Criterio 20/08/09 - San Isidoro de Sevilla, después de considerar la belleza finita de las criaturas y la belleza infinita del Creador, dice que por la belleza de las cosas creadas Dios nos da a entender la belleza increada para que el hombre vuelva a Dios por las mismas huellas que lo apartaron de él. Así, a quien por amar la belleza de la criatura se privara del Creador, esa misma belleza terrenal le sirva para elevarse otra vez a la hermosura divina.
San Isidoro, que en el siglo VI fue obispo en Sevilla y autor de las Etimologías, seguía a san Agustín, filósofo y teólogo, Padre de la Iglesia, autor de Confesiones, considerada la primera autobiografía occidental y obra de gran belleza.
Me parece que en ellos se anticipa la aventura espiritual que le tocará vivir a Juana Inés de la Cruz, mucho tiempo después, en el siglo XVII, en un continente nuevo descubierto apenas dos centurias antes de que naciera.
Sor Juana siente lo que dice Isidoro, la belleza finita de las criaturas, y también las interroga una por una, como san Agustín. Lo hace con fervor, con entusiasmo, con pasión. Y no pocas veces, con espanto.
Como los antiguos, que invocaban a las musas al comenzar sus cantos, o como los hebreos que invocan al Espíritu Santo, tengo que decir que debo el tono de esta reflexión a dos libros para mí preciosos: Descenso y ascenso del alma por la belleza de Leopoldo Marechal y El divino fracaso de Rafael Cansinos-Assens.
La edad del asombro
Nació el 12 de noviembre de 1651. Su nombre era Juana Inés de Asbaje y Ramírez. Se crió en el campo, al pie de dos volcanes, en las haciendas de san Miguel de Nepantla, Panoayan y Amecameca, no lejos de la corte virreynal de Nueva España, lo que después será México.
Padre vasco y madre criolla. Juana vivió su infancia en la casa del abuelo materno, en cuya biblioteca descubrió la dicha de la lectura. Practicó el culto de los libros. Su época es el siglo de Descartes, de Bacon, de Newton, cuando la observación y la experimentación se tornan método de conocimiento, iniciando así la ciencia moderna. Son además los tiempos del Barroco, que aparece entre dos momentos que gozan de incuestionable prestigio: el Renacimiento y el Siglo de las Luces.
En América, el Barroco se manifestó cuando todavía se sentía lo sorprendente y lo extraordinario de ese nuevo mundo; cuando el impacto y la violencia del descubrimiento y la conquista todavía eran muy frescos. A un mundo que se había quedado sin dioses, en orfandad espiritual (cuando los españoles conocen la civilización azteca ésta ya había entrado en decadencia) privado del orden dentro del cual se había sentido amparado, a ese mundo precolombino le llega el todavía compacto catolicismo español, que ofrece un nuevo orden espiritual donde muchos verán la posibilidad de volver al antiguo mundo de lo sagrado en el que se había asentado su civilización.
En la época de sor Juana, el catolicismo que impera es el de la contrarreforma, es decir: una religión militante, a la defensiva. La contrarreforma fue, sobre todo, una reforma impulsada por los jesuitas para detener la influencia del protestantismo luterano. La Compañía intentaba crear una modernidad alternativa de la Reforma. Volvieron a pensarse los dogmas, se revitalizó la ortodoxia, surgió la neoescolástica propulsada por el español Francisco Suárez, teniendo como líneas directrices: el realismo y la trascendencia. Para los neoescolásticos el mundo es real y Dios es real, con una realidad trascendente al mundo.
Los jesuitas enfatizaron la tendencia de los antiguos cristianos que cundió nuevamente en el Renacimiento: el sincretismo. De este modo se intentaba preservar lo mejor del saber pagano reconciliándolo con la verdad cristiana.
La obra del jesuita alemán Athanasius Kircher fue muy divulgada en el mundo católico y sor Juana parece haberla frecuentado. Kircher había estudiado el hermetismo renacentista, de raíz neo-platónica, que reunía la sabiduría egipcia, los mitos paganos, la magia, la cábala, la astrología, es decir: otras formas de conocimiento, un camino diferente de la filosofía escolástica, sobre todo de santo Tomás, columna vertebral del pensamiento católico. Esta filosofía se había ido petrificando y desvirtuando en disputas y especulaciones vanas, innecesarias, no pocas veces sofísticas. El sincretismo iba a recuperar aquellos saberes antiguos como intuiciones pre-cristianas, es decir: una sabiduría que anticipaba, que anunciaba y prefiguraba al cristianismo. Gracias a este movimiento se preservaron los mitos y las religiones de las civilizaciones pre-hispánicas en América.
Volviendo a sor Juana y al asombro, dicen que aprendió a leer a los tres años y que desde entonces no dejó de aprender.
La niña asombrada leía todo lo que podía y a todo estaba atenta. Le gustaba estudiar. Aprendió latín, lo que era inusual en una mujer. Hubiera querido ir a la universidad, de la que estaban excluidas las mujeres y hasta pensó en vestirse de hombre y asistir a las clases. Sería autodidacta, lo que no pocas veces causó la añoranza de tener un maestro vivo, un interlocutor. Su gran afición no fue escribir o enseñar, sino leer y estudiar, es decir: pensar. Supo decir que ese deseo de saber era un impulso natural que Dios había puesto en ella.
Como era costumbre en la época, las jóvenes de familias criollas que se destacaban por sus talentos o por su belleza eran enviadas a la Corte. Eso mismo sucedió con Juana Inés de Asbaje y Ramírez.
Era el virreynato de Nueva España, dependiente del rey de España aunque con bastante autonomía. Tenía su virrey, la Corte, una aristocracia, la Audiencia constituida por representantes del pueblo para resolver problemas de justicia y de gobierno, la Iglesia con su jerarquía y las distintas órdenes religiosas con sus conventos y monasterios, la Universidad. Fue un virreynato floreciente.
El veinte por ciento de la población era blanca (criollos y españoles) y los demás mestizos, indios y negros.
El siglo XVII fue el del despertar del espíritu criollo, lo que coincide con el derrumbe del imperio español. Cuando se firma la paz de Westfalia, en 1648, España pasa a segundo lugar y Francia, bajo el reinado de Luis XIV que subordina la Iglesia al Estado y termina con el gran sueño de una monarquía universal católica subordinada a la Iglesia pasará a dominar en Europa.
Juana llegó a la Corte a los 16 años; era graciosa, simpática, inteligente, lo que le permitió destacarse y recibir la protección y ayuda de los virreyes. Con la virreyna Leonor Carreto, y sobre todo con su sucesora María Luisa, condesa de Paredes, sintió dos amistades profundas.
La amistad, como la poesía, la belleza y el amor, es algo mágico, que no se explica ni se define, algo que sucede y es hermoso.
Juana vivió en la Corte hasta los veinte años, y durante ese tiempo, leyó, escribió poesía, conoció a mucha gente, tanto intelectuales y poetas como gente de la Iglesia. Fue allí donde se encontró con el jesuita Núñez de Miranda, su confesor, que tendría una influencia decisiva en su vida. Núñez de Miranda era profesor de filosofía y teología, además de miembro del Santo Oficio. Fue un hombre más militante que religioso, un político al servicio de la Iglesia a quien no le interesaba tanto discernir en las almas que se confiaban a él, sino conseguir prosélitos para la Iglesia católica.
No es improbable que en ese momento Juana se haya visto en una encrucijada: la vida de la Corte, casi exclusivamente centrada en una visión estética del mundo debía resultarle insatisfactoria y asfixiante. Debía faltarle la dimensión de lo más alto, la de las altas verdades, aquello que tal vez ya presintiera como su esencial vocación. Como al mismo tiempo rechazaba el matrimonio porque lo consideraba un impedimento para buscar ese algo más que su alma deseaba, se decidió por la vida religiosa. Ingresó en el convento de las carmelitas, orden de clausura severa, pero no pudo resistir el régimen y salió a los tres meses.
Finalmente, a los veintiún años, profesó en el convento de San Jerónimo. Se ocupaba de la contabilidad y formaba parte del coro del convento. Escribió muchos villancicos, composiciones populares que se cantaban durante las ceremonias litúrgicas. Algunos los escribió en náhuatl y se acompañaban de cierta música indígena llamada el tocotín.
En el convento organizaba tertulias a las que asistían sus amigos de la Corte y de la Iglesia; seguía estudiando, leyendo, escribiendo, pensando. Llamaba a esa atmósfera de su alma afán de cavilar, no exenta de sufrimiento, ya que decía que la quebrantaba.
Fue, creo yo, en todas las cosas poeta. Como era común en esos tiempos, se escribía mucho por encargo. Sor Juana dice que lo único que escribió por necesidad propia fue su largo poema Primero Sueño. En su obra sobre sor Juana, Octavio Paz considera ese poema como el testamento intelectual de la escritora.
Piramidal, funesta / de la tierra nacida sombra / al cielo encaminaba punta altiva / escalar pretendiendo las estrellas.
Así comienza el Primero Sueño. En esos cuatro versos suena toda la voz, el alma entera de su poesía. Tierra y cielo, lo bajo y lo alto, la dicha y el espanto, el bien y el mal, es decir, los temas esenciales de la poesía, que el poeta alude, sugiere y evoca, y cuya belleza grave y dramática nos conmueve.
El XVII es el siglo del Barroco y coincide con una de las grandes crisis espirituales del mundo occidental y cristiano, al tambalear el edificio teológico y filosófico. Un orden, una jerarquía de valores y una concepción del mundo y del hombre que explicaba los fenómenos racionalmente y por medio de principios metafísicos, ha perdido pie, vacila, entra en conflicto. Pasan a primer plano los descubrimientos de las ciencias naturales. Ya el universo ha dejado de ser finito y eso es lo que llena de espanto a Pascal que se pregunta qué es el hombre en un espacio infinito. Tampoco la tierra es ya el centro alrededor del cual gira el sol. Todo lo que parecía cierto, inmutable, con límites claros, perderá certeza: lo que en la filosofía significa Descartes, que duda de todo.
La edad del desengaño
La emoción que la escritora traduce en este poema es la del vértigo. Es lo que siente el alma al encontrarse en un espacio sin límites, el alma solitaria, cuando Dios y sus mensajeros, y todo el mundo sobrenatural parece haberse evaporado.
El Primero Sueño sigue el modelo retórico de las Soledades de Góngora. Es una silva, pero nace en otro mundo poético. La armazón filosófica es tomista y aristotélica.
El poema es el relato de un sueño durante el cual el alma viaja. En la Antigüedad se llamaban sueños de anábasis. Es al mismo tiempo una reflexión acerca del mundo natural, yendo de lo inferior a lo superior, del reino mineral, pasando por el vegetal y animal, hasta llegar al hombre.
Dicho en prosa, sintetizando, sería así: Callados los sentidos, el alma, que participa del Alto Ser y puede concebir lo invisible, se aparta de las cadenas del cuerpo. El alma sube en punta piramidal, como una llama ardiente hacia el cielo, hacia la Causa Primera de todas las cosas. Quiere, con su inteligencia, con su entendimiento, mirarlas, pero por mirarlo todo, no ve nada.
Así, el alma, deslumbrada, cae como Icaro o como Faeton, derrotada. Vuelve a intentar la empresa, aunque para recobrarse de ese caos de tantos objetos diversos, cambia de actitud. No puede conocer el mundo de una sola vez, por un solo acto intuitivo. Entonces prueba ascendiendo de un concepto a otro, escalón por escalón, siguiendo las categorías de la metafísica. Así, tras largas fatigas, llega a su dulce término, el hombre. El hombre que es una altiva bajeza, que toca el cielo con la frente pero a quien el polvo sella la boca. La empresa de investigar la naturaleza es un peso terrible y un gran atrevimiento, ya que si no puede comprender los hechos más sencillos, como la frágil hermosura de la flor, menos podrá entender el conjunto del universo. El alma ha desafiado a la inmensidad y por esto debe deletrear las glorias entre los caracteres del estrago.
El poema termina un poco abruptamente con el verso el mundo iluminado, y yo, despierta.
Hay algo enigmático en este final. La escritora siente un alivio al despertar, y al mismo tiempo cierta melancolía.
La edad del sacrificio
Sor Juana es ya famosa y la llaman la Décima Musa o el Fénix de México. Es una época de creciente soledad en su vida y por eso la menciono como la edad del divino fracaso.
Su confesor la abandona reprochándole que se dedique tanto a las letras profanas y tan poco a la religión.
Por su parte, el arzobispo de México, Aguiar y Seijas, jesuita español, condena la vida intelectual de las mujeres en los conventos porque induciría al vicio de elación, que es soberbia o envanecimiento y que termina en desobediencia.
Se acentúan los conflictos entre criollos y españoles. Los criollos piden más justicia, algo que desde entonces no hemos dejado de reclamar ante conquistadores de diferentes banderas.
Los conflictos cunden también dentro de la Iglesia y en las diversas órdenes monásticas.
Del otro lado del océano, el imperio español agoniza.
Y en el virreynato de Nueva España, sociedad cerrada, no serán pocas las envidias, las luchas de poder, las antipatías personales encubiertas tras disputas teológicas, la desconfianza, la falta de grandeza.
Sor Juana, acostumbrada a contar con protectores poderosos, parece no darse cuenta de que los tiempos han cambiado y que su fama le crea enemigos.
En 1693 aparece la Carta atenagórica, publicada por una tal sor Filotea, escrita por el obispo de Puebla.
El obispo reproduce allí ciertas opiniones que sor Juana había expresado comentando el sermón de un prestigioso orador portugués Vieyra. No es un escrito teológico de importancia, y ella no lo había destinado a la publicación. ¿Por qué entonces lo publica su amigo? ¿Acaso el obispo de Puebla usa esas opiniones adversas para, por medio de sor Juana, atacar al arzobispo de México, jesuita también y admirador de Vieyra? Sor Filotea le aconseja a sor Juana que deje la literatura profana y vuelva a los temas religiosos; parece prevenirla contra algún peligro que la amenaza.
Según Octavio Paz, en este momento el aparato eclesiástico de Nueva España empieza a acosar a la monja: la censuran, intentan quebrarla.
Ella escribe la Respuesta a sor Filotea en la que se defiende y justifica como escritora. Es una valiente y lúcida puesta en claro de su vocación de poeta y de pensadora, que puede sintetizarse en aquellos versos suyos: Que mi tintero es la hoguera donde tengo que quemarme.
De esta época son sus villancicos a santa Catalina de Alejandría, mártir del siglo III.
La Respuesta es una autobiografía, género literario poco frecuentado en las letras hispánicas y fue escrita en el período más solitario de la vida de sor Juana. Está sola con su conciencia atormentada, y sin quererlo expresamente, se ha enfrentado al Poder.
Es curioso que por ejemplo a Góngora y a Calderón, que eran clérigos, la Iglesia
no les reprochara su dedicación a las letras profanas, ni les aconsejara abandonar la poesía por la teología. ¿Sería tal vez a causa de que ellos eran hombres y españoles y ella mujer y criolla?
Sor Juana atraviesa una crisis interior que la lleva a pedir ayuda a su antiguo confesor y a iniciar una vida ascética de extrema penitencia. Por esta época escribe, con más frecuencia de lo que era habitual entre las monjas, yo la peor de todas y vuelve a hacer profesión de fe.
Octavio Paz habla del poder destructivo que puede tener sobre una personalidad honesta, la pérdida de sus convicciones fundamentales, dudando si ha seguido la verdad o no, con miedo de haber defendido equivocadamente ciertos principios, o de haberlos traicionado.
Creo que si sor Juana vacila, si tiene miedo, si las críticas y las advertencias la afectan tanto, no es simplemente porque hieren su honor literario o intelectual, sino por algo mucho más grave, más profundo, ya que ella tomaba muy en serio lo que podía pasar con su alma, es decir, le importaba la salvación. Tiene miedo de perderse, de condenarse para siempre, con lo que la monja censurada se revela como alguien con fe y ortodoxa; alguien que cree en las verdades esenciales de los dogmas católicos, y una de esas verdades es la salvación de las almas, o la condena eterna.
En medio de este torbellino sor Juana sacrifica su vocación literaria. No volverá a escribir.
Dona su biblioteca de cuatro mil volúmenes a la Iglesia, para que el arzobispo de México la venda a fin de atender las necesidades de los más pobres. Grandes inundaciones habían arruinado las cosechas, y la falta de alimentos llevó a un estallido social. Corría el año 1691.
En 1695 se declara una peste en el convento de san Jerónimo. Hay muchas muertes. Sor Juana cuida a sus hermanas hasta contagiarse. Muere el 17 de abril de 1695 a los cuarenta y seis años