Chiessa Expresso/"L'espresso" n. 18 del 2009 - Para Marc Chagall la Biblia era el alfabeto de colores del cual ha bebido todo el arte occidental. Muy cierto. Siglo tras siglo, la fortuna artística de las Sagradas Escrituras ha sido tan desmedida que hoy son más los que han aprendido la historia sagrada a partir de la pintura, de la escultura, de la arquitectura, que aquellos que han leído el texto. La Biblia es el libro más vendido en el mundo. Pero son pocos los que la han leído por entero. Paul Claudel, poeta francés converso, decía que "los católicos muestran un respeto por la Biblia tan grande que se quedan lo más lejano posible de ella.
Error imperdonable. Porque si es verdad que Rafael enseña tantas cosas, es más verdad aún que las estancias vaticanas que él pintó con frescos serían indescifrables si no se conoce la trama bíblica que les subyace, si no se ve por ejemplo, que los filósofos de la "Escuela de Atenas" están en camino hacia la liturgia celeste y terrena de la "Disputa del Santísimo Sacramento" pintada en la pared de enfrente. La Biblia es el "gran códice" de la cultura occidental. Sobre esto los mayores críticos literarios ya están de acuerdo. Eric Auerbach, en un capítulo memorable de "Mimesis", mostró que el Génesis y los Evangelios, aún más que la Odisea de Homero, son la matriz del realismo de la literatura moderna: "Fue la historia de Cristo, con su mezcla - libre de prejuicios - de realidad cotidiana y de altísima y sublime tragedia, a superar las antiguas leyes del arte de escribir"
Cierto, pocos saben leer la Biblia en el texto original, hebreo para el Antiguo Testamento y griego para el Nuevo. Pero ahora que la conferencia episcopal italiana ha publicado después de casi veinte años de trabajo por parte de biblistas y literatos la más precisa traducción italiana de la Biblia de siempre, hay un motivo de más para leerla. Esta nueva traducción de la Biblia, que "L'Espresso" propone a sus lectores, es la misma que se lee cada domingo en la misa. Ha sido hecha por lo tanto, para ser proclamada, cantada, musicalizada, ilustrada: como la Vulgata de San Jerónimo, la antigua traducción latina de las Escrituras que por siglos hizo una unidad con el gran arte occidental y, al mismo tiempo, con la vida y el lenguaje cotidiano de miles de hombres y mujeres.
Pero cuidado, la Biblia cristiana puede castigar a quien se aventura en ella a la ciega. Es un libro sapientísimo, más aún, un conjunto de libros, setenta y tres en total, producidos en un millar de años y repartido en dos grandes colecciones, el Antiguo y el Nuevo Testamento, que está fuertemente desaconsejado separar, so pena de no entender nada. La misa enseña. No se lee jamás una página del Evangelio sin que antes no se lea una página del Antiguo Testamento que la anticipa "en figura". Jesús es incomprensible sin los profetas. Si ha resucitado de los muertos, como los Evangelios lo atestiguan y el "Credo" lo proclama, ello ha ocurrido "según las Escrituras". Si del costado atravesado de Jesús brotan sangre y agua, con María y Juan a los pies de la cruz, es imposible no pensar en el segundo capítulo del Génesis, en Adán durmiente de cuyo costado Dios extrae a Eva, la madre de los vivientes. La cruz es el nuevo árbol de la vida del paraíso, como la magnífica cruz florecida del mosaico de la basílica romana de San Clemente. Es la fuente de la Iglesia, es el inicio de la nueva creación.
Del Antiguo Testamento, para comenzar, léase el Génesis. No se sorprenda si los relatos de la creación no son uno sino dos, uno seguido de otro y tan diversos en estilo y contenido. La Biblia no quiere decir cómo nació el mundo sino por qué. Y también por qué en un mundo que aún siendo bendecido por Dios como "bueno", se libera tanto mal, no por destino sino por la libre elección voluntaria, arrasando con el hombre también a la naturaleza. De Caín a Lamech, de la torre de Babel al diluvio, la maldad invade la tierra. Pero hay un Noé justo, en el arca salvada de las aguas. Luego está la llamada de otro justo, Abraham. Y hay una justicia también más allá del pueblo elegido, en el misterioso Melquisedec "sin padre, sin madre, sin genealogía", como escribirá en el Nuevo Testamento el autor de la carta a los Hebreos. Y está Dios que visita a Abraham en la persona de tres huéspedes anónimos que Rublev en el siglo XV pintará como el icono de la Trinidad. Y una vez más Dios que lucha con Jacob en la rivera del torrente Yabbok. ¿Dios? La Biblia no lo escribe. Lo deja intuir. Quizá.
En esto la Biblia es de verdad muy moderna. No dice nunca todo. Más bien obliga al lector a entrar en la trama y a decidir. "Las palabras divinas crecen con quien las lee", dijo el Papa Gregorio Magno en una homilía sobre Ezequiel profeta. Es como si las Escrituras durmieran, antes que el lector llegue a despertarlas del sueño. Han sido escritas así, llenas de enigmas, elipses, saltos, penumbras. Y la exégesis rabínica es así desde siempre: el "midrash" es una inagotable acumulación de lecturas y relecturas, montajes vueltos a poner e reinterpretaciones, realidad y visión. Una pintura de Chagall es su ilustración perfecta. Y así la liturgia cristiana: allí la Palabra de Dios no es una lectura de cualquier libro, sino que se hace realidad viviente en los símbolos sacramentales. El Verbo de Dios toma cuerpo y sangre.
Hay una antífona, en la misa de la Epifanía según el rito ambrosiano que se celebra e Milán que es un himno a la creatividad, en el estar cerca a la Biblia. La antífona canta: "Hoy al celeste Esposo se une la Iglesia, ya que en el Jordán Él ha lavado sus pecados. Corren los Magos con dones a las bodas reales y se alegran los convidados del agua convertida en vino. ¡Aleluya!". Las referencias al Evangelio son al menos tres: la visita de los Magos con dones para el Niño, el bautismo de Jesús adulto en el Jordán, al milagro de las bodas de Caná. Pero el orden cronológico es del todo saltado y la narración ha sido descompuesta y recompuesta. Las bodas se hacen las de Jesús y la Iglesia, las aguas bautismales purifican a la esposa, los Magos llevan los dones a la fiesta y los invitados comulgan bebiendo el milagroso vino procurado por el mismo Jesús, aquí y ahora.
Leído el Génesis, se salta al Nuevo Testamento y se lee Marco, el más antiguo, el más breve y el más fulgurante de los cuatro Evangelios. Todo basado en el "secreto mesiánico" como trama narrativa, un secreto que hace centellear sólo por momentos, desde la penumbra, la identidad de Jesús, y sólo al final la desvela con las palabras de centurión romano frente a la cruz: "¡De verdad este hombre era Hijo de Dios!" Otro elemento modernísimo del Evangelio de Marcos es su final truncado, en suspenso. Ha sido un oficial pagano quien reconoce a Jesús en la fe, todos los discípulos fugaron, y las mujeres que ven la tumba vacía no dicen nada a ninguno "porque tenían miedo". Punto. Al leer un final así, ¿cómo librarse de tomar posición? ¿Cómo resistirnos de entra en escena también nosotros? Es lamentable que de la "Marcus-Passion" de Johann Sebastian Bach se haya perdido la música, vistas aquellas obras de arte sublimes que él ha tomado de la más solemne, hierática, pasión de Mateo, y de la mística de Juan.
Y luego de nuevo se regresa al Antiguo Testamento. Se lee el brevísimo libro de Jonás, el profeta mandado por Dios para convertir y perdonar la Nínive pagana, tragado por el pez y vomitado el tercer día, brillante relato todo entretejido de fina ironía: y entonces se entenderá por qué Jesús se identificó con el "signo de Jonás" y por qué Miguel Ángel haya pintado precisamente a este profeta, en formas grandiosas, en la parte alta de la pared del altar de la Capilla Sixtina, entre la Creación y el Juicio, entre el inicio y el fin de los tiempos.
Y luego léase el libro de Job, gran teología y poesía muy alta. Y el Cantar de los Cantares, encantadora composición poética de amor. Luego de nuevo ábrase el Nuevo Testamento, con el díptico del Evangelio de Lucas y de los Hechos de los Apóstoles, con las aventuras de Pablo que naufraga en Malta y finalmente llega a Roma. No diremos nunca que la Biblia es aburrida.