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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Joseph Ratzinger no busca ir contra, sino más allá

19 de abril de 2007
Vittorio Messori comenta le nuevo libro del Papa

Desde las primeras líneas del prólogo de su «Jesús de Nazaret», Joseph Ratzinger (como prefiere que se le llame, porque en este caso escribe como estudioso a nivel privado), explica por qué, con una especie de urgencia, ha dedicado a su libro «cada momento libre» incluso tras la «elección a la sede episcopal de Roma». Y explica por qué («no sabiendo cuánto tiempo y cuántas fuerzas me serán todavía concedidas») ha decidido anticipar en forma de libro los capítulos centrales del texto, los que hablan de la vida pública del Nazareno, lanzando una reflexión sobre «los evangelios de la infancia» y el «misterio pascual», es decir, los relatos de su pasión, muerte y resurrección.

Ratzinger explica esta prisa utilizando una expresión muy significativa, que parece contrastar con su tono siempre tan mesurado y equilibrado. Si ha decidido acudir a las mismas raíces, al mismo Fundador, es porque existe hoy «una situación dramática para la fe». Fe que se disuelve si no se combate la agresión - que viene también de cierta “intelligentzia” católica- a la verdad histórica de los relatos evangélicos según la cual Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios anunciado sería una construcción tardía con poco o nada que ver con el «Jesús de la Historia, un oscuro predicador como tantos otros en el seno de la tradición judía». «Ha penetrado profundamente en la conciencia común de la cristiandad», escribe el Papa, «la impresión de que sabemos bien poco sobre el verdadero Jesús, que sólo la fe en su divinidad habría plasmado su imagen».

Este libro, por tanto, quiere ser un instrumento para «comenzar de nuevo», para avanzar en la reevangelización auspiciada con insistencia por Juan Pablo II. Así, nos hallamos ante unas páginas pensadas para revisitar, reafirmar, salvaguardar el fundamento del edificio cristiano. Sólo a la luz de una certeza de fe reencontrada es posible darse a elevaciones espirituales y extraer consecuencias morales. Pero si Jesús no es el ungido y el anunciado y sólo es un Yeoshua, un predicador ambulante de los inciertos contornos de la era entre Augusto y Tiberio, son abusivas y grotescas las elucubraciones que se extraen de una enseñanza fruto de quién sabe qué oscuras manipulaciones e interpolaciones.

Aunque soy alérgico a las hipérboles periodísticas, esta vez adjetivos como «precioso» si no «decisivo» (para los creyentes, y quizá no sólo para ellos) me parecen aplicables al Jesús del teólogo bávaro, que celebra su 80 cumpleaños, y ya dos como Vicario de aquel Cristo del que aquí se habla. Mientras en las actuales listas de libros más vendidos proliferan títulos que se compadecen de la inocencia o denuncian la ignorancia de quienes se obstinan en llamarse creyentes, he aquí un Papa-profesor que desplaza a pequeños y grandes «maestros de la sospecha», mostrándose más al día que todos ellos.

Abundan por las librerías libelos que se supone que deberían demostrar que «ya no se puede ser cristiano», asumiendo la propaganda de polemistas decimonónicos, repitiendo las trituradas mediocridades de farmacéuticos y notarios de la provincia masónica. Se presentan como revelaciones devastadoras para la fe argumentos que entusiasmaban incluso a un joven socialista, un autodidacta como Benito Mussolini que -en el palco de los comicios, envuelto en una bandera roja- daba un minuto de reloj al inexistente Dios para fulminarlo. Se difunden, también, libros ciertamente más insidiosos a la par que sofisticados, en los que investigan sobre Jesús profesores que se formaron en los esquemas del siglo XX, según los cuales las inciertas y a menudo arbitrarias metodologías llamadas «histórico críticas» serían «ciencia», y por tanto, objetivas e indiscutibles. Olvidan, en cambio, advertir al lector de que esos esquemas son tan poco «históricos» y tan poco «críticos» que cada generación de exégetas refuta a la anterior, dando por segura otra verdad, destinada, obviamente a ser también rebatida.

También, como recuerda con ironía Ratzinger, «quien lee estas reconstrucciones del “verdadero” Jesús puede rápidamente constatar que son sobre todo “fotografías” de los autores y de sus ideales», tomando cada uno por «ciencia» su propio temperamento y el espíritu de los tiempos. Difícil tomarse a lo trágico a biblistas como éstos, que durante decenios han venerado como príncipe, o al menos han respetado, a Rudolf Bultmann (al cual Ratzinger dirige algún que otro lance irónico), que sentenció que no existe, que no puede y que no puede existir relación alguna entre lo que los evangelios cuentan y lo que realmente sucedió, pero que al mismo tiempo rechazó siempre ir a Palestina: si los lugares y la arqueología contradecían la teoría libresca, peor para ellos, no para la teoría.

Para quien se ha quedado en el siglo XIX o en el XX, he aquí que surge la voz discordante de un Papa. No un Papa que se acoge al principio de autoridad, ni formado al estilo de lo que Hans Küng llama, con el desprecio del clérigo «adulto» la «arcaica teología romana», sino un intelectual, un estudioso entre los más apreciados del mundo, que ha atravesado toda la modernidad para asomarse, al fin, a la postmodernidad. La época que, después de haber triturado de todos los modos posibles los versículos evangélicos para dejar sus restos en el cesto de lo mítico, de lo didascálico y lo edificante, se ha dado cuenta de que, en realidad, actuando de ese modo el enigma de Jesús no sólo no se disolvía, sino que se hacía más espeso. Y que quizá la simple lectura de los evangelios «tal y como están» puede ser más clarificadora que la teoría de un académico alemán.

Digo alemán no por casualidad, sino porque en Alemania -donde cada universidad, incluso las públicas, tienen dos facultades de Teología y Exégesis, una protestante y la otra católica- ha nacido y se ha ido ampliando hasta convertirse en hipertrófico el método «histórico crítico» aceptado después en todas partes por los biblistas, intimidados por nombres teutónicos, que se acogen a la severa e inapelable «Wissenschaft», la Ciencia con mayúsculas. «Formg, Redaktiongeschichte» , «Wirkunggeschichte», «Entmithologisierung», «Ur-Quelle» y demás infinitas teorías y sistemas que el profesor Ratzinger conoce estupendamente, que han nacido y han sido cultivadas en las universidades en las que él ha sido profesor, y que en su juventud también le fascinaron a él. Teorías que ahora no condena ni reniega de ellas, quede claro. «Espero», escribe, «que el lector comprenda que este libro no ha sido escrito contra la moderna exégesis sino con reconocimiento por lo mucho que nos ha dado y que sigue dándonos».

No rechaza nada de todo lo válido que llegue de sus colegas académicos. No quiere ir «contra», sino «más allá», consciente de que es precisamente la búsqueda -concreta, sensata y por tanto dispuesta a toda posibilidad, incluso a la de abrirse al misterio- la que puede mostrarnos que existen más cosas en la Escritura de las que nos pueda descubrir la crítica positivista, el racionalismo exegético. Así, al final, un especialista como él, de vuelta de cada teoría, sistema o método, consciente de cada objeción, puede concluir que, si se se quiere alcanzar a Jesús, «se puede uno fiar de los Evangelios», y que no es cierto que la búsqueda histórica esté en irreversible desacuerdo con la fe. Al contrario, al final puede confirmarla.

El libro que nuestro profesor comenzó como cardenal y ha completado como Pontífice, parece estar en la línea del grito de aquel a quien él siempre llama «mi venerado y amado predecesor». Sí, aquel «¡No tengáis miedo!» de Juan Pablo II resuena también en estas páginas que no temen a la crítica de los sabios, que la respetan, que toman cuanto en ella hay de positivo, pero que van más allá.

*Vittorio Messori. Escritor

fuente: La Razón
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