Análisis Digital, 16/06/09 - El servicio en su generosidad se une a la dicha. La donación de uno mismo, entendida como ese darse por entero a los demás no tiene parangón con ninguna otra cosa del mundo.
Es curioso como las personas más apasionadas y dedicadas al prójimo suelen ser las más felices. El compartir la existencia con un grupo de amigos, alumnos, familia… hace que nuestra vida y la suya propia se enriquezca, acrecentándose cada día, de nuevo, con el roce que da la intimidad, el afecto.
La donación cobra en su magnificencia el sentido de misión. Una misión que podemos singularizar si queremos. La misión hace feliz al que sigue el buen camino, lo cual no quiere decir que esté excento de luchas. Al contrario, las habrá y siempre. No obstante, guiados, seremos capaces de superarlas, más audaces. De esta manera nos reforzaremos y reafirmaremos a nosotros mismos.
La vida es eso, una lucha diaria con uno mismo y a veces con un entorno hostil. Donarse a la vida es la misión salvadora del hombre. De ahí que negarla en cualquiera de sus formas sea la máxima expresión del desprecio por el ser. El existencialismo en su culminación final. Un dictado con letras de injusticia y de injusticia social que debemos rebatir con la veracidad, con tinta, con voz.
Cuando los niños pequeños se caen, a veces lloran, otros, al contrario, se levantan y aquí no ha pasado nada. Ha sido sólo un tropiezo ¿y bien?
Ese levantarse en la voz si se quiere, aunque el golpe duela, para defender la Verdad merece la pena “(…) es fruto del amor de Cristo y a la Iglesia, un amor que se traduce en entusiasmo y entrega, que se crece ante las contrariedades y dificultades (…)” (1).
La generosidad llena de gratuidad vuelve constantemente con creces y agradecimientos.
Quienes no son capaces de sacrificarse incondicionalmente, excavan, sin saberlo, una tumba profunda en sus corazones. Tan endurecidos y marchitos, se hallan sedientos y anhelantes del Amor y la Ternura de Dios. Un Dios que se manifiesta en el servicio al prójimo. Toda manifestación de amor proviene de Dios. “La ternura de Dios es nuestra fuerza y es su debilidad. Dios, lleno de Ternura, es incapaz de pasar ni un instante sin venir a nuestra vida y llenarla con su Amor total” (2).
A los hombres ateos, agnósticos, de buen corazón que buscan sin mirar, les falta encontrar esa ternura incondicional de su Padre. Les falta mirar más allá, aún más allá de lo cierto y evidente. “La mirada de Jesús fue limpia (…) Siempre amaba con la mirada. Nunca se cansaba de mirar a los que nadie mira y decirles desde lo más profundo de su corazón que los amaba” (3).
Les falta preguntarse en su conciencia hondamente, bucear por sí mismos hasta darse cuenta de ese Amor infinito que les une a la Vida. “(…) Somos demasiado cerebrales, demasiado poseídos de nosotros mismos; nos hace falta la ternura (…)” (4). No entendamos la ternura como mera sensiblería o un estado pasajero sentimentalista. No. Entendamos la ternura como lo que en suma es. La expresión de algo muy bello que nos toca y nos regala.
Nadie da lo que no tiene. Para darse primero hay que ser y saberse digno en su misma persona. Después la donación llega sola. Caminando, encontramos. Si encontramos y amamos vamos por el buen sendero. Una aventura, sin duda. Jamás le pongamos límites, pues como decía Paracelso: “cada ser humano es un representante de toda la humanidad. Cuando ocurre un cambio en la conciencia de un hombre se produce un cambio en la conciencia de toda la humanidad”.
La conciencia es la ventana del hombre. “Hay que formar la conciencia y esclarecer el juicio moral (…) la educación de la conciencia es una tarea de toda la vida (…)” (5). La donación deja traslucir el sol, medida de la entrega. Abrasa en llamas de amor el corazón que grita y late, tierno, enamorado.
Maite Cantón Santana
Notas al pie:
1. Cfr. Monseñor Damián Iguacen Borau: Incondicionalidad, apuntes para días de retiro con Jesús en el desierto. Edibesa, Madrid, 2004, p. 131.
2. Cfr. CERRO CHAVES, Francisco: La Ternura de Dios en el corazón del mundo que sufre. Monte Carmelo, Burgos, 2002. p. 19.
3. Ibíd. p. 25
4. Cfr. Monseñor Damián Iguacen Borau: o.c; p. 135.
5. Cfr. CEC, 1783, 1784.