Análisis Digital, 02/01/07 - Mientras los demás encendíamos velas y buenos deseos, los bomberos se pasaron la última noche del año buscando a los dos ecuatorianos desaparecidos entre los cascotes, ayudados por sus hermosos perros que también tienen el color de las llamas. Las tareas de desescombro durarán varios días, ya que se han roto muchas cosas, aunque la más lamentable sea el destrozo del 'alto el fuego'. Junto a los cascotes hay trocitos de esperanza. Algunos no nos acabábamos de creer que los contumaces terroristas etarras cambiaran de conducta. Quizá el pesimismo sea una deformación óptica que nos hace ver las cosas como realmente son. No padece de esa dolencia el presidente del Gobierno, que ve todo como a él le gustaría que fuera. El pobre hombre sigue sin escuchar a los que no confían en que sea posible un entendimiento con la banda sin contraprestaciones desmesuradas, pero ha tenido que oír el estruendo de los 200 kilos de explosivos que llevaba la furgoneta.
Por lo demás, el año termina marcado por las guerras de Líbano y de Irak, donde han hecho de Sadam, que era un asesino, un mártir. Un año calamitoso, como todos ¿Por qué iba a ser el 2006 una excepción? Ha pasado lo de siempre, con la única variante de que se ha muerto gente que no se había muerto nunca. Entre los que han partido con rumbo desconocido lamento la ausencia de personas que conocía, como mi compañero Cándido, Rocío Jurado, Zarra, Miguel Fisac, Juan de Ávalos... Hay gente que se muere y otra que se nos muere. No es lo mismo. Que hayan fallecido Pinochet o Alfredo Stroessner no es deplorable. Ninguno de los dos ha sido un malogrado. Ambos vivieron mucho y mataron bastante. Cuando empieza un año se hacen proyectos, olvidando que la vida no cambia aunque intentemos cambiar de vida. No se deja y exige retirar todas las mañanas algunos escombros del día anterior.
Manuel Alcántara