La Razón , 21/02/07 - Cerca de mi ciudad natal de Valencia, este fin de semana tuve, una vez más, un retiro espiritual con un grupo de condiscípulos míos de bachiller y sus esposas. Doy gracias a Dios porque aquellos niños y jóvenes de hace tantos años siguen manteniendo su fe, sus convicciones, y desean profundizar en ellas desde la convivencia, el pensamiento y la oración. Dios nos ha llamado por caminos muy diversos en nuestras vidas, pero la radical conciencia de sabernos hijos de Dios nos sigue manteniendo en una unión que supera lo que sería una larga y profunda amistad humana. Providencialmente hoy, tres días después del encuentro, es miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma.
Fray Luis de León, a propósito de la conducta de Jesús, Buen Pastor, con nosotros, dejó escrito:
«Y dentro a la montaña
del alto bien las guía; ya en la vena
del gozo fiel las baña,
y les da mesa llena,
pastor y pasto él sólo y suerte buena»
Pero no siempre tenemos la «suerte buena» de que sea «pastor y pasto él sólo». Y no por culpa suya, sino porque invaden nuestra conciencia pastos y pastores -cualquiera que influye en nuestro espíritu- ideas o comportamientos ajenos al ideal cristiano. No hemos de suplantar, sino prolongar y enriquecer la herencia viva de todo aquello que la gracia de Dios ha ido infundiendo en nuestras almas. Y hemos de estar alerta ante proyectos culturales que intentan provocar el desarraigo de todo ello, porque, sin mérito nuestro, por pura donación divina, nos entendemos a nosotros mismos como creación y vocación divinas.
Una consecuencia de esa fe es tener conciencia de que la persona pensada por Dios, antes de la creación del mundo (Ef.1) aún no es plena realidad en nosotros. Y, sin obsesiones, deseamos perseguir esa realización de lo que Dios espera de nosotros, y la evitación de aquello que él no desea. La consecuencia es alguna medida de ascetismo en nuestra vida.
Card. Ricardo M. Carles