Forum Libertas, 18/05/07 -
Este libro es una propuesta atrevida porque compara los puntos comunes de dos figuras estelares, una, el Quijote que llevamos dentro, y otra, el Francisco que nos gustaría ser.
Es una buena propuesta ante la falta de referencia y la escasez de grandes hombres a los que podamos admirar y seguir. Cada persona lleva dentro de sí un loco fantástico, un quijote idealista y un héroe; cada persona busca ser un san Francisco todo sencillez y generosidad, pero el ritmo trepidante y la falta de reflexión y silencio nos impide ver nuestro propio interior.
Para el autor hay que quijotizar la sociedad y franciscanizar la cristiandad; una tarea inmensa pero no imposible, considera que nuestra sociedad está pervertida por el pragmatismo y la ambición de poseer, de mandar, de aparentar. Así, nos propone dos personajes, dos utopías, reales en sus actitudes y reales en su historia: Don Quijote, personaje imaginario pero real, y san Francisco personaje histórico.
Analicemos brevemente los dos modelos que no son abstracciones, sino idealizaciones encarnadas, con las que nos encontramos cada día, son hombres y mujeres corrientes con los que muchas veces nos identificamos, y con los que a menudo convivimos sin saberlos ver.
Don Quijote no es un mito, es una realidad, y san Francisco es la concreción de un ideal, un espíritu vital, revolucionario y provocador, que vive del impulso hasta que encuentra su camino y ayuda a otros a caminar con él; por eso conviene hoy, arrancar las máscaras que nos rodean, para cambiar de estilo y volver a ser creativos, sacar esa genialidad que llevamos dentro, esa grandeza de ánimo de las grandes utopías como Don Quijote y san Francisco de Asís.
Si el mundo vive con una máscara, Francisco de Asís es la anti-máscara, es el ejemplo de fidelidad evangélica, moderno y libre, lleno de alegría, amante de la naturaleza, compasivo y cortés con todos especialmente con los más necesitados, crítico con el poder; un gran héroe del humanismo, porque ama sin medida, no ama en abstracto como los románticos sino al hombre concreto.
Don Quijote es un loco real, un loco cuerdo que huye de los formalismos y vive junto a la desgracia, compañera de su vida; un hombre errante, un peregrino en el mundo, pero que vence la adversidad con optimismo y generosidad; un personaje grande, reflejo de la contradicción humana, reflejo del triunfo aparente de lo injusto sobre lo justo.
Vivía feliz, no estaba atado a la tierra, por eso es tan actual, porque no solamente refleja los problemas del momento sino una relación maestra entre realidad y fantasía, entre la ilusión y la verdad, entre el mundo real y el mundo interpretado, entre individuo y sociedad entre estado religioso y estado profano, esta es la gran actualidad del Quijote.
San Francisco es otro loco y en esa locura basa su existencia, con una enorme ansia espiritual, con una locura provocada por sentirse habitado por alguien superior; y lleno de Dios, desborda una alegría extraordinaria, encarna la propia pasión reconociendo la gratuidad de la vida, un canto a la fraternidad, un canto al perdón, un hermanamiento cósmico. Los dos, Francisco y don Quijote, tienen un ideal y siguen un camino porque quieren llegar a un objetivo. Para san Francisco es el infinito y su objetivo es llegar a lo más alto a través de la justicia y de la paz.
Su sentido profético es atemporal. No se puede ser crítico sin buen humor, la crítica sin humor es resentimiento, por eso el caballero de la triste figura se convierte en un caballero triunfante y feliz; y por eso san Francisco como trovador y juglar, sabe cantar a la naturaleza y contagiar a todos su alegría.
Este ideal fantástico se proyecta en la amada Dulcinea, personaje imaginario, pero un amor real, y en la amada espiritual Clara de Asís, personaje real extraordinario que sigue los ideales de Francisco. Al final, Sancho, el realismo más absoluto, se convierte también en soñador y se contagia de la locura mística de su señor. Sueña, lucha con Don Quijote y consigo mismo, hasta quiere convertirse en gobernante.
San Francisco nace idealista y es el apóstol del sentido común, del valor de lo concreto y de los pequeños detalles de cada día. Para Don Quijote, la utopía es una isla de paz y libertad, para Francisco, la libertad de los hijos de Dios. Sólo falta comparar su visión de la muerte, una amargura que se convierte en alegría y en esperanza gozosa porque es el paso hacia una vida plena. Don Quijote y san Francisco son revolucionarios, provocan, son críticos y dan una lección de cómo se debe vivir y actuar.
Don Quijote y san Francisco: dos locos necesarios
José Antonio Merino
PPC
126 páginas