Forum Libertas, 11/05/07
Periódicamente los medios de comunicación se hacen eco de informes, estudios o análisis que nos dan a entender que el sistema educativo español es francamente mejorable.
El negativismo está muy arraigado y cada dos por tres leemos noticias sobre el alto índice de fracaso escolar o el aumento de la agresividad, el famoso “mobbing” en el seno de la escuela.
Si bien es cierto que nuestro sistema educativo se encuentra en un callejón sin salida, entre otras razones, por el exceso de ideología y de tutela política que se le aplica, también es real, a mi juicio, que los valores sociales dominantes condicionan un estilo de vida que influye especialmente en los jóvenes y que en muchas ocasiones ni la familia ni la escuela saben muy bien como resolverlos.
Un aspecto que hoy en día está creando estragos es la agresividad como valor, según reconocen los expertos. Esta agresividad puede tener su origen en patologías diversas, pero la que me preocupa más es la que deriva de los patrones de conducta dominantes.
La agresividad puede ser consecuencia de situaciones de marginalidad, o de déficits educativos, pero en ocasiones de manera imperceptible se incorpora a la mentalidad social dominante por medio de la programación televisiva, los videojuegos, la crisis de la familia o el aumento del individualismo y la desvinculación de la comunidad.
Hoy dominan por todos lados los patrones de la violencia y la agresividad, sin demasiados filtros. Y ya se están viendo los efectos en la educación de nuestros jóvenes y en la sociedad en general. Unos efectos nefastos, como los que son producto de los patrones del consumismo, la evasión compulsiva de los fines de semana o la necesidad de motivarse como vía fácil e inmediata para ser feliz.
En el difícil proceso de formación de la personalidad de los jóvenes se requiere mucho afecto y dedicación, pero sobretodo saber educar. No quiero ser alarmista pero los adultos tenemos un reto al cual no siempre sabemos hacer frente, que es la educación en valores, procedimientos y actitudes plenamente humanas, en un mundo hostil en muchos aspectos y que despersonaliza a nuestros jóvenes.
Considero que es preciso desarrollar unas relaciones interpersonales profundas, con diálogo sincero, relaciones francas que se basen en la convicción de unos referentes claros; relaciones que permitan sin complejos el fomento de virtudes humanas, que sólo se pueden aprender con el testimonio y la ejemplaridad, en la familia, en la escuela o en cualquier ámbito de socialización. Unas relaciones situadas en un contexto de derechos y deberes, superando la actitud de indiferencia como respuesta a aquello que no se comprende. Unas relaciones que no se basen en la falacia de vivir sin problemas y que todo tenga una utilidad inmediata.
En el contexto del actual mundo cibernético hay que replantearse el humanismo, para no caer en una dictadura tecnológica, sin valores humanos. Quisiera hacer un pequeño inciso sobre esta dictadura tecnológica relacionada con la guerra de Irak. Se trata de una guerra que es una auténtica tragedia humana, pero de la que se nos informa como si fuese una retransmisión deportiva. Vistas desde la distancia todas las guerras son como un juego, en el que las personas no tienen nombre, ni vida. Son meras cifras.
He leído que una vez iniciada la campaña de Irak han aumentado los videojuegos bélicos. Incluso se ha retirado uno del mercado en el que el jugador podía decidir la suerte del conflicto. Ciertamente los juegos de temática bélica siempre han sido de los más solicitados. ¡Quién no ha jugado a soldados, a indios y vaqueros, o a agentes secretos! Ayer y hoy, los signos externos de la guerra y de la violencia, como los uniformes o las armas tienen una gran dosis de atracción en la menta humana. Además, las multinacionales del juego no renuncian sino que explotan al máximo este recurso, siempre atractivo para el consumidor.
Me parece de suma importancia ser conscientes de los valores dominantes en nuestra sociedad y de aquellos que mayoritariamente trasladamos a nuestra juventud, consciente o inconscientemente. En este sentido, podría ser una buena iniciativa fomentar más la paz como un valor emergente, que contrarrestase la violencia dominante.
Se trataría, sin embargo, de ir más allá de una reivindicación retórica de la paz, trabajando en una educación para la paz y desarrollando una auténtica cultura de paz, como condición fundamental para una existencia humana digna y plena, siendo su grado máximo la paz espiritual, la que brota de las conciencias e inspira toda nuestra vida.
La cultura de paz está en la base de una nueva humanidad, tantas veces reclamada. Pero para humanizar necesitamos defender claramente una idea del hombre y de la sociedad. Humanizar quiere decir, hoy, luchar para que dominen unos valores diferentes en nuestra sociedad. No dudo que es difícil cambiar la situación existente, pero perseverar en dicha transformación es, a mi juicio, una de las actividades que dan más sentido a la vida.