Aica, 02/08/07 -Reflexiones de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús para el programa radial "Compartiendo el Evangelio" (29 de julio de 2007)
San Lucas 11, 1-13
Este Evangelio es importante porque el Señor nos enseña cómo debemos orar. La oración es un don de Dios y es la respuesta de uno mismo. Cuando uno tiene fe, reza. Cuando uno tiene fe y cree que Dios lo escucha, sigue rezando. Entonces es muy importante la confianza, a través de la fe, de saber que Dios escucha. Mirar con espíritu sobrenatural las cosas, la realidad, la propia vida, la historia, lo que acontece, lo que le sucede.
¿Qué es rezar?
Ustedes saben bien el Padre Nuestro. Récenlo, piensen cada frase, cada afirmación. Rezar es pedirle a Dios que nos ilumine para que entendamos y podamos hacer su voluntad en nuestra vida. El ya lo sabe, pero quiere que se lo contemos. Nosotros le pedimos que nos de luz y fuerzas para buscar y hacer su voluntad. Cristo reza: “Padre, si es posible aparta de mí este cáliz”, y sin embargo El hace la voluntad de su Padre.
Así, cada uno de nosotros ante las adversidades, las dificultades, los tropiezos, los sufrimientos, debemos hacerlo oración y decirle: Señor te pido tal cosa, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya. Así uno acepta.
En el plano de las enfermedades hay etapas: la primera es la negación; la segunda el dolor, el resentimiento; el tercer momento es la resignación y el cuarto es la ofrenda, la oblación, cuando uno ofrece y entrega esa enfermedad con aceptación y sublimación. Y así es la vida.
¿Cómo tenemos que rezar?
Con nuestra vida, haciéndola oración. Aquel padre que va a trabajar le pide a Dios que bendiga sus hijos, que bendiga a su mujer y la cuide; y cuando sale a la calle hace la señal de la cruz y pide tener un hermoso día. Dar gracias por los alimentos cuando almorzamos o cenamos. O cuando vamos a dormir, dar gracias por el día que vivimos. O pedir perdón por las faltas que tuvimos hoy. La vida, lo que acontece, lo inesperado, lo imprevisto.
Siempre la oración busca hacer la voluntad de Dios.
No es adormecerse, no es buscar una complicidad.
A veces uno quiere "anestesiar" su vida y dice: "yo le rezo a Dios ¡con los labios!, pero con el corazón no estoy dispuesto", "¡Voy a decirle tal cosa al Señor, pero no quiero cambiar!"
Fariseísmo: digo una cosa y hago otra.
Muchas personas no cambian, ni tienen una vida profunda de oración, porque en el fondo no hay unión entrre el deseo y el "querer", que uno tiene que tener para que Dios obre. Es importante unir la vida a la oración y la oración a la vida.
Si nosotros creemos, el Señor obra y produce milagros, sorpresas, conversiones, cambios de actitud, ¡milagros cotidianos extraordinarios!
Lo que pasa es que hay que entregarse pero no sólo de palabra, sino con la voluntad, con el corazón y con la inteligencia.
Debemos creerle a Dios y creer lo que Dios nos dice, pues la vida y la oración no se deben separar.
El ritmo de la naturaleza, el ritmo de nuestra vida, de nuestro trabajo, todo tiene un crecimiento y un anochecer.
Así también tiene que ser nuestr avida y nuestro espíritu.
Les dejo mi bendición, para que recemos más y para que la apliquemos en nuestra vida, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Hasta la semana que viene, si el Señor así lo permite.
Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús