niños, Dino, que había intervenido como extra en otra película sobre Bosnia, El círculo perfecto, de Ademir Kenovi (1996). Rodando una escena, en la que ella advierte a su hijo de un peligro, se desmayó de verdad mientras gritaba su nombre. A mi intérprete, por otra parte, le cambiaba la cara siempre que pasábamos junto al mercado en el que había muerto su amiga.

Visité a unos 40 niños y a sus familias, en Sarajevo y otras partes de Bosnia, varias veces a lo largo de esos meses. De entre los 200 que atendíamos, un 55% eran bosniacos (musulmanes), un 39%, serbios, y un 6%, croatas. Solamente estos últimos eran católicos. Correspondían casi exactamente al 5% de católicos que vivían en Sarajevo en 1998, junto a un 95% de musulmanes. Orgullosa de que sus sacerdotes y religiosos nunca cogieran las armas durante la guerra -tal como nos aseguró personalmente el cardenal Puljic´ -, esta Iglesia se esfuerza ahora por salir de su desolación.

Muchas familias no eran de allí. Ocupaban una casa de una familia desplazada, y la suya se encontraba ahora, probablemente, en territorio de la República Srpska (parte serbia de Bosnia-Herzegovina), adonde no era fácil regresar. En 1998, la mitad de los católicos que había en Bosnia en 1992 (unos 820.000) se había ido ya del país. Una de las experiencias más impresionantes fue participar de la fiesta local de un pueblecito totalmente arrasado por la guerra, Borovica, que, en su tiempo, había dado hasta trece vocaciones a la Compañía de Jesús. A esas ruinas viajaban sus antiguos habitantes ese día en varios autobuses, incluso desde Croacia, para reunirse, celebrar una misa en el campo, comer y bailar, y escuchar, una vez más, de parte del obispo, la necesidad de que volvieran. Un programa de reconstrucción había comenzado poco antes. Pero, hasta hoy día, muy pocos lo han hecho.

200 millones de desplazados

Precisamente, esta realidad de los desplazados internos es probablemente ahora la preocupación principal del Servicio Jesuita a Refugiados (www.jrs.net ), porque viven en el país que tiene el problema que les ha obligado a desplazarse, un país que no les protege. Se ha añadido a la ya antigua inquietud por los solicitantes de asilo y los mismos refugiados. Hoy día, hay 200 millones de personas en movimiento, de las cuales 50 millones son refugiados-desplazados forzosos.

La película Grbavica denuncia una de las muchas barbaridades que se causan en una guerra como la de Bosnia. Han seguido ocurriendo después, como cuando lugares ya limpios de minas han sido de nuevo minados en tiempo de paz, para sorprender a los enemigos. Aunque, gracias a Dios, la mayoría ya se cansó de luchar.

El barrio de Grbavica recuperó hace tiempo sus partidos de fútbol en el estadio de uno de los dos grandes clubes de la ciudad. Sus calles ya no provocan pinchazos en las ruedas de los coches, y se puede jugar en la hierba. Los nuevos habitantes se van asentando. Pero pasar página -como confirman los resultados de las recientes elecciones en Bosnia- lleva mucho tiempo. El trabajo del Servicio Jesuita a Refugiados allí es una pequeña presencia y ayuda que sirve para acompañar el camino y la esperanza de una posguerra.

Pascual Cebollada, S.J.

Fotograma de Grbavica

A ras de tierra

El Servicio Jesuita a Refugiados, creado en 1980 por el español Pedro Arrupe (1907-1991), entonces Superior General de los Jesuitas, procura ayuda actualmente a medio millón de refugiados y desplazados en 57 países. Primero fue el éxodo de los boat people de la antigua Indochina y sus campos de minas, pero luego han ido viniendo las realidades de diversos conflictos en Centroamérica, en África o en los Balcanes (igualmente en campos con refugiados serbios).

El SJR cuenta, como colaboradores habituales, con unas mil personas: más de 800 laicos, 100 religiosos y 80 jesuitas. Y con unos 4.000 refugiados que también ayudan; algunos de ellos, de religión no cristiana. En sus 26 años de existencia, seis de sus trabajadores fijos han sido asesinados.

Su lema se expresa en tres verbos: servir, defender (sus derechos, darles voz, denunciar) y acompañar (con escucha y ayuda psicológica). El área de trabajo es, además de la religiosa, la social y la educativa; unos 160.000 refugiados reciben algún tipo de educación. Como organización relativamente pequeña, manejable, ha elegido ir donde otros no estén ya, siempre y cuando sea realmente necesario. Su deseo de acompañar los procesos -no sólo de proporcionar ayudas puntuales- le lleva a un trabajo a ras de tierra y a meterse más en la vida diaria de la gente.

P.C.

fuente: Alfa & Omega
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