La Nación, 08/11/07 -
Hasta aquí la ilusión sigue intacta, pero no es posible asegurar que pueda mantenerse. Véase por qué. Así como Kirchner le debe la presidencia al generoso pasivo acumulado por Menem tras diez años y medio de ejercer el cargo, Cristina le debe la suya a los activos reunidos por su marido en estos últimos cuatro años y medio.
Dicho de otro modo: difícilmente Kirchner hubiera sido alguna vez presidente de no haber tenido como principal competidor a Menem y quién sabe si alguien hubiera pensado en Cristina para candidata si no se tratara de la patrona del actual mandatario. Lo cual trae aparejadas sus naturales consecuencias. Kirchner, situándose en las antípodas del riojano y Cristina, ubicándose frente al volante de la derecha en este Rastrojero de doble comando que promete ser su presidencia.
Algo que puede deducirse en parte de la manera como llevó adelante su campaña y en parte también de sus primeras reacciones luego del triunfo.
Y es a partir de ahí que aquellas ilusiones palidecen. Porque si el tipo sabe que no es un monarca de los tiempos del absolutismo, al que sus súbditos deben tratar como si fuera de otro planeta, y si no es tampoco alguien que supone de manera permanente que es perseguido por una patrulla de paranoicos, sino un simple fulano elegido por sus compatriotas para gobernar el país, no puede ser que, como acaba de confesarlo la presidenta electa, los diarios le amarguen, cada mañana, hasta los días más resplandecientes de sol.
Porque, salvo que haya vivido hasta hoy en un termo o sepa de la realidad sólo por lo que le cuentan los Fernández, debe dar por descontado que una vez allí, en el sillón de don Bernardino, nada, ni lo bueno ni lo malo que ocurra en el país, le será ajeno. Y que, más allá de las tirrias personales de quienes escriben o de las inclinaciones ideológicas de quienes lo hacen, entienda y admita (salvo que elija informarse sólo a través de la revista Hola!), que las noticias malas, las quejas y los reclamos, suelen superar, en el día a día, a las buenas, como los éxitos de Nalbandian y de los Pumas o el nacimiento de un simpático tapir en el zoológico.
Dadas las condiciones que se le reconocen a quien, de acá a unos días, ingresará en la Jaula Rosada para quedarse por lo menos durante cuatro años, es posible que la reacción de marras ante la prensa sólo constituya una actuación destinada a tranquilizar a su cónyuge. Como diciéndole: “Andá nomás a Calafate, que en 2011 vas a encontrar todo como lo dejaste hoy”. Y que, tras despedirlo al pie del Tango 01, y una vez sola en el despacho presidencial, se sacuda el aire conspirativo y la actitud áspera, aldeana y defensiva que caracterizaron la gestión anterior. Aunque el anterior, haya sido, precisamente, su marido.
“Mire maestro –dijo el reo de la cortada de San Ignacio, con cara de no hacerse demasiadas ilusiones–: si quiere cambiar, tiene que hacer como yo cuando me quedé viudo. Que tiré a la basura los patines de trapo que me hacía poner la finada cada vez que enceraba y volví al churrasco de cuadril a la plancha, aunque ahumara la cocina.”
Por Daniel Della Costa
Para LA NACION