Análisis Digital, 21/08/07
Amigo lector: mírese al espejo. ¿Cuánto hace que no se pesa usted? ¿No le da vergüenza? En lo que llevamos de verano, por lo menos ha ganado usted cuatro o cinco kilos. Claro, tanta cerveza, tanta cena en las terrazas, tanto picoteo y tanto helado... Y ahora el pantalón no acaba de querer entrar como es debido. Si no está gordo, al menos reconozca que está usted “fondón”.
Si ha soportado impávido el párrafo anterior, descanse ahora. Le traigo el remedio a sus cuitas. Aún queda verano por delante, y está a tiempo de hacer un viaje a Italia. Allí, en un pueblo llamado Varallo Sesia, encontrará la motivación que necesita para emprender definitivamente ese régimen que le devuelva a su estado apolíneo y atlético, y que le permita lucir su ombligo en la playa sin necesidad de meter tripa. ¿Son suficientes 100 euros para premiar su esfuerzo? Pues el alcalde de Varallo Sesia se los da, si logra usted adelgazar cuatro kilos en un mes y se mantiene así durante otros cinco. Si es usted mujer, está de suerte. Sólo tiene que adelgazar tres kilitos (¿por qué esta discriminación?).
Increíble, pero cierto. Parece sacado de un episodio de Los Simpsons, pero en el fondo es todo un paradigma de ese “Estado papá” que tenemos que soportar en Occidente, y del que vengo hablándoles desde hace bastante tiempo.
No fume, no ingiera colesterol, beba con mucho cuidado, no lo haga sin condón, no tenga hijos después de los cuarenta, no engorde, beba agua en abundancia, recicle los residuos, tráigame a sus niños para que los eduque como ciudadanos... ¿Pero es que no nos dejarán en paz? Se supone que el Estado debería construir carreteras, defendernos de los ladrones, y protegernos de una invasión extra o intraterrestre. ¿Por qué se empeñan en educarnos como si fuéramos niños?
Me asusta la respuesta a esta última pregunta: porque están creando una sociedad de niños. Prefiero decir “una sociedad de niños” que decir “un rebaño”, o “una manada”. Desde el momento en que ese monstruo llamado “el Estado de bienestar” se ha convertido en un dogma indiscutible, alguien ha convencido a los ciudadanos de que aquí lo único que importa es eso, el bienestar, el “estar-bien”: tener piso en propiedad, teléfono móvil y ordenador conectado a Internet, poder ir gratis al médico y no preocuparse en exceso por las deudas. En cuanto a pensar... No se preocupe, el Estado piensa por usted y en Televisión se lo damos todo pensado. Escoja tertuliano y siéntese.
Cuando estalló la Guerra de Irak, fue sorprendente escuchar cómo el mayor argumento contra la Guerra consistía en decir que un conflicto así pondría en peligro nuestro nivel de vida. Ese nivel de vida parece ser lo único que tiene que proteger Europa, el único motivo por el que luchar... En cuanto a la Verdad, el Bien, Dios... Esos conceptos, a una buena parte de la población, les cogen cansados, gordos, y ocupados. Mejor dejarle al Estado que decida por nosotros qué es el bien y qué es el mal. Y si el Estado decide que fumar es pecado mortal mientras matar niños no nacidos es aconsejable, nos fiamos de él porque para eso nos da de comer y nos divierte. En definitiva: el Estado de Bienestar ha conseguido narcotizar al ciudadano y crear una sociedad de niños. De niños obesos, porque el bienestar engorda. Pero no importa: “- ¡Nene, si adelgazas te doy 100 euros! - Que sean doscientos, papá. - Vale, con tal de que apruebes la Educación para la ciudadanía”.
Yo no sé a ustedes, pero a mí todo esto me da mucho miedo. Todo parece demasiado medido: tras un proceso de “deseducación”, en el que el ídolo del bienestar ha desmontado todo nuestro sistema de valores, ahora viene el proceso de “nueva educación”, en el que a una sociedad infantil hay que enseñarle la nueva moral.
Todavía no estoy lo suficientemente gordo, pero, cuando lo consiga, pienso ir a Varallo Sesia, presentarme en el despacho del alcalde, arremangarme la camisa y quitarme la faja. Y, cuando lo tenga contra la pared, me encenderé un puro y le gritaré: “¡Ni por todo el oro del mundo! Moriré de gordo, pero no de idiota”.
José-Fernando Rey Ballesteros