Análisis Digital, 03/02/07 - El pasado martes, el Museo del Prado inauguró la exposición Tintoretto, la primera monográfica consagrada a este artista desde la que se celebrara en su Venecia natal en 1937. ¿Por qué Tintoretto y por qué ahora y en el Museo del Prado? Quizá, la respuesta más sencilla sea ¿y por qué no?, ¿por qué no salir de los nombres habituales para prestar atención a un pintor igualmente grande pero menos conocido?, ¿por qué esperar a un aniversario para dedicarle una exposición?, o ¿por qué el Museo del Prado no puede por sí solo estudiar a artistas extranjeros? Sea como fuere, las circunstancias de esta exposición merecen una explicación más prolija.
Jacopo Tintoretto (1518/1519-1594) ocupa un lugar destacado en el canon artístico occidental y, como tal, forma parte del bagaje cultural de cualquier persona medianamente formada, a cuya cabeza acude su nombre junto a los de Tiziano y Veronés como integrantes de la gran tríada de pintores venecianos del Renacimiento. Sin embargo, pocos pueden citar una de sus obras o señalar algún rasgo distintivo de su arte. Volver a llamar la atención del gran público sobre un artista tan extraordinario como singular, “el más terrible cerebro de la pintura” como lo definiera con tanto fastidio como fascinación Giorgio Vasari en 1568, es uno de los propósitos declarados de la exposición inaugurada en el Prado, que confía igualmente en servir de revulsivo a una nueva hornada de estudios académicos sobre Tintoretto. Y es que, aunque no falte razón a quienes critican la inflación de exposiciones que padece el mundo contemporáneo, el caso de Tintoretto nos advierte también de sus beneficios. Tras un ápice de popularidad entre 1880 y 1940, cuando rivalizó y aún superó a Tiziano en el favor de los críticos y las monografías a él dedicadas se sucedían en inglés, alemán, italiano o francés, el interés por Tintoretto fue menguando a medida que progresaba el siglo XX, más como consecuencia de la ausencia de grandes eventos que captaran la atención de público y especialistas que de un súbito cambio de gusto.
Las razones de tan escasa atención son esencialmente logísticas. Ningún artista está tan ligado a un lugar como Tintoretto a Venecia. Así fue en vida y así es ahora, cuando la mayoría de sus obras maestras siguen aún en los edificios para los cuales fueron pintadas. Esas obras son, además, inusualmente grandes. La humedad de Venecia impide la pintura al fresco y ello explica que en aquella ciudad se localicen los mayores lienzos de la historia. Y es precisamente en esos enormes lienzos donde Tintoretto alcanza su plenitud, pues aunque fue un pintor muy completo y la exposición incluye tanto retratos como mitologías y cuadros de altar, si merece un lugar preeminente en la historia del arte es como pintor religioso narrativo. Ese ha sido el mayor reto para quienes hemos organizado la exposición: reunir un número significativo de grandes lienzos, sin los cuales cualquier aproximación al pintor sería fatalmente parcial. Pese a las majestuosas dimensiones de la Galería Central del Museo del Prado, quien visite la exposición no podrá por menos que reparar en el gran tamaño de muchas de las obras que cubren sus muros, aunque descubrirá igualmente que Tintoretto era también capaz de pintar con la diligencia de un miniaturista y dibujar con extraordinaria sensibilidad las esculturas de Miguel Ángel.
Desde que en 1548 alcanzara la gloria a los 30 años con el Milagro del esclavo, Tintoretto ha tenido apasionados defensores y acérrimos detractores, pero a nadie ha dejado indiferente. Tal vez porque, como señalara Tiziano, lo más importante para un artista es tener personalidad propia y eso nadie puede negárselo a Tintoretto, cuya rabiosa individualidad proclaman los dos autorretratos que abren y cierran la exposición. Dicen las fuentes antiguas que su taller estaba presidido por una máxima: “El dibujo de Miguel Ángel y el colorido de Tiziano”. No sabemos cuánto hay de cierto y cuánto de leyenda en ello, pero la simbiosis entre Miguel Ángel y Tiziano, entre la tradición toscano-romana y la veneciana, era postulada como el ideal estético por los críticos de la época. Tintoretto, más que ningún otro pintor, hizo realidad esa aspiración pero fue incluso más allá. Tras Giotto, Tintoretto probablemente haya sido el mayor talento iconográfico de la historia, un artista dotado de una portentosa imaginación capaz de visualizar de forma novedosa temas mil veces tratados: la Última Cena, el Lavatorio, la Adoración de los pastores, y hacerlo sin transgredir los límites del decoro.
Tintoretto desconcertó e incluso irritó a muchos de sus contemporáneos, pero como todo artista realmente grande, su talento fue reconocido por generaciones posteriores, de Anibale Carracci a Giacometti. Tal vez por ello el mejor homenaje que pueda tributársele sea la ubicación de la exposición en la Galería Central del Museo del Prado, en paralelo a tres pintores que lo admiraron sobremanera: El Greco, Rubens y Velázquez, en cuya obra maestra, Las Meninas, alcanza su plenitud aquella perspectiva aérea que tanto apreciaban los contemporáneos de Tintoretto en sus pinturas.
*Miguel Falomire, conservador del Museo del Prado, es comisario de la exposición 'Tintoretto'.
La Gaceta de los Negocios
Miguel Falomire Faus
1/2/2007