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La repentina conversión del padre Fortea

1 de diciembre de 2008
Descrita en su libro "Memorias de un exorcista", compite, por inesperada, con las de Frossard o Gorítcheva

Forum libertas,26/11/08 -

Lo decía André Frossard en libro Dios existe, yo me lo encontré: a muchas personas, incluyendo muchos cristianos, no les gustan las conversiones gratuitas, súbitas, por pura gracia, sin procesos previos. Dan la sensación de que Dios coge a una persona y le da la vuelta, la cambia. Dan la sensación de que Dios es libre y es Señor. A muchos, eso les asusta.

Es lógico que estas historias de conversión asusten a la gente que no es religiosa. Recuerdan que "podría pasarme a mí". Es más desconcertante que asuste a la gente religiosa. Algunos, quizá, tienen miedo de que Dios "se fije demasiado en mí" y "me cambie".

Otros, parecen temer el poder de Dios para tocar y cambiar a la gente con descarada libertad, e insisten en buscar las raíces psicológicas del cambio. Pero, a veces, no hay raíces. Simplemente, parece que Dios hace lo que quiere y como quiere.

José Antonio Fortea, cura de la diócesis de Alcalá de Henares famoso por sus libros sobre demonología y algunos casos de exorcismos que ha recogido la prensa, acaba de publicar su libro "Memorias de un exorcista" (Ed. Martínez Roca, 2008). En realidad, los temas demonológicos sólo ocupan una tercera parte del libro. El resto del volumen habla de su infancia, de su vocación, de la vida cotidiana de un cura en un pueblo, en el servicio militar, como capellán en un hospital, las relaciones con feligreses, compañeros, sus lecturas y aficiones...

El libro se lee bien, con agilidad, y resultará especialmente interesante para aquellos que hemos nacido entre 1965 y 1980, con un costumbrismo que recoge los dibujos animados, los tebeos, los libros de nuestra generación. Y también el ambiente eclesial. Pero, más impactante que los testimonios de exorcismos es el testimonio de conversión del joven Fortea, que vamos a transcribir íntegro por su absoluta gratuidad, para luego compararlo con tres casos "emblemáticos": el del escritor francés André Frossard, el de la autora soviética Tatiana Gorítcheva y el de la poetisa norteamericana Joy Davidman.

Fortea era un chaval de Barbastro, Huesca, de 15 años, que no iba a misa excepto en alguna ocasión familiar o escolar y no tenía ningún interés por Dios. El cambio llegó el 12 de octubre de 1983, cuando estudiaba segundo de BUP.

"Un día como otro cualquiera, entré en mi habitación y, de pronto, sentí que era un egoísta y una mala persona. Me entró un gran arrepentimiento y vi que la Iglesia era el camino por donde iría progresando hacia la virtud. Todo esto no duró más de medio minuto, no oí ninguna voz celestial, ni tuve ninguna visión, pero de pronto se había operado en mí una gran conversión: había comprendido que era un pecador y que el camino de la salvación era la Iglesia.

Así de sencillo, así de repentino. Ya me gustaría poder escribir treinta capítulos, como san Agustín, explicando mi marcha hacia la conversión. Pero en mi caso no hubo evolución, sino irrupción repentina de la gracia.

Es curioso, nada había preparado ni presagiado ese momento, no tenía ningún remordimiento, ninguna preocupación, nada. Fue una acción fulminante de la gracia. Vivía tan feliz en mi alejamiento de la religión y de pronto... De pronto, en medio minuto, me acababa de convertir en una persona religiosa. Era increíble. En los días precedentes, ni mi familia, ni mis amigos, ni mis profesores me había impulsado a ello. Nada, absolutamente nada. No había una causa razonable que provocara aquel cambio tan brusco, tan profundo.

Sin duda, cualquier psiquiatra me diría que eso se debía a mil causas latentes en mi subbconsciente. Pero no, yo, que me conozco bien, puedo asegurar que aquello fue la gracia, una gracia súbita, contundente, que me hizo pasar del blanco al negro en medio minuto, sin hablar con nadie, sin leer nada, sólo dándome cuenta de esas dos cosas, que yo era un pecador y que las enseñanzas de la Iglesia eran la verdad y constituían el camino para progresar en virtud. Fue un cambio sin dudas ni vacilaciones.

En aquel mismo momento me arrodillé al lado de mi cama y oré intensamente, sabiendo que alguien me escuchaba. Aquélla sí que fue una oración profunda. No duró más allá de dos minutos, pero en cuanto me levanté, tomé una hoja de papel y comencé a hacer examen de conciencia. Sin ningún tipo de resistencia por mi parte, entendí que debía confesarme.

Externamente seguí igual, pero internamente era ya otra persona. No comuniqué a nadie mi cambio, mi conversión. Al llegar el domingo, pensé que debía ir a misa. Pero se me hacía muy duro, porque cuando iba a misa era acompañado de mi familia o de todo el curso. Me resultaba muy violento ir solo. Pensaba que, al entrar, la gente me miraría y que comentarían en voz baja mi presencia allí. Barbastro no era Nueva York, todos nos conocíamos, y mis miedos no eran infundadas imaginaciones de mi mente.

Estuve luchando internamente media hora, en mi casa. Pero cada vez que me decía voy, me imaginaba a las señoras susurrando ah, mira, el hijo de Fortea, qué raro, si nunca viene.

Finalmente, a pesar de mis esfuerzos internos,  me rendí; no podía ir, era superior a mis fuerzas. Diez minutos después, un amigo que en nueve años nunca me había invitado a ir a misa me llamó por teléfono y me preguntó: ¿Quieres ir a misa? Nadie me había propuesto jamás ir a misa, y ese domingo, ¡justamente ese!, recibía aquella llamada. Dios existía, dijeran lo que dijeran Marx, Freud o Sagan en su documental Cosmos.

Ese día fui, y ya no dejaría de ir cada domingo en lo que me quedaba de vida. Ese domingo me confesé y por fin comulgué a ciencia y conciencia. Dios había irrumpido en mi vida de un modo arrasador. No había precisado de tiempo, ni de preparación, ni de nada; entró cuando Él quiso, como Señor que entra cuando quiere, donde quiere.

No hace falta decir que mi presencia en aquella iglesia de San Francisco fue notada. Había más de trescientas personas, y las noticias no tardarían en llegar a mi madre. Y reza muy fervorosamente después de comulgar, le llegó a decir a mi madre una señora de la misma calle. Mi madre no se opuso y no me dijo nada, pero sí que me refirió ese comentario, sugiriéndome que no me significara tanto.


A continuación, copiamos el fragmento que narra el momento clave de la conversión de la joven estudiante de filosofía Tatiana Gorítcheva. Nihilista inquieta, desencantada de todo y de todos en la URSS de los años setenta, había empezado a practicar yoga por relajarse:

"Cansada y desilusionada, realizaba ejercicios de yoga y repetía mantras. Conviene saber que, hasta ese instante, yo nunca había orado ni conocía realmente oración alguna. Pero el libro de yoga proponía como ejercicio una plegaria cristiana, en concreto, la oración del Padrenuestro. Empecé a repetirlo mentalmente como una mantra de un modo inexpresivo y automático. La dije unas seis veces. Entonces, de repente, me sentí transformada por completo. Comprendí con todo mi ser que Él existe. ¡Él, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado! ¡Qué alegría y qué luz esplendorosa brotó, entonces, en mi corazón! El mundo entero, cada piedra, cada arbusto, estaban inundados de una suave luminosidad." 

[ Hablar de Dios resulta peligroso, Tatiana Goritcheva, Ed. Herder; ver un testimonio más completo en:

www.interrogantes.net/Tatiana-Goritcheva-Desde-el-vacio-del-mundo-oficialmente-ateo/menu-id-1.html ]


Es una conversión súbita, gratuita, fulminante y maravillosa, sin duda. Pero Gorítcheva era estudiante de filosofía en la universidad, tenía inquietudes vitales, aunque no religiosas. Y había repetido seis veces el Padrenuestro, aunque fuese mecánicamente. Fortea sólo era un chico de 15 años y no rezaba nada. En un ranking de "conversiones gratuitas", el adolescente de Barbastro competiría favorablemente.

Otro caso clásico -e impactante- es el de André Frossard. Su libro "Dios existe, yo me lo encontré" está dedicado, íntegramente, a demostrar que ni él, ni su entorno, ni su familia, tenían ninguna relación con Dios ni con cosas religiosas. No pensaba en Dios igual que no pensaba en Papa Noel. Pero en las últimas páginas, por fin, Frossard explica cómo un día entró en una capilla a buscar a un amigo y se convirtió fulminantemente.


"Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra. Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -hasta tal punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, "católico, apostólico, romano", llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo para el bautismo, y que miraba entorno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.

No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido una brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo, sino como no iba a él y me lo encontré. (...)  

[ Dios existe, yo me lo encontré; André Frossard, Ed. Rialp; ver un testimonio más completo en:

http://www.interrogantes.net/Andre-Frossard-Dios-existe-yo-me-lo-encontre/menu-id-23.html  ]

El caso de la poetisa Joy Davidman, que sería esposa del escritor C. S. Lewis, es también significativo. Ella era de ascendencia judía, pero atea, comunista y materialista. Estaba casada con otro convencido ateo comunista, el escritor Bill Gresham. Éste padecía crisis nerviosas y ataques graves. Un día él no llegaba y ella, inquieta, no sabía que hacer.

"Acosté a los niños. Por primera vez en mi vida me sentí desesperanzada; por primera vez en mi vida mi orgullo se vio obligado a admitir que, después de todo, no era la dueña de mi destino, el capitán de mi alma... Todas mis defensas, los muros de vanidad y arrogancia detrás de los cuales me había ocultado de Dios, desaparecieron momentáneamente.

 

Y entonces entró Dios. Había otra Persona acompañándome en la habitación, presente en mi conciencia, una persona tan real que toda mi vida anterior me pareció un simple juego de sombras. Comprendí que Dios siempre había estado allí y que yo, desde la niñez, había dedicado la mitad de mi esfuerzo a echarlo. Mi percepción de Dios duró al menos medio minuto.  Cuando se desvaneció me vi a mí misma de rodillas y rezando. Creo que he debido ser la atea más sorprendida del mundo."  [Testimonio en "These found the way", 1951, y en Los Inklings, de Humphrey Carpenter, HomoLegens, 2008]

 

 Sin duda, la conversión fulminante de Joy Davidman, como la de André Frossard y la de Tatiana Goritcheva son paradigmáticas del fenómeno. Pero quizá la sobriedad emocional e intelectual de la experiencia del muchacho de Barbastro es, por eso, más "radical", más gratuita: una necesidad de limpiar el pecado (arrepentimiento sin trauma ni culpabilización) y la certeza de que la salvación pasa por la Iglesia.

Personas reflexivas, que escriben y diseccionan su vivencia sobre el papel, han contado así su historia. ¿Cuánta gente más, de la que vemos en la calle todos los días, es tomada por Dios, impactada por su gratuidad?¿Cuántas otras formas tiene Dios de llegar a ellos?

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