Análisis Digital, 26/06/08 - En primer lugar, tendremos que reconocer que nuestros sacerdotes, nuestros seminaristas, nuestros cristianos, todos nosotros vivimos en este mundo y con frecuencia asimilamos sin darnos cuenta juicios, actitudes, dudas, exigencias, que provienen de este mundo y corresponden más a los principios de una cultura atea que a una verdadera mentalidad cristiana.
Somos capaces de defender en nombre de Dios y del cristianismo ideas y razonamientos que corresponden más al tronco de la cultura atea que a la verdadera tradición cristiana. Esgrimimos derechos o pedimos acomodaciones que no proviene del espíritu cristiano sino del espíritu de la rebeldía y del antropocentrismo. Poco a poco, también nosotros sentimos la necesidad de instalarnos cómodamente, de tener de todo, de asumir los horarios y los calendarios de la “gente normal", sin darnos cuenta que estamos pactando con el mundo del materialismo, de la idolatría y de la irreligión.
Un sacerdote puede muy fácilmente llegar a sentirse incómodo en la Iglesia porque le estorba la obediencia, la abnegación, el inmovilismo, la falta de eficacia, etc. En algunas disidencias habituales y en algunos malestares crónicos, ¿acaso no puede haber una inadvertida inadecuación cultural?
El Papa Benedicto XVI ha pronunciado hace poco tiempo unas palabras muy severas:
“Esta secularización no es tan solo una amenaza exterior para los creyentes, sino que hace tiempo que se manifiesta también en el propio seno de la Iglesia, desnaturalizando desde dentro y en profundidad la fe cristiana, y por lo tanto el estilo de vida y la conducta diaria de los creyentes. Estos viven en el mundo y se ven con frecuencia marcados –cuando no condicionados- por la cultura de la imagen, que impone modelos e impulsos contradictorios, en una negación práctica de Dios: ya no hay necesidad de Dios, de pensar en El y de volver a El.
Además, la mentalidad hedonista y consumista dominante, favorece, tanto en los fieles, como en los pastores, una deriva hacia la superficialidad y un egocentrismo nocivo para la vida eclesial. La muerte de Dios” que tantos intelectuales anunciaron hace unos decenios da paso a un culto estéril del individuo. En este contexto cultural, existe el peligro de caer en una atrofia espiritual y en una vacuidad del corazón caracterizada en ocasiones por formas sucedáneas de pertenencia religiosa y de espiritualismo difuso. Se impone con más urgencia que nunca reaccionar contra semejante deriva tomando como referencia los más elevados valores de la existencia que dan sentido a la vida y pueden satisfacer la inquietud del corazón humano que va en pos de la felicidad: la dignidad del ser humano y su libertad, la igualdad entre todos los hombres, el sentido de la vida y de la muerte y de lo que nos aguarda una vez concluida nuestra existencia terrenal” (Discurso a la Plenaria del Consejo de la Cultura, 8/3/08).
Por eso, la primera cautela que debemos tener ante este peligro de colonización cultural, antes de pensar en los demás, es tratar de mantener y vivir claramente de manera unitaria y coherente la mentalidad cristiana y religiosa, en estricta comunión con la Iglesia, cultivándola en la oración, en la lectura asidua de la Escritura, en la lectura de vidas de los santos que son nuestros verdaderos conciudadanos, conviviendo y compartiendo nuestras ideas y nuestros sentimientos en ambientes estrictamente cristianos. En la actualidad el hecho de estar ordenado sacerdote no garantiza el tener una mentalidad verdaderamente cristiana. Quien vive entre fumadores siempre huele a tabaco. El Papa acaba de decir que hoy, en nuestro mundo, los cristianos, para serlo de verdad, no solamente necesitamos una “conversión moral, sino que necesitamos previamente lo que él llama una conversión intelectual", es decir el esfuerzo explícito para tener y mantener una mentalidad verdaderamente católica, una visión del mundo y de la vida realmente adecuada al mundo de la revelación y de la fe. Es decir, hoy el cristiano tiene que ser capaz de vivir espiritualmente exiliado del mundo, para vivir espiritualmente en tradición apostólica y en la Iglesia de los santos.
Es cierto que en tiempos de agresión cultural pueden aparecer posturas fundamentalistas. Siempre hay quien cree el remedio para los males de la Iglesia y de la sociedad es la imposición de una disciplina severa. Yo más bien creo que la verdadera respuesta es una formación personal paciente, bien asimilada, un clima de confianza y de acogida interior que facilite una vida de comunión y de comunidad de manera que la Iglesia y la comunidad concreta donde vivimos sean el verdadero hogar de nuestro pensamiento y de nuestros afectos.
En un mundo tan polarizado y tan agresivo como el nuestro es preciso que los sacerdotes, y por tanto también los actuales candidatos asuman muy claramente y muy profundamente su identidad cristiana y eclesial, con claridad, con convencimiento, con entera confianza y fidelidad, aceptando de antemano las diferencias y las tensiones con el mundo no cristiano que nos rodea. Las reservas interiores, los distanciamientos, los conflictos habituales pueden fácilmente degenerar en un alejamiento interior que favorece el contagio cultural y el creciente distanciamiento espiritual.
Tenemos que tener el valor y la humildad de examinarnos a nosotros mismos y reconocer en qué y cómo nos hemos dejado contagiar por la cultura circundante hija del materialismo y del ateísmo. He aquí unos cuantos puntos dignos de consideración.
1. Podemos preguntarnos, p.e., si nuestras preocupaciones pastorales, los objetivos prioritarios de nuestra predicación están suficientemente centradas en el testimonio sobre Cristo y sobre Dios, si nos preocupamos ante todo de fortalecer la fe en Dios de nuestros cristianos o nos enredamos excesivamente en cuestiones secundarias.
2. Tendremos que examinar si nuestra visión y presentación del cristianismo no es excesivamente antropocéntrica, excesivamente de este mundo y para este mundo, sin tener suficientemente en cuenta la primacía de Dios, la gratuidad y la necesidad de la salvación, el reconocimiento de Jesucristo como centro de gravedad y punto de partida de nuestra vida.
3. En la misma línea conviene que pensemos si damos la suficiente importancia a la dimensión escatológica de la vida cristiana, no sólo en los funerales, sino en la presentación de la vida cristiana en general, la primacía del juicio de Dios en nuestra vida, la importancia de la oración, la necesidad del desprendimiento, la justificación de la moral cristiana, la necesaria renuncia a los bienes de este mundo, el deseo y la esperanza de los bienes futuros como realidad definitiva de nuestra vida.
Si tenemos en cuenta estas cuestiones, veremos que con frecuencia hablamos demasiado de la Iglesia y de cuestiones eclesiales o clericales, valorando más los aspectos sociológicos y organizativos que el misterio interior de la Iglesia que nos hace contemporáneos de Jesús por su palabra y por los sacramentos, hijos de Dios por el don de su Espíritu. La misión de la Iglesia no es hablar de sí misma sino acercar a las personas al conocimiento de Jesús, a la adoración de Dios y a la recepción humilde y agradecida de sus dones. Todo lo demás nos vendrá por añadidura.
Nuestra misión, como la de Jesús, es salvar a los hombres, ayudarles a descubrir y a aceptar a Dios como principio y plenitud de nuestra vida. Para eso tenemos que estar convencidos de ello sin dudas ni fisuras posibles. Y tenemos que estar convencidos de que una cultura sin Dios es objetivamente una cultura contra el bien del hombre, una cultura que comienza ensalzando al hombre, prometiéndole todas las felicidades del mundo, pero que degenera sin remedio en una cultura del egoísmo, de la insolidaridad, de la crueldad y de la muerte.
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Blog Monseñor Sebastián
25/06/08