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Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
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Homilía de Benedicto XVI en las vísperas del primer domingo de Adviento

2 de diciembre de 2007
«Tiempo de la esperanza»

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 2 diciembre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el texto de la homilía que pronunció Benedicto XVI este sábado por la tarde al presidir en la Basílica Vaticana las primeras vísperas del primer domingo de Adviento.

 

* * *

Queridos hermano y hermanas,

El Adviento es, por excelencia, el tiempo de la esperanza. Cada año, esta actitud fundamental del espíritu se despierta en el corazón de los cristianos que, mientras se preparan para celebrar la gran fiesta del nacimiento de Cristo Salvador, reavivan la espera de su regreso glorioso al final de los tiempos. La primera parte del Adviento insiste justamente sobre la parusia, sobre la última venida del Señor. Las antífonas de estas Primeras Vísperas están todas orientadas, con diversos matices, hacia tal perspectiva. La breve Lectura, tomada de la Primera Carta a los Tesalonicenses (5,23-24), hace referencia a la venida final de Cristo, usando propio el termino griego parusia (v. 23). El Apóstol exhorta a los cristianos a conservarse irreprensibles, pero sobre todo, los llama a confiar en Dios, que «es fiel» (v. 24) y no dejará de santificar a cuantos corresponderán a su gracia.

Toda esta liturgia vespertina invita a la esperanza indicando, en el horizonte de la historia, la luz del Salvador que viene: «aquel día brillará una gran luz» (2ª ant.); «vendrá el Señor en toda su gloria» (3ª ant.); «su esplendor llena el universo» (Antífonas al Magnificat). Esta luz, que emana del futuro de Dios, se ha manifestado ya en la plenitud de los tiempos; para que nuestra esperanza no esté privada de fundamento, sino que se apoye sobre un acontecimiento que se coloca en la historia y al mismo tiempo la excede: es el advenimiento de Jesús de Nazaret. El evangelista Juan aplica a Jesús el titulo de «luz»: es un título que pertenece a Dios. De hecho en el Credo profesamos que Jesucristo es «Dios de Dios, Luz de Luz».

Al tema de la esperanza he querido dedicar mi segunda Encíclica, que ha sido publicada ayer. Estoy feliz de ofrecerla idealmente a toda la Iglesia en este primer Domingo de Adviento, a fin de que, durante la preparación para la Santa Navidad, las comunidades y los fieles particulares puedan leerla y meditar, redescubrir la belleza, la profundidad de la esperanza cristiana. Esta, en efecto, está inseparablemente ligada al conocimiento del rostro de Dios, rostro de Jesús, el Hijo Unigénito, que se nos ha revelado con su encarnación, con su vida terrena y su predicación, y sobre todo con su muerte y resurrección. La esperanza verdadera y cierta está fundada sobre la fe en Dios Amor, Padre misericordioso, que «ha amado tanto al mundo como para darle su Hijo Unigénito» (Jn 3,16), para que los hombres, y con ellos todas las criaturas, puedan tener vida en abundancia (Cf. Jn 10,10). El Adviento, por lo tanto, es tiempo favorable para descubrir una esperanza que no es vaga ni ilusoria, sino cierta y confiable, porque está «anclada» en Cristo, Dios hecho hombre, roca de nuestra salvación.

Desde el inicio, como emerge en el Nuevo Testamento y en las Cartas de los Apóstoles, una nueva esperanza distingue a los cristianos de cuantos vivían la religiosidad pagana. Escribiendo a los Efesios, san Pablo les recuerda que, antes de abrazar la fe en Cristo, ellos estaban «sin esperanza y sin Dios en este mundo» (2,12). Esta expresión parece más que nunca actual para el paganismo de nuestros días: podemos relacionarla en particular con el nihilismo contemporáneo, que corroe la esperanza en el corazón del hombre, induciéndolo a pensar que dentro de él y a su alrededor reina la nada: nada antes del nacimiento, nada después la muerte. En realidad, si falta Dios, desaparece la esperanza. Todo pierde «densidad». Es como si faltase la dimensión de la profundidad y todo se aplanase, privado de su relieve simbólico, de su «relieve» respecto a la mera materialidad. Está en juego la relación entre la existencia aquí y ahora y lo que denominamos «más allá»: no es un lugar donde terminaremos después de la muerte, sino la realidad de Dios, la plenitud de la vida a la cual todo ser humano tiende. A esta aspiración del hombre, Dios ha respondido en Cristo con el don de la esperanza.

El hombre es la única criatura libre para decir sí o no a la eternidad, es decir, a Dios. El ser humano puede apagar en sí mismo la esperanza eliminando Dios de la propia vida. ¿Cómo puede ocurrir esto? ¿Cómo puede suceder que la criatura «hecha por Dios», íntimamente orientada a Él, la más cercana a lo Eterno, pueda privarse de esta riqueza? Dios conoce el corazón del hombre. Sabe que quien lo rechaza no ha conocido su verdadero rostro, y por esto no cesa de llamar a nuestra puerta, como humilde peregrino en búsqueda de acogida. He aquí por qué el Señor concede un nuevo tiempo a la humanidad: ¡para que todos puedan llegar a conocerlo! Es este también el sentido de un nuevo año litúrgico que inicia: es un don de Dios, el cual quiere nuevamente revelarse en el misterio de Cristo, mediante la Palabra y los Sacramentos. Mediante la Iglesia quiere hablar a la humanidad y salvar a los hombres de hoy. Y lo hace yendo a su encuentro, para «buscar y salvar lo que se había perdido» (Lc 19,10). En esta perspectiva, la celebración del Adviento es la respuesta de la Iglesia Esposa a la iniciativa siempre nueva de Dios Esposo, «que es, que era y que va a venir» (Ap 1,8). A la humanidad que ya no tiene tiempo para Él, Dios ofrece otro tiempo, un nuevo espacio para volver a entrar en si misma, para volver a encaminarse, para reencontrar el sentido de la esperanza.

He aquí entonces el sorprendente descubrimiento: ¡la esperanza mía y nuestra, está precedida por la espera que Dios cultiva con respecto a nosotros! Sí, Dios nos ama y justamente por esto espera que regresemos a Él, que abramos el corazón a su amor, que pongamos nuestra mano en la suya y que recordemos que somos sus hijos. Esta espera de Dios precede siempre a nuestra esperanza, exactamente como su amor nos alcanza siempre en primer lugar (cfr 1 Jn 4,10). En este sentido la esperanza cristiana viene llamada «teologal»: Dios es la fuente el apoyo y el fin. ¡Qué gran consuelo en este misterio! Mi Creador ha puesto en mí espíritu, un reflejo de su deseo de vida para todos. Todo hombre está llamado a esperar, correspondiendo a la expectativa que Dios tiene sobre él. Por lo demás, la experiencia nos demuestra que es precisamente así. ¿Qué, sino la confianza que Dios tiene en el hombre, es lo que lleva adelante al mundo? Es una confianza que tiene su reflejo en los corazones de los pequeños, de los humildes, cuando a través de las dificultades y las fatigas se comprometen cada día a dar lo mejor de si mismos, a hacer ese poco de bien que para los ojos de Dios es tanto: en familia, en el puesto de trabajo, en la escuela, en los diferentes ámbitos de la sociedad. En el corazón del hombre está escrita de forma imborrable la esperanza, porque Dios, nuestro Padre es vida, y para la vida eterna y beata estamos hechos.

Cada niño que nace es signo de la confianza de Dios en el hombre y es la confirmación, al menos implícita, de la esperanza que el hombre nutre en un futuro abierto sobre el eterno Dios. A esta esperanza del hombre, Dios ha respondido naciendo, en el tiempo, como pequeño ser humano. Ha escrito san Agustín: «habríamos podido creer que tu Palabra esta lejos del contacto del hombre y desesperar de nosotros, si esta Palabra no se hubiera hecho carne y no hubiese vivido entre nosotros» (Conf. X, 43, 69, cit. in Spe salvi, 29). Dejémonos entonces guiar por Aquella que ha llevado en el corazón y en el seno el Verbo encarnado. Oh María, Virgen de la espera y Madre de la esperanza, reaviva en toda la Iglesia el espíritu del Adviento, para que toda la humanidad se vuelva a poner en camino hacia Belén, de donde ha venido, y de nuevo vendrá a visitarnos el Sol que surge de lo alto (cfr Lc 1,78), Cristo nuestro Dios. Amén.

fuente: Zenit
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