Análisis Digital, 13/07/07-
Aldous Huxley escribía en Un mundo feliz que: “el mayor triunfo de la propaganda lo ha conseguido más absteniéndose de hacer que haciendo”. Silenciar la verdad más que mentir, ignorar a Dios más que negarlo, no hablando del pecado más que defenderlo, etc. Dejar al hombre ayuno de respuestas ante las acuciantes preguntas que se hace en su interior es una táctica propagandística a la que, por lo que se ve, no está dispuesto a cooperar Benedicto XVI.
El Papa, en su reciente Encíclica, se encara con estas cuestiones tan propias del hombre. Cuando se enfrenta con la muerte lo hace desde la vida y en concreto “la eterna”. Nunca acomete tampoco los temas en solitario, sino “en solidario”, en comunidad. El hombre, aunque no sea mundano, está inmerso en el mundo y cada día está dispuesto a acudir a donde haya a quien ayudar, donde haya una lágrima que enjugar o una petición de ayuda a la que responder. Es decir, no olvida que el hombre no camina solo, que su vida es un talento que le ha sido confiado para que lo transforme y lo multiplique, dándolo como don a los demás. “Ningún hombre es un iceberg a la deriva en el océano de la historia; cada uno de nosotros forma parte de una gran familia, dentro de la cual tiene un puesto que ocupar y un papel que desempeñar” 1. Esta es la verdad que no se debe ocultar, confinar o mutilar. Ahondar sí, no silenciar. Es lo que hace el Papa.
El hombre aleja de su horizonte la inexorable verdad de la muerte, la angustiosa certeza de que hemos de morir tarde o temprano. Nos aferramos tanto a la vida que siempre nos parecerá “temprana”. ¿Acaso queremos vivir eternamente? Si y no. Unos temen tanto la muerte como la vida. Los primeros porque asocian dolor a muerte y los segundos porque lo unen con cansancio o aburrimiento. ¿Estamos en condiciones de conocer el sentido de la muerte del hombre, del porqué de su vida, de su para qué en la historia? ¿Puede alguien certeramente responder a los interrogantes sobre el dolor, la muerte o al más allá? ¿Se trata de una osadía sin fundamento? No es fácil responder a estas preguntas que se hace el filósofo y el hombre corriente. Encontrar algo que sea último y fundamento de todo lo demás, que dé explicación definitiva, un valor supremo, más allá del cual no haya que hacerse nuevas preguntas es para, quizá muchos, una quimera.
¿Es lícito pretender salir de la duda, del interrogante que todo hombre se hace sobre el sentido de la vida? ¿Qué sentido tiene la vida? y, por consiguiente, ¿qué sentido tiene la historia humana? Estas son preguntas humanas, ciertamente dramáticas, pero bien nobles y que caracterizan al hombre en su dignidad de persona. Desde luego el hombre no puede encerrarse en los límites del tiempo, como en una especie de jaula de la materia, caer en la trampa de una existencia inmanente y autosuficiente. Pero puede intentar hacerlo, puede también afirmar, con palabras y con gestos, que su patria es el tiempo, y que su hogar sólo es el cuerpo2.
¿Cómo ven hoy muchos la muerte? Hay gente, también en la élite intelectual, que enseñan doctrinas que rezuman la duda. Son quizás eslabones de esa larga cadena que lo niega todo por sistema para justificar su falta de respuestas. En una gran parte del pensamiento moderno, ateo, agnóstico, secularizado, se afirma con insistencia que la interrogación suprema de la vida tras la muerte es sólo una enfermedad del hombre, algo así como una patología psicológica y sentimental, de la que hay que curarse, afrontando audazmente el absurdo, la muerte, la nada.
No queremos morir pero tampoco vivir sin calidad de vida y tanto la ancianidad como la enfermedad incluyen con el deterioro esa carencia. No olvidemos que la vejez es la enfermedad crónica más incurable que existe. Es una paradoja. “Por un lado, no queremos morir; los que nos aman, sobre todo, no quieren que muramos. Por otro lado, sin embargo, tampoco deseamos seguir existiendo ilimitadamente, y tampoco la tierra ha sido creada con esta perspectiva”3. El Papa se pregunta en la Encíclica dos cuestiones; por una parte ¿qué es realmente la vida? Y de otra ¿qué significa verdaderamente eternidad? Sabemos que la vida es un don que dura cierto período de tiempo en el que cada uno de nosotros afronta el desafío que ésta implica: el de tener un objetivo, un destino, y el de luchar por él.
Para unos la vida “de esta tierra” lo es todo y para otros esta vida “no vale la pena” vivirla. Frente a este hecho desconcertante Benedicto XVI se pregunta: “¿De verdad queremos esto: vivir eternamente? Tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo. Seguir viviendo para siempre –sin fin– parece más una condena que un don. Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable”4.
De fondo lo que ansiamos, en realidad, es la felicidad más que la vida. Si a la felicidad que no empalaga, ni aburre, se le llama vida eterna, entonces sí. Entonces eso es lo anhelamos. Deseamos, por tanto, algo que no sabemos qué es y en cuyo “no-saber” tiene su existir. El Obispo de Hipona lo llama “sabia ignorancia” de una manera muy elocuente. “No sabemos lo que queremos realmente; no conocemos esta verdadera vida y, sin embargo, sabemos que debe existir un algo que no conocemos y hacia el cual nos sentimos impulsados”5.
Lo que desea el hombre es “la vida misma, la verdadera, la que no se vea afectada ni siquiera por la muerte”, esa que desconocemos pero a la que “nos sentimos impulsados”. “La expresión vida eterna trata de dar un nombre a esta desconocida realidad conocida. Es por necesidad una expresión insuficiente que crea confusión. En efecto, eterno suscita en nosotros la idea de lo interminable, y eso nos da miedo; vida nos hace pensar en la vida que conocemos, que amamos y que no queremos perder, pero que a la vez es con frecuencia más fatiga que satisfacción, de modo que, mientras por un lado la deseamos, por otro no la queremos”6. Jesucristo da la respuesta a todos los interrogantes, también dice qué es la vida eterna: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría”7.
Pedro Beteta López
Teólogo y escritor
Notas al pie:
1. Mensaje para la XI Jornada mundial de la juventud, 26-XI-1995
2. Cfr. JUAN PABLO II; Audiencia a una representación militar italiana, 1-III-1979
3. Spe Salvi, 11
4. Spe Salvi, 10
5. Spe Salvi, 11
6. Spe Salvi, 12
7. Jn 16, 22