Forum Libertas, 25/06/07 -
Vivimos en una sociedad que confunde fácilmente la tolerancia con la ultratolerancia, la autoridad con el autoritarismo y el perdón con el olvido del mal causado. La ultratolerancia no es una virtud, sino un defecto que abre las puertas a la barbarie.
El autoritarismo tampoco es una virtud, sino un modo encubierto de violencia. El olvido es un defecto de memoria que, en ocasiones, puede ser saludable, pero no se debe confundir con el perdón que es una virtud, una acto libre, una nueva posibilidad.
Se entiende por ultratolerancia la disposición habitual de aquellas personas que tienden a aceptar o a tolerar cualesquiera opiniones o acciones, incluso aquéllas que las personas prudentes calificarían de erróneas.
La ultratolerancia, aunque muchas veces se mimetice como verdadera tolerancia no es sino una falsa tolerancia ya que lleva a una excesiva condescendencia con el error o el mal, haciéndose incluso cómplice de su difusión.
Paradójicamente, aun siendo antagónica a la intolerancia, la ultratolerancia en ocasiones adopta rasgos intolerantes cuando se pretende imponer a otras personas.
Las raíces filosóficas de la ultratolerancia pueden situarse en el liberalismo político y económico con el postulado laissez faire que las autoridades políticas deben aplicar con relación a la ciudadanía.
Las antropologías liberales centran la esencia de la persona en la libertad de decisión (el free choice) del individuo sin otros límites que la libertad de otras personas y el respeto formal a las leyes vigentes.
Este concepto individualista de la persona, concebida como un feudo que vive al margen de los otros feudos, es la raíz de la ultratolerancia. No se contempla en ella la interacción, el efecto que tiene el obrar en los otros.
La ultratolerancia no es, ningún caso, una casualidad. Es promovida o fomentada por una pedagogía que enfatiza la no discriminación y el respeto a la diversidad cultural, religiosa y ética, deslizándose hacia el permisivismo. La ultratolerancia también puede ser propiciada como reacción frente a una educación demasiado estricta y prohibitiva que el educando rechaza para afianzar su personalidad.
Generalmente, la ultratolerancia es cultivada por personas que tienden a adaptarse a la opinión de la mayoría, bien sea por no tener una personalidad firme o por miedo a perder el aprecio del entorno social en un contexto que fustiga a los disidentes. Muy habitualmente, la exaltación de la tolerancia propicia una cultura ultratolerante que trae consecuencias gravemente negativas para el desarrollo armónico tanto de las personas como de la sociedad.
En el ámbito pedagógico, la pedagogía ultratolerante distorsiona el desarrollo ético de la consciencia moral de la persona. En el ámbito social, la cultura ultratolerante fomenta el individualismo y la apatía o indiferencia social. En el ámbito político, la ultratolerancia si bien se presenta como la condición necesaria para la democracia, en realidad la distorsiona.
Frente a la ultratolerancia que conduce a la barbarie, es esencial reivindicar la tolerancia. La verdadera tolerancia implica una forma de encuentro. No significa sólo aguantarse mutuamente para garantizar un mínimo de convivencia; va más allá: intenta captar los valores positivos de la persona tolerada a fin de enriquecerse mutuamente.
Es confortante el avance en la promoción de la tolerancia como actitud cívica imprescindible para la convivencia que destierre actitudes fanáticas e intolerantes, arraigadas en determinadas culturas y subculturas. En el plano estrictamente religioso, debe considerarse con especial atención la doctrina sobre la tolerancia elaborada en la Iglesia, a partir del Concilio Vaticano II.
En la Declaración sobre la libertad religiosa, aprobada en 1965, se afirma: “La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez en las almas”. En ese mismo documento se declara el derecho a la libertad de consciencia y particularmente a la libertad religiosa.
Se debe destacar, igualmente, el reconocimiento del pecado de intolerancia por parte de la Iglesia. Juan Pablo II, en la Carta Apostólica Inicio del tercer milenio, publicada el 10 de noviembre de 1994, reconoció públicamente los pecados de intolerancia y violencia cometidos por miembros de la Iglesia, situándolos al mismo tiempo en su contexto histórico.
Dice textualmente:
“Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio de la verdad”.
Y añade:
“Un correcto juicio histórico no puede prescindir de un atento estudio de los condicionamientos culturales del movimiento, bajo cuyo influjo muchos pudieron creer de buena fe que un auténtico testimonio de la verdad comportaba la extinción de otras opiniones o al menos su marginación. Muchos motivos convergen con frecuencia en la creación de premisas de intolerancia, alimentando una atmósfera pasional a que sólo los grandes espíritus lograban de algún modo sustraerse. Pero la consideración de las circunstancias atenuantes no dispensa a la Iglesia del deber de lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos, que han desfigurado su rostro, impidiéndole reflejar plenamente la imagen de su señor crucificado, testigo insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre” (& 35).
Sólo tiene autoridad moral quien es capaz de reconocer, públicamente, sus errores. Sólo tienen autoridad moral para promover la tolerancia en el seno de la vida social, esas naciones, instituciones o personas que han sido capaces de analizar su propia historia y se han percatado de las formas de intolerancia que ha habido en ella. La autoridad se gana a pulso; el autoritarismo, con la fuerza.
Necesitamos una educación en la auténtica tolerancia que evite, por un lado, la caída en la ultratolerancia postmoderna, pero, por otro lado, la caída en la intolerancia propia de los fanatismos religiosos y políticos.
Francesc Torralba Roselló