Forum Libertas, 06/03/09 -
Yo, que nací y viví la infancia y la adolescencia en un país del bloque soviético, recuerdo perfectamente mi primer contacto con Maksím Gorki: la foto de una cara grave y sombría en el manual de Lengua rusa (que era obligatorio estudiar desde el cuarto curso de Primaria hasta el Bachillerato) y un poema que lamentaba la miserable suerte de los parias rusos. Luego, la explicación de la maestra de que “Gorki” significa 'amargo' y que este no es el nombre real del autor, sino un seudónimo elegido por el escritor. Esta amargura que se ve tanto en su cara como en las páginas de sus poemas y sus novelas se entiende cuando uno posa la mirada sobre la trágica biografía del que se convertiría en el hombre de letras emblemático de la Unión Soviética: huérfano de padre, a los tres años tuvo que testimoniar las desventuras de su madre, que, maltratada por sus familiares como represalia por haberse casado con un hombre de condición social más baja, se aleja del seno de su familia y se casa con un hombre más joven, el cual, no obstante, pronto la abandona; desesperada y abatida, morirá poco después dejando al futuro escritor —en aquel momento, un muchacho de doce años— a la merced de sus tíos y de su abuelo, quienes no le ahorrarán golpes y humillaciones.
Ni siquiera el éxito de la revolución mejorará su suerte, puesto que después de los hechos de febrero de 1917 (anteriores a la Revolución de Octubre), Gorki se opone a las tesis bolcheviques que propugnaban la lucha armada contra el gobierno Kerenski. También después de la Revolución de Octubre mantendrá sus críticas contra “la cultura del odio clasista” y “la violencia del terror”, lo cual le merecerá el calificativo de “traidor de la revolución” impuesto por el régimen bolchevique; tanto es así que el propio Lenin insistió en que abandonara el país con el pretexto de curarse de la tuberculosis en el extranjero.
Permanecerá en este particular exilio hasta 1931, año en que Stalin consiguió que el autor, tras renegar de sus ‘errores’ de la época inicial de la Revolución, volviera al país, lo que le sirvió al gran déspota como motivo de lucimiento para encubrir la creciente deshumanización del orden político surgido tras la Revolución, que por aquel entonces estaba alcanzando ya unos niveles de monstruosidad con los que no llegó a soñar ni siquiera el régimen zarista (por mencionar tan sólo algunos ejemplos, recuérdense las purgas masivas en el ejército y en el propio Partido Comunista, los campos de concentración para los prisioneros políticos, la eliminación por hambre del campesinado ucraniano, el genocidio del clero greco-católico y un largo etcétera). Desgraciadamente, el escritor aceptó este lamentable papel y llegó a ser declarado el principal promotor de los “principios fundamentales del realismo socialista”, tal como nos recuerda el traductor Rafael Cañete en el interesante prólogo de esta edición.
Teniendo en cuenta el episodio de su biografía referente a su madre, que se nos presenta como un ser débil, abatido y finalmente vencido por las contrariedades de su miserable existencia, sorprende el hecho de que la figura de Pelagia Vlasov, protagonista del presente volumen, sea uno de los personajes femeninos más heroicos y monumentales de las letras rusas y soviéticas. ¿Acaso se trata de una proyección de los deseos íntimos del escritor acerca de cómo le hubiera gustado que hubiese sido su progenitora? ¿Una compensación artística del triste recuerdo de su madre real?
Sea como fuere, se trata de un personaje modélico desde el punto de vista de la retórica revolucionaria: una mujer pobre, maltratada por su marido, iletrada, asustada, pasiva, inconsciente de sus derechos y privada de dignidad, que, no obstante, al entrar en contacto con las ideas revolucionarias vive una paulatina metamorfosis para acabar convirtiéndose en una mujer fuerte, entregada a la causa y consciente de sus deseos de libertad. La cumbre de esta transformación interior llega cuando Pelagia, al haber sido arrestado su hijo Pavel, hasta entonces líder del incipiente movimiento obrero y mentor ideológico de ella, se lanza a liderar el movimiento, pagando por ello el alto precio de lo que el narrador describe como un martirio por la causa noble de la libertad obrera.
Fijémonos en la escena que representa este sacrificio de la mujer que, según la crítica soviética, se convirtió en símbolo de la idea revolucionaria y en “monumento de su época”: “la arrastraban del cuello, la empujaban por la espalda, le golpeaban en los hombros, en la cabeza (…) Su cuerpo, temblando por la quemazón del dolor, se hizo más pesado y comenzó a dar tumbos sin fuerzas de un lado para otro.” (486) No obstante, ahogada por sus sicarios, antes de perder totalmente la conciencia exclama con voz fuerte su particular testamento: “¡Ni con mares de sangre podréis ahogar la verdad!” (486).
Este final de la obra, que resulta monumental y trágico, aunque no exento de esperanza en relación con los frutos del sacrificio, adquiere sin duda más dramatismo aún a los ojos de un lector contemporáneo, consciente de que aquella lucha sincera y heroica por parte de muchos obreros ávidos de la libertad y la dignidad de las que se veían privados llevó, no obstante, a la constitución de un régimen político que derramó ya no mares, sino océanos de sangre (entre 100 y 200 millones de víctimas según la UNESCO). Por todo ello, cien años después de la primera publicación de este libro me parece que todavía vale la pena leerlo: no solamente para conocer a uno de los escritores más talentosos que ha dado la Europa del Este en el siglo XX, ni solamente para poder mirar de cerca el ambiente obrero de los años previos a la Revolución Rusa —un suceso fundamental para la historia mundial del siglo XX—, sino también porque se trata de un excelente material para la reflexión acerca del misterioso y a veces irónico drama de la historia de la humanidad.
Maksím Gorki
La madre
Traducción y prólogo de Rafael Cañete Fuillerat
Akal, Madrid, 2007
496 páginas