La Razón , 23/06/08 - madrid- José Jiménez Lozano es un novelista paradójico, casi contradictorio; un autor que escribe sin prisas, apartado de las precipitaciones, pero del que las imprentas sacan cada año un nuevo libro. Enemigo de las inquietudes urbanas y amigo de que los textos reposen en la soledad del cajón el tiempo conveniente para que en la oscuridad aflore la sintaxis imprecisa para después atajarla, deja el tercio de los ensayos y la poesía y se adentra por los meandros, inexplorados por él, de la novela policiaca con «Agua de noria» (RBA). «Este género cumple hoy el mismo papel que antiguamente la tragedia griega. Un género apropiado para verter este laberinto que nos rodea en la actualidad y explicarlo. Es adecuado para hablar de los crímenes políticos o los económicos, aunque su estructura esté muy americanizada», comenta.
Denuncias y abusos
Un tipo de literatura, vilipendiada por unos, amada por otros, pero leída por todos, donde el sol es el resplandor de un tubo fluorescente y los protagonistas se mueven por los pasillos sombríos del crimen. Jiménez Lozano se apropia de sus estructuras, de sus estereotipos, para volcar sus preocupaciones y dar a su trama un toque inquietante: los límites morales de la ciencia. «De vez en cuando llegan denuncias, de la eugenesia en Suecia, de ensayos de medicamentos en Estados Unidos o en Japón. Si se hace con control, no habría que dudar de la moralidad de la ciencia», afirma. Jiménez Lozano ha urdido un fondo de corrupción donde se trafica con órganos y en el que sale a relucir el debate de la bioética. «Cada día nos acercamos más al borde. Lo que en tiempos de Hitler ni siquiera se podía mencionar y que estaba en los juicios de Núremberg, ahora se comenta. Se dicen cosas que antes era impensables. Lo malo es cuando salen a la plaza y no encuentran resistencia».
Después, preocupado, argumenta: «Estos años hemos pensado demasiados horrores, como engendros genéticos o despensas genéticas. Es muy difícil de aceptar. Lo que pueda ocurrir mañana, sólo se puede aventurar, aunque puede ser un horror», advierte el novelista.
Jiménez Lozano se pregunta sobre quién debe tener la potestad para tomar estas decisiones:«Hablar de bióteca casi implica que ya se están haciendo ciertas cosas. ¿Pero quién puede decidir? ¿Un juez? Debe ser consciente de que su decisión tendrá consecuencias muy serias. ¿Quién lo determina? Antes existía una ética y una cultura común, y todos respetaban la vida. Ya no. No creo que la ciencia tenga que debatir todos los días sus límites, pero cuando tenga que hacerlo, que no sea el Estado el que decida».