Periodismo Digital, 17/09/07-
A veces me da la impresión de que los católicos estamos demasiado ocupados con las cuestiones y polémicas del momento y no encontramos tiempo para disfrutar de la fe, del conocimiento de Cristo, de estar en la Iglesia, de ser hermanos de los santos e hijos de la Virgen, del viento impetuoso del Espíritu Santo, de la misericordia eterna del Padre. Peor aún, muchos católicos de nombre encuentran la fe aburrida o incluso una carga para sus vidas y están deseando librarse de ella.
Estoy convencido de que, a menudo, la misión de los conversos como Newman, Papini, Messori, San Agustín o Luis Fernando es recordarnos a los demás católicos el valor de la inigualable herencia que hemos recibido. Quien ha vivido fuera de la Iglesia, ha podido experimentar en su propia carne lo profunda que es la insatisfacción de aquellos que no han encontrado a Jesucristo o a su Iglesia. Algunas veces, a los que estamos en la Iglesia los árboles no nos dejan ver el bosque y es más fácil entender y amar lo que es la Iglesia desde fuera de ella, donde no ciegan los detalles sin importancia.
Si recuerdan la parábola del Hijo Pródigo, que se leyó en el Evangelio de la misa del domingo, el hijo que se marchó de su casa es el que, al volver, ve con claridad lo maravilloso que estar en la casa de su Padre. Por eso se conforma con estar en ella como un jornalero, porque sabe que el mundo entero pasa hambre de Dios y sólo en la casa paterna, en la Iglesia, puede saciarse de verdad el hambre que le aguijonea. En cambio, al hijo mayor, que siempre ha estado junto a su Padre, sólo le importa tener o no una fiesta con sus amigos, sin darse cuenta de que el verdadero gozo para los hijos es, simplemente, poder estar en la casa de su Padre y que éste les diga: todo lo mío es tuyo.
Me he puesto a pensar en estos temas al leer la biografía que escribió Evelyn Waugh de Monseñor Ronald Knox, un converso del anglicanismo. En ella he encontrado dos párrafos que me han gustado mucho y que quiero compartir con los lectores. Se trata de unos párrafos que escribió Monseñor Knox cuando aún era un pastor anglicano, varios años antes de que finalmente volviera a la Iglesia Católica. Me han parecido preciosos y no puedo evitar pensar que ojalá se viera este amor por la Iglesia en muchos católicos "de toda la vida", para quienes la familiaridad ha engendrado el aburrimiento y la indiferencia.
Afligida, [Roma] nos llama como esa Madre que antaño buscaba a su Hijo y no lo encontraba, porque está discutiendo con los doctores del Templo; pero también nosotros debemos ocuparnos de los asuntos de nuestro Padre, aunque no nos encontremos con nuestra Madre hasta después de un Getsemaní, es decir, de un Calvario. Y, por supuesto, no dudemos nunca de que Jesús será nuestro pastor, hasta el día en que reúna a todo su rebaño; y que, aunque no vivamos para verlo, algún día Inglaterra volverá a ser la dote de María, y que algún día la Iglesia de Inglaterra volverá a estar construida sobre la roca de la que se separó y encontrará un sitio -aunque sea un sitio de lágrimas y penitencia- en los eternos designios de Dios.
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Nosotros no disfrutamos de los atractivos de las Siete Colinas, ni de la conciencia de ser miembros, libres y verdaderos, de la Iglesia de todos los tiempos; nosotros no podemos afianzar nuestros pies sobre la roca de Pedro, sino solamente contemplar el paso de su sombra y esperar que se pose sobre nosotros y nos salve… Sin embargo, ni siquiera ahora debemos abandonar la esperanza… María… no ha olvidado a sus hijos porque éstos se hayan apartado de su maestro y olvidado sus lecciones, y ahora estén intentando encontrar su camino de regreso a casa, humillados y temerosos en medio de la oscuridad.
Bruno Moreno Ramos.