La Razón, 18/01/07 - Perder el alma es una expresión bastante habitual para expresar la condenación. Pero no me refiero a esa pérdida, sino a otra más radical: perder la idea del alma. Los monstruosos inhumanismos de la primera mitad del siglo XX, como la dictadura soviética, el Nacismo y la Segunda guerra Mundial, entre otros, condujeron a la crítica del racionalismo contemporáneo. El porqué del fracaso de la razón es consecuencia de un tipo de razón que pretende ser «la razón». Pero que no es sino la «razón instrumental», o positivista, o subjetiva. Se propone unos fines que considera indiscutibles (raza, partido, capital, ideología) y que se anteponen a que los fines y los medios sean humanos o inhumanos. Consecuencia: la racionalidad se hace subjetiva, ordenada a intereses de grupos.
Pero además el positivismo convierte la ciencia en poder, voluntad de dominio, de control, sobre la naturaleza y los hombres. El mito de la ciencia omnipotente y omnisciente. Omnisciente no sólo porque pretenda saber todo, sino porque elimina lo que no se puede encerrar en ella. Ella niega la religión. No se invoca a Dios, sino a los científicos, a los técnicos, a los datos, a la experimentación. Los hombres se convierten en cosas, porque se consideran objeto de dominio, son un «no-yo».
Lo que da valor único, trascendente y responsable a cada persona es la idea del alma. Sin ella, la persona no es sino individuo de una especie, miembro gregario sin autonomía y sin rostro de una sociedad de iguales. No de iguales en derecho, dignidad, etc, sino iguales porque indiferenciados, porque se ha matado la razón de su originalidad e irrepetibilidad, y no son sujetos de derechos y deberes inalienables. Y todo ello, porque, como afirmó el profesor Carlos Valverde, «en la sociedad racional y tecnicista, la religión y la filosofía carecen de interés porque no son útiles».
Para quienes detentan o quieren detentar el poder político no son útiles, porque proponen un ser humano no manipulable, con convicciones y valores que motivan su vida. Pero quienes pretenden un tipo tal de personas y sociedad no carecen de una concreta idea errónea del hombre, que intentan crear.
Card. Ricardo Mª Carles