Santa Fe, 11 Ago. 08 (AICA) Celebramos este domingo el Día del Niño. Cuando Jesús nos propone “hacernos como ellos” (Mt. 18, 3), lejos de una actitud sentimental o de infantilismo, se refiere a un estilo de vida que les es propio, y que tal vez hemos perdido. Pienso en la simplicidad y en la apertura sincera del niño frente a la realidad. Ellos no muestran el interés ni el cálculo del adulto en sus relaciones. Son confiados, tienen esperanza, con ellos la vida comienza. El niño es naturalmente creyente, tiene una sana apertura al misterio, que no es ingenuidad sino profundidad de conocimiento.
El adulto, haciendo gala de su inteligencia, cuántas veces pierde esta dimensión en su vida y termina encerrándose en los límites y alcance de su mirada. El niño, en cambio, se abre con naturalidad al mundo de la fe, participa de ese espíritu de sabiduría que lo descubre como hijo y criatura; ello no lo empobrece sino que lo introduce en la verdad profunda de su vida. La afirmación de Dios no lo limita, sino que lo abre como ser espiritual a la trascendencia, que da sentido, confianza y esperanza a su vida. Los Catequistas son testigos de esta capacidad en la vida y el conocimiento de los niños.
Frente a estas características del niño, tanto el adulto como la sociedad, tenemos obligaciones y responsabilidades. Ellos necesitan y reclaman una actitud de respeto, de cuidado y nivel de educación. En primer lugar, de respeto a su condición de ser espiritual en camino de formación y que necesita, por lo mismo, de un ambiente humano y cordial para vivir y crecer. De cuidado, porque viven una etapa en la que dependen de la presencia, el testimonio y la ejemplaridad del adulto. Y de educación, por ser este el ámbito necesario para desarrollar todas sus potencialidades y conocimientos. Esto, para ellos, es un derecho, para nosotros los adultos y la sociedad una obligación que debemos asumir.
No podemos en esta celebración del Día del Niño dejar de pensar en esa otra realidad de la niñez que nos interpela como sociedad y compromete como adultos. Me refiero a la pobreza y marginalidad en la que viven muchos niños cerca de nosotros, y que se encuentran lejos de esos derechos de los que hemos hablado, estoy hablando de la infancia en situación de riesgo. Ellos van creciendo en un mundo en el que no son respetados, ni cuidados y sin la posibilidad de una educación acorde a sus necesidades. Con cuánta verdad alguien dijo que la mayor parte del presupuesto de educación debería orientarse, precisamente, a estos niños si queremos una sociedad más justa e inclusiva. Es importante que a esta realidad la hagamos propia, no sólo un objeto de estudio o de conversación, sino que nos sintamos responsables de encontrar una respuesta mediante nuestra participación social, como a través del reclamo a las autoridades. La vida y el cuidado del niño es también un tema político.
Que esta celebración del Día Niño nos encuentre reunidos en familia, para recrear ese ámbito tan íntimo y necesario que hace al respeto, al cuidado y a la educación de nuestros niños. Reciban de su Obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz