Forum Libertas, 24/01/07
Isabel de la Trinidad (1880-1906) fue definida por Juan Pablo II como “Un testigo resplandeciente de la alegría de estar arraigados en el amor”.
Isabel Catez fue una mujer especialmente tocada por Dios. Ya en su Primera Comunión, con 14 años de edad sintió que debía entregarse totalmente a Él. No lo hizo inmediatamente, sino que hubo de esperar al 2 de agosto de 1901.
En el entremedio había llevado una vida no mundana, pero sí con las alegrías propias de la juventud. Dotada de una singular belleza y sensibilidad Dios la quiso para sí en el Carmelo. Permaneció allí pocos años. Como tantas otras almas escogidas dejo pronto este mundo.
La experiencia de sor Isabel es poco conocida. Aunque sus obras están publicadas en castellano en excelentes ediciones es posible que, a primera vista, resulte la suya una doctrina excesivamente elevada. A pesar de ello, a los pocos años de su muerte empezó a tener amplia difusión y muchos se beneficiaron de sus escritos. Aquello pasó y hoy es difícil encontrarla ni tan solo citada. Sin embargo la suya es una enseñanza exquisita que sólo gustándola un poco ya eleva el alma.
Isabel de la Trinidad sintió la presencia de Dios en su alma. Es una verdad de fe que la Trinidad inhabita en el alma del justo. Lamentablemente esa verdad queda muchas veces recluida en la buhardilla de las ideas sin que mueva para nada nuestro afecto.
Como cambia eso cuando aprendemos, de la mano de sor Isabel, a descender al fondo de nuestra alma para encontrarnos con Él. Copio el inicio de una oración de la beata para que se capte su fina sensibilidad y las gracias que Dios derramó sobre ella:
“¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí para establecerme en ti inmóvil y serena como si mi alma estuviera ya en la eternidad.
Que nada pueda turbar mi paz ni hacerme salir de ti, oh mi Dios inmutable, sino que cada vez me adentre más en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma, haz de ella tu cielo, tu morada predilecta y tu lugar de descanso. Que nunca te deje allí solo, sino que esté por entero allí contigo, completamente alerta en mi fe, en total adoración y del todo entregada a tu acción creadora.”
Jean Rémy ha ordenado los textos de una manera muy pedagógica marcando un auténtico itinerario. Así podemos acompañarnos de sor Isabel durante quince días.
Sería precioso llegar a experimentar lo que ella: “¡Lo amo! No sé hacer otra cosa, lo amo con el amor que es propio de Él; es una doble corriente entre Aquel que es y aquella que no es”.
ISABEL DE LA TRINIDAD
Jean Rémy
Ciudad Nueva
Madrid 2006
126 páginas