Forum Libertas, 02/08/07 - Mística del dolor: tal es el título del librito que Albert Béguin dedicó al pensamiento de Bloy. Pero hablar de Bloy como de un pensador es poco; calificarle de profeta, demasiado para un alma que no hizo más que, desde el dolor, obedecer y cumplir con lo único necesario. No otra cosa es lo que le impidió descansar, dejar de hablar, dejar de escribir, puesto que Bloy cuando escribe, habla, grita.
De esta obra, Exégesis, comentará su autor en la dedicatoria a René Martineau que “es un libro más serio y doloroso de lo que parece”. Ni una línea escribió que no saliera del dolor del alma Exégesis de lugares comunes es una obra antiburguesa, dirigida a quebrar la autosatisfacción burguesa: autosatisfacción de la propia vida, de la propia alma, para la que todo resulta obvio y previsible.
De ahí que, para el burgués, misterio y esperanza sólo pueden suscitar incomprensión y extrañeza. Sólo que burgueses somos todos nosotros, que tenemos el alma entumecida y cegada. Burgueses como somos, no hablamos, sino que nos limitamos a proferir lugares comunes.
Se refiere Bloy, en el prefacio, a la lucha que San Jerónimo sostuvo contra pelagianos y luciferinos: ambos niegan la necesidad de salvación, afirmándose en su autosuficiencia o negando su oculta desesperanza, cuando no mostrándola orgullosos. Así, el burgués. Bloy hablará de la negación del pecado original en que vive el hombre moderno.
Parapetado tras los lugares comunes vive el burgués, cuya esclerosis espiritual Bloy tratará de romper destrozando a martillazos el parapeto. Sin embargo, nuestro panfletario autor no pretende otra cosa más que veamos el tesoro que tras los lugares comunes puede ocultarse: preciosas verdades divinas capaces de trastornar nuestras vidas y el mundo entero. Para ello es suficiente darles la vuelta y ver que toda verdad, por insignificante, pequeña y vulgar que sea, fue y es, en su origen, una verdad divina.
Vivió Bloy en una extrema pobreza espiritual y material. Desde ella escribió sus libros y, por supuesto, éste. A esta pobreza espiritual se refirió al hablar del límite o abismo interior al que el burgués se niega a mirar y reconocer: “¡Tú y yo somos eso y nada más que eso, abismos!”.
Bloy, peregrino del Absoluto que en sus últimos pasos por este nuestro mundo ya sólo suplicaba la llegada de los cosacos y la venida del Espíritu Santo, purificación por el fuego y el Espíritu, dejó huella imborrable en los esposos Maritain, en cuya conversión acompañó.
En su misma estela se encuentra también Bernanos. Como éste, también el autor de la obra que nos ocupa no podía dejar de escribir y gritar: tan grande es la esperanza que le anima. La esperanza de que el Reino está cerca. Sus Exégesis son aldabonazos para permanecer despiertos.
Somos lo que somos ante el Dios Altísimo, a los pies del Crucificado: esta fue la convicción que permitió a Léon Bloy hablar lo que habló.
Como Pascal, contempló como el Cordero es inmolado hasta el fin del mundo. Sólo así se entiende que sus obras fueran escritas, a la vez, desde el dolor y la esperanza. La edición de ésta obra capital de Bloy viene a sumarse a otras que últimamente vienen produciéndose. ¿Almas doloridas y esperanzadas continúan escuchando sus palabras?
Exégesis de los lugares comunes
Léon Bloy
Manuel Arranz (trad.)
Acantilado
Barcelona, 2007