Periodismo Digital, 29/08/07 -
Entre ayer y antesdeayer, murieron en España tres personas bastante conocidas, pero con vidas muy distintas: un futbolista del Sevilla, un escritor de gran prestigio y una actriz veterana. Esos son los fallecimientos que salen en la televisión, pero, en esos dos días, debieron morir también en España otras 3.000 personas desconocidas para el público en general.
La muerte está siempre presente a nuestro alrededor y, sin embargo, se ha convertido en un tema del que no se puede hablar, de mal gusto. De hecho, estoy convencido de que muchos no leerán este artículo debido a que les molestará su título.
Nuestra época ha rechazado cualquier posible comprensión del misterio de la muerte y, por ello, vive aterrorizada por ese misterio. Como resulta algo insoportable para el hombre moderno, ha decidido hacer como si no existiese. A menudo, a los enfermos graves no se les dice que van a morir, sino que se les mantiene engañados “para que no sufran” o no se pide la extremaunción para un enfermo, “para que no se asuste”. En general, la gente vive de espaldas a la muerte, como niños que esperan que si se meten debajo de las sábanas, los fantasmas no puedan hacerles nada.
Hagan, si quieren, un experimento muy sencillo, que está al alcance de todos. Pregunten a quienes tengan más a mano, en el trabajo, entre sus amigos o en su familia, cómo desearían morirse. La reacción primera suele ser de rechazo ante un tema tan políticamente incorrecto, que sólo es admisible como una broma o de forma indirecta. Algunos, incluso, puede que se ofendan por una pregunta que implica que también ellos van a morir algún día. Sin embargo, si consiguen que la conversación sea seria y que les den respuestas sinceras, verán que la inmensa mayoría de la gente desea morirse sin darse cuenta, de repente o mientras duerme.
Esto que, a primera vista, parece lógico, es diametralmente opuesto a lo que durante siglos han deseado los cristianos. Esa forma de morir, “sin darse cuenta”, se ha considerado siempre en la Iglesia como una gran desgracia, ya que no permite prepararse para algo tan importante como es la muerte. La antigua letanía de los santos decía A subitanea et improvisa morte, libera nos, Domine (líbranos, Señor, de la muerte repentina e imprevista).
Fíjense que la oración pide que Dios nos libre de la “muerte súbita e imprevista”. Lo que no quieren los cristianos es, sobre todo, una muerte imprevista, es decir, morir sin habernos preparado para ello, mediante la confesión, la oración o la reconciliación con aquellos a los que hayamos ofendido, entre otras muchas cosas. Por supuesto, aquel que vive haciendo la voluntad de Dios, como los santos, siempre está preparado para la muerte.
No sé si conocerán la vida de Santo Domingo Savio, un simpático niño italiano que murió con 14 años y es el patrono de los monaguillos. Cuentan que Domingo y otros niños estaban jugando un día durante el recreo, cuando les preguntaron: Y, si este momento se acabara el mundo y viniera el Juicio Final, ¿qué haríais? Unos decían que se irían corriendo a la capilla a rezar, otros a buscar a sus familias. Domingo se limitó a decir que seguiría jugando, ya que esa era la voluntad de Dios para él en ese momento.
Los católicos sabemos, además, que vamos a la muerte acompañados por las oraciones de todos los que rezan por nosotros. Cuando pasen por Barcelona, fíjense en un detalle de la fachada trasera de la Sagrada Familia que a mí me gustó mucho. Entre otras muchas imágenes, se encuentra una de un moribundo en su lecho. Junto a él aparece representada la Virgen, rezando por él, como tantas veces hemos pedido todos a nuestra Madre en el Ave María: ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
La Iglesia es consciente de que la muerte es algo terrible y contrario al plan original de Dios para el hombre: el propio Jesús lloró ante la muerte de su amigo Lázaro, a pesar de que iba a resucitarle unos momentos después. Sin embargo, los cristianos hemos experimentado que en Cristo está la verdadera Vida, que no se acaba con la muerte. Ni la muerte ni la vida podrán separarnos del amor de Dios. Por eso podemos alabar a Dios en medio del sufrimiento o de la enfermedad. Por eso podemos morir con confianza en nuestro Salvador, que ya ha vencido a la muerte. ¿Dónde está, muerte, tu victoria?¿Dónde tu aguijón?
Los cristianos, que celebramos cada domingo el día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal, podemos hablar de la muerte sin caer en ninguno de los dos extremos: intentar olvidarla, haciendo como si no nos fuera a suceder a nosotros, o vivir siempre agobiados morbosamente por ella.
Recuerdo una Eucaristía en la que participaba una señora de mi parroquia, bastante mayor, que llevaba tiempo enferma del corazón y que iba a sufrir al día siguiente una operación muy grave. Con toda la naturalidad del mundo, el sacerdote le dijo durante la homilía: “Mañana te operan y quizá te mueras” y pasó a hablarle de la resurrección, del cielo y de la misericordia de Dios. Me costaría mucho imaginar cualquier otro sitio en el que algo así se pudiera decir con naturalidad.
¿Cómo me gustaría morirme? Si Dios quiere, me gustaría morir consciente de lo que sucede, con tiempo para arrepentirme de mis pecados y encomendarme a la misericordia divina. Querría unir mis sufrimientos, si los tengo, a la Pasión de Cristo y ofrecerlos por todos los hombres. Me gustaría estar acompañado por las oraciones de mi familia, de la Iglesia y, especialmente, de mi Madre la Virgen. Quisiera morir proclamando el credo, perdonando a mis enemigos y teniendo en mis labios el dulce nombre de Jesús.