Lo que es insignificante en nuestras vidas, aquello que no tiene mucha importancia para nosotros, no lo recordamos y pasa casi sin que tengamos conciencia de ello. Es experiencia de cada día. Pero, cuando se trata de un suceso importante en nuestra vida, lo anticipamos con la ilusión y la preparación, y lo prolongamos con el recuerdo y con los aniversarios.
Pensemos en un nacimiento, en un bautismo, en una boda, en un suceso que ha significado mucho en nuestras vidas. Al prepararlos con ilusión y recordarlos con alegría es como si el corazón quisiera sacar de la momentaneidad y limitación del tiempo aquello que supone mucho para nosotros. La promesa matrimonial, para siempre, o una consagración sacerdotal o religiosa, para siempre, son muestra de los anhelos de que no se pierdan con el paso del tiempo los sentimientos que, en un momento concreto, llenan nuestra vida, le dan sentido y no quisiéramos que se desvanecieran en ese tiempo que consume tantas cosas.
Es por ello, por lo que, entre otros dones inmensos de Dios, celebramos cada año la Resurrección del Señor. Este hecho fue también anticipado desde la eternidad por el Padre Dios, que pensó que su mejor presencia en el mundo, la más notoria e indudable, sería la presencia del Verbo encarnado en este mundo con las consecuencias que ello trajo para la humanidad y la creación entera. Este hecho ha estado, por así decirlo, soñado por Dios desde la eternidad.
Es hermoso pensar que, cuanto realizó en su vida, depende del Padre que lo prevé; de la aceptación exultante y amorosa de Jesucristo, y obra del Espíritu Santo. Pero también es hermoso pensar que colaboramos con nuestra admirada reacción, ante tanta bondad de Dios, y que muchos de los frutos de esa acción redentora no existirían sin nuestra aceptación, en la que, sin quitarnos la libertad, actúa también el don del Señor.
Ello nos conduce a pensar que, si a todos nos hace sufrir la impresión de no ser amados, también nos debe doler que el Amor de Dios no sea reconocido y agradecido.
Esto nos exige testimonio y apostolado.